Big Thief es una de las bandas más en forma de la música alternativa actual. La calidad de sus discos les ha hecho situarse en una posición privilegiada en cuanto a reputación se refiere y sus seguidores aumentan cada vez que el cuarteto publica una nueva referencia. Tras su paso por el Primavera Sound de Barcelona hace escasos días, los neoyorquinos hacían parada en Madrid, en el marco de las Noches del Botánico, y la situación se presentaba inmejorable para acercarnos a presenciar su propuesta en directo.
El ciclo madrileño es inigualable en muchos aspectos. El cartel que año tras año presenta una variedad y calidad incuestionables, el maravilloso recinto que acoge los conciertos y que muchos de los asiduos ya consideramos nuestra casa y, sobre todo, el ambiente que se respira siempre en todo lo que ocurre en ese recinto. Encuentros de compañeros y amigos, muchas caras conocidas en el público y miles de amantes de la música que viven la experiencia más allá de tendencias y modas, con respeto y sostenibilidad. Es cierto que todos estos factores hacen que cualquier estilo musical encaje, pero también lo es que la propuesta de Big Thief parece hecha para sonar en lugares como este.

Ata Kak para calentar el ambiente
El doble cartel de la jornada presentaba a Ata Kak como teloneros de la banda protagonista de la noche y, para la mayoría de los presentes, era un nombre desconocido y ajeno a su radar musical. Quizás por eso, los propios Big Thief fueron los encargados de salir al escenario y presentar al veterano músico ghanés, suscitando por ello la atención del público que empezaba a congregarse en la pista. Conviene señalar que Ata Kak están ejerciendo de teloneros de la gira de Big Thief y que, por tanto, no se trataba de uno de esos carteles dobles tan típicos de Noches del Botánico.
Lo que ofreció Ata Kak y su grupo fue un derroche de energía y actitud que sirvió de antesala perfecta para calentar un poco el ambiente antes del plato fuerte de la noche. Así, su mezcla de funk, hip-hop y ska, con ritmos más cercanos al país de origen del músico, supuso para muchos casi una revelación, como ocurrió hace más de dos décadas con su propia historia. Conviene recordar que su historia es parecida a la de Sixto Rodríguez, protagonista del aclamado documental Searching for Sugar Man. En 1994 se autoeditó un disco del que únicamente vendió tres unidades y en 2002 el fundador de un sello discográfico adquirió una de esas copias en un mercadillo y decidió reeditar el álbum en 2015. Desde entonces, el disco cuenta con más de 8 millones de reproducciones en Spotify.

Noche para el recuerdo
Fue el propio Ata Kak el que devolvió el favor a Big Thief. El ghanés ejerció de maestro de ceremonias y presentó a los neoyorquinos con una mezcla de devoción y gratitud, para que por fin el público asistiera a lo que iba a ser una noche memorable en el Botánico, de esas que permanecen en la retina durante mucho tiempo y en las que todos los factores jugaron a favor del recuerdo. Y así fue como, con puntualidad estricta —otro de los puntos a favor del ciclo año tras año—, Adrianne Lenker, Buck Meek, James Krivchenia y Joshua Crumbly se subieron al escenario para acometer los primeros acordes de “Bloom”.
Los cuatro músicos se dispusieron sobre el escenario de manera recogida, bien cerca unos de otros, consiguiendo que todo fuera más cercano para el público, que por momentos parecía estar en el salón de su casa o en el estudio de grabación gracias a la intimidad que el cuarteto ofrece en su show. Da igual que las canciones sean más intimistas o más enérgicas; los cuatro permanecen inamovibles en su sitio. Aquí no hay ramalazos de rock stars, ni gestos de cara a la galería, solo música que se vive, se escucha y se siente en la piel. Por eso la ausencia de artificios y otras cuestiones ajenas no hace más que reforzar lo que Big Thief ofrecen en sus conciertos.

Un acertado y sorprendente repertorio con un sonido impecable
La banda liderada por Adrianne Lenker —voz y guitarra— acostumbra a no tener un setlist fijo en sus conciertos, ni estos se convierten en una suerte de grandes éxitos para congratular a las masas. Lo que ellos ofrecen es un repertorio para degustar con calma, para mantener todos los sentidos puestos en lo que está ocurriendo en las tablas y para que sus seguidores viajen con ellos a lugares emocionales tan variados y excitantes como ellos mismos quieran que sean. Por eso, es normal que mezclen canciones de todos sus álbumes con algunas inéditas —como “Christmas Day” o “Mr. Man”, que fue una de las que mejores sensaciones dejaron, un tema sobrecogedor en el que Lenker demuestra su calidez vocal una vez más— y alguna versión. Incluso hay cambios de última hora en los setlists fijados —nos consta que en esta ocasión ocurrió así con algunas canciones—.
Y el ritmo marcado es algo que también parece estar medido al detalle. Por eso pasamos del pop-rock más convencional a la distorsión más punzante, para poco a poco ir llevándonos a ese delicioso indie-folk marca de la casa y que a tantos nos ha enamorado en los últimos años. Pero este tránsito entre estilos e intensidades es algo progresivo, que uno no percibe porque es paulatino y enormemente natural. No hay parones para bajar el ritmo ni subidones para llevar al público al éxtasis festivalero; es todo un maravilloso paseo por un bosque sonoro en el que poco a poco se va recogiendo todo hasta convertirlo en el jardín trasero de tu casa.

Un estado de embriagadora felicidad
Adrianne Lenker resulta cautivadora, con una voz evocadora que nos remite a las grandes intérpretes del folk y el country-rock americano. Tiene cierta rudeza, pero está repleta de sensibilidad y emoción y, gracias a las armonías vocales que realizan sus compañeros Buck Meek y James Krivchenia, todo adquiere una dimensión muy especial y conmovedora. Es ahí donde radica una de las fortalezas del grupo, precisamente en el concepto de banda, donde su líder ejerce como tal, pero no eclipsa a sus compañeros, no demanda más atención de la necesaria ni exige un protagonismo extra. Los cuatro funcionan con una química envidiable, como engranajes perfectos de un reloj delicado y preciso. Big Thief suenan orgánicos, recogidos y, a la vez, expansivos, algo que, sumado al impecable y cristalino sonido del recinto, convirtió su paso por el Botánico en una experiencia mágica, cargada de belleza y sensibilidad artística.
Desde los momentos más enérgicos y excesivos —en el buen sentido del término—, como “Shoulders” o la monumental “Not”, hasta los más introspectivos y conmovedores como “Real House” o “Change” —que, en una versión algo más acelerada que la original, cerró el concierto junto a “Masterpiece”—, el show de Big Thief transitó con igual naturalidad por lugares de calma y recogimiento y por otros más efervescentes y aguerridos. “Incomprehensible” —la única canción que tocaron de su álbum más reciente, Double Infinity—, “Certainty”, “Simulation Swarm” o “Shark Smile” supusieron algunos de los momentos en los que su conexión con el público se enfatizó más, con esos ritmos contagiosos y riffs pegadizos que tan bien casan con la americana de toda la vida. Y es así como será recordado el paso de los neoyorquinos por Madrid, como una suerte de estado de embriagadora felicidad, una deliciosa noche rebosante de belleza y deleite colectivo.
Setlist Big Thief:
- Bloom
- Born For Loving You
- Vampire Empire
- Shoulders
- Not
- Mr. Man
- Forgive the Dream
- Incomprehensible
- Certainty
- Leavet he Light On
- Space and Time
- Simulation Swarm
- Shark Smile
- Real House
- Christmas Day
- Change
- Masterpiece

