Inicio Conciertos Crónica Carla dal Forno en Donostia (Sala Dabadaba, 2020)

Crónica Carla dal Forno en Donostia (Sala Dabadaba, 2020)

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Este viernes 31 de enero, la Sala Dabadaba donostiarra reunía dos proyectos vanguardistas ideados y liderados por mujeres. Por un lado, la nueva aventura en solitario de la teclista y pintora Ana Arsuaga (Mazmorra, Serpiente) como Verde Prato; y por otro, el plato estrella de la noche, la productora, compositora y cantante australiana, afincada en Londres, Carla dal Forno.

Poco público parecía que iba a haber en la cita con estos dos conciertos recubiertos de minimalismo y experimentación electrónica, pero inspirados por sonidos de otras épocas. Finalmente, gracias principalmente a amigos y amigas de la tolosorra Arsuaga, el local gozó de más de media entrada para disfrutar de los cortos, monocromáticos y narcóticos bolos de ambas protagonistas.

Se hicieron notar las amistades de Ana Arsuaga, primero prestando atención, cantando canciones de su único EP homónimo hasta la fecha (publicado el pasado octubre) y generando ovaciones en momentos emotivos como su homenaje a los carnavales de Tolosa o su búsqueda de proximidad con el público cantando a capela desde el borde del escenario –pongo en duda que la susurrante voz se apreciase más allá de las primeras filas.

Cantó sobre todo en euskera, con ayuda de un teclado y un looper con los que iba incorporando capas rítmicas y melódicas a los temas, desde su propia voz a un riff de guitarra o el sonido del platillo, pasando por sus palmas. Comenzó versionando en ruso Ostatnia Niedziela, un tango de origen polaco conocido con el sobrenombre de “tango suicida”; y después fue presentando el resto de piezas que componen su debut como Verde Prato, en el que recoge influencias del folklore vasco y latino. Neskaren Kanta, la última y la única en castellano, puso el toque seductor y bailable a un repertorio curioso y austero en ejecución.

Eco de los 80

Tras un pequeño inciso salió a escena Carla dal Forno junto a su compañero de directo, Mark Smith. Este se encargaba de una mesa de mezclas llena de cables y cachivaches electrónicos (sintetizadores, secuenciadores…), mientras que dal Forno tan solo se ocupaba del apartado vocal y de tocar el bajo en la mayoría de la decena de cortes que interpretaron en Donostia. Predominó su último álbum como solista, Look Up Sharp (2019), una suculenta colección más accesible que su predecesor de 2016 y editada a través de su propio sello discográfico (Kallista Records).

Un producto al puro estilo DIY que recoge influencias del sonido afterpunk de los 80 con una vocación hacia el vaporwave y el minimalismo sintético de genios como Brian Eno. No en vano, dal Forno presume de recorrido y cultura musical: se ganó el pan y amplia experiencia en diferentes proyectos en Melbourne, cocinó a fuego lento en varias localizaciones su debut (llegó a montar un pequeño estudio en una cocina), y compagina su carrera musical con sesiones como DJ, un programa en la emisora NTS y un trabajo en una tienda de discos londinense.

Mark Smith acompañó a Carla dal Forno sobre el escenario. Foto: Unai Macias

Es mi primera vez en San Sebastián”, dijo tras la segunda de las diez piezas escogidas, What You Gonna Do Now?, en la que tuvo evidentes problemas al coger el bajo, solucionados por su compañero en escena. Entre versión y versión, el tramo central fue lo más destacado del concierto. Las covers fueron reinterpretaciones de clásicos de los 80 incluidas en su EP de 2018 Top of the Pops: una de la banda de culto neozelandesa The Kiwi Animal, Blue Morning, que les quedó de fábula; y la otra del misterioso grupo holandés Renée (Lay Me Down), en el que quizá se vea reflejada por su también aire críptico en letras y ritmos.

Entre medias, Carla dal Forno despertó indiferencia y murmullo generalizado (los y las colegas de Arsuaga quizá) y, sorprendentemente, ganas de bailoteo entre el público adelantado al son de sus canciones más groovy. La tripleta I’m Conscious, No Trace y So Much Better, evocadora y estimulante con una voz nostálgica en forma de eco del pasado y las esotéricas y cambiantes bases, fue lo mejor de su parada en Donostia. Fue su último bolo antes de dar a luz, por cierto. Una disimulada tripa ya lo advirtió al comienzo del concierto y antes de concluir los 45 minutos casi exactos ella misma lo corroboró. Con Push On se despidió entre susurros y un ritmo de bajo sinuoso e inquietante; una oscuridad que se sintió transparente y voluble en el frío envolvente de la pareja artística.

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