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Crónica de Bad Nerves y Weezer en Barcelona (Sala Razzmatazz, 2025)

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Treinta años no son nada si estamos hablando de la bendita frescura de Weezer. No es sencillo saber mantener el tipo y la dignidad con el paso de los años y seguir siendo vigentes.

Todo hay que decirlo: apenas existen registros históricos de la visita de los angelinos a España. Digamos que no han sido muy generosos con las giras en los últimos tiempos. De hecho, las últimas fechas fueron 2001 para Madrid y 2002 para Barcelona y, a partir de ahí, tanto por agendas como por cosas de la vida, no volvieron a venir a ambas ciudades —sí a Bilbao dentro del BBK—. A pesar de la catapulta que les supuso que Movistar usara en su momento Island in the sun en una mediática campaña publicitaria, se cuentan las visitas con los dedos de una mano.

Rencores aparte, una visita a una sala como la Razzmatazz es motivo sobrado para desplazarse. La magia de los recintos pequeños no debe perderse si realmente amas la música. Es una fuerte apuesta para promotores, recintos y bandas. Si te gusta un grupo, compra su entrada, ganan todos.

La visita de Weezer venía orquestada por el treinta aniversario de su álbum debut, Blue Album, llamando comúnmente. Con dos paradas en España, Barcelona y Madrid dentro del Mad Cool Festival, hemos podido revivir los más vibrantes años 90 de nuevo. Y es que los de Rivers Cuomo siempre suenan con ese halo de frescor, aderezado con un punto de nostalgia. Son algo errantes en directo, en el sentido que nunca sabrás cómo acabará la noche.

Sin necesidad de hacer spoilers, vamos a hablar de la mágica noche que nos deparó la Razzmatazz.

Bad Nerves, teloneros de órdago

Desde Essex vienen como un auténtico torbellino. Tienen la pose, la actitud y lo más importante: las canciones. Una vez que pisan las tablas, se comen el escenario, son todo garra. Bad Nerves son el relevo generacional que esperamos y tienen todo el futuro por delante para dar lo mejor de sí mismos.

Verles en sala es un efecto hipnótico, porque toda la energía que desbordan arriba, se contagia entre el público, que además no estaban allí para ellos, lo que supone un esfuerzo extra.

Con Bobby luciendo una camiseta de Biznaga, los ingleses salieron con la artillería pesada desde el primer momento. Con la Razz a reventar y tras haber tenido que cancelar en otro momento en la ciudad condal por perder un vuelo, debían una muy fuerte en esta Barcelona.

Nos encantó su exceso de confianza sobre las tablas, sus temas rápidos y guitarreros como Radio Punk o Dreaming y, a pesar de no ser el plato principal de la velada, estamos seguros que engancharon nuevos adeptos a su sonido con una demostración de rock old school a pesar de su juventud.

Tiempo para Weezer

Rivers y sus secuaces salieron a escena con franca puntualidad. Con una puesta en escena maridada con unos visuales muy efectivos y cuidados, sabíamos de ante mano que la noche del miércoles sería para enmarcar. Diremos también que entre el público había muchas caras conocidas de la escena independiente, y es que más de 20 años sin pasar por aquí, era una cita de asistencia obligatoria. Como dijimos antes, nada como el poder de las salas: el recogimiento que dar los espacios de 1000 o 2000 personas no lo dará nunca un festival.

Rivers Cuomo se alza como un líder algo inusual. A pesar de sus 55 años, sigue conservando ese facha de nerd de la Costa Oeste, con un extraños signos de juventud. Se muestra atemporal en su aspecto pero también en su voz, que sigue siendo espectacular, sin requiebro alguno.

A nivel actitudinal es igual: se dirige al público sin dar grandes discursos pero tiene tiempo para algún chiste y practicar español. Sin duda es el típico tío que te cae bien forzosamente —además de porque ha escrito gran parte de tu cancionero colectivo de tu época de instituto—. Es más, a través de una publicación en Instagram agradeció especialmente lo vivido en la Razzmatazz, siendo muy consciente de lo que significaba este concierto tras tantos años sin pasar.

Sin paños calientes abrieron con Hash Pipe y My name is Jonas. Van rápidos, es lo que tiene el rock. Pasamos a No one Else y Perfect Situation, para sorpresa de los acérrimos. Todo crece de forma progresiva y en comunión: la banda hace suya el escenario y el público se entrega con altas dosis de energía. Weezer es un concierto para estar feliz, con un punto de nostalgia y es que hemos crecido todos a la vez.

El Blue Album se entrelaza con otras canciones de su discografía que tras Undone viene Island in the sun, la canción que les volvió más mediáticos en España, volviéndose la pista una única voz con una de sus canciones más atípicas, menos cargadas de rock, pero eficiente.

Bajamos voltaje con In the garage y The World Has Turned and Left Me Here, una de sus primeras composiciones según la banda, y volvemos a las sorpresas de la gira como You Gave Your Love to Me Softly.

Recta final llena de éxitos

Aunque 23 canciones se dice pronto, el tiempo volaba. Con Pork and Beans volvemos a los ridículos noventa y a su sonido más marca de la casa. Creo que el mejor regalo que nos hizo la banda en términos musicales fue una versión extendida de Only In Dreams, con un final instrumental que nos hizo flotar por un momento.

Tras volver a escena, bis de lujo para cerrar una maravillosa noche de verano: Say isn’t so y Buddy Holly, quizás las canciones más representativas de su ópera prima.

Con el corazón repleto de amor gracias a los californianos, nos fuimos sabiendo que la noche había sido especial para un público que anhelaba volver a reencontrarse con su banda favorita y a una banda que deseaba volver a dónde empezó, al calor de una sala con aforo reducido.

Y a través de esta mágica conexión nos encontramos a unos Weezer complacientes, en plena forma, dispuestos a confirmar que son y serán siempre una de las grandes formaciones de rock noventero.

Otra patadita más a la nostalgia gracias a la música. Noche para recordar.

Vanesa Carro
Vanesa Carro
Massive music lover and full time traveller