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Crónica de Joe Crepúsculo en Madrid (Sala But, 2025)

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El techno como travesura

Hay artistas que se mueven por caminos predecibles, que construyen su carrera con bloques lógicos de estilo, coherencia y evolución. Y luego está Joe Crepúsculo, que hace justo lo contrario.

Joël Iriarte —ese es su nombre en el DNI— es una rareza hermosa dentro del panorama musical español. Desde sus inicios con Tarántula hasta su carrera en solitario, ha preferido ser inclasificable antes que correcto, y emocional antes que sofisticado. A lo largo de más de 15 años de trayectoria, ha convertido su música en una pista de baile para los inadaptados, los nostálgicos de la ruta del bakalao y los románticos del meme.

Joe Crepúsculo ha hecho techno con espíritu punk, rumba con sintetizadores y canciones de amor que suenan como si las hubiera grabado en un karaoke de barrio a las cinco de la mañana. Ha colaborado con Los Punsetes, La Casa Azul, Soleá Morente o Aaron Rux (quien, por cierto, esta vez le acompaña en el escenario como músico de apoyo), y ha conseguido una cosa difícil: no tomarse en serio y, a la vez, ser profundamente coherente. Su universo es pop, es verbena, es costumbrismo irónico, es parodia y es también, sin pedirlo, un testimonio generacional. Y eso, aunque parezca una broma, es una forma de arte con más fondo del que parece.

Por las Noches: teloneros de otro planeta

La noche del sábado 24 de mayo en La But, dentro del ciclo Sound Isidro, arrancó con una sorpresa que no fue menor. Por las Noches —banda formada por Luis Basilio (Los Nastys), Álex de Lucas (The Parrots), Raúl Santos (ex Los Planetas) y Edu Por Las Noches— ofrecieron un show corto pero inclasificable: bolero punk, psicodelia caribeña y electrónica sucia entre palmas, delay y humor.

Su propuesta suena a sueño febril entre una caseta de feria, una playa en decadencia y una noche de resaca en Madrid. Y, sin embargo, funciona. Con temas como La más bonita, Bakalá, o Que pim que pim convirtieron el calentamiento en parte esencial del ritual: el de entregarse al caos sin prejuicios, con una sonrisa torcida y los pies ya moviéndose.

Hay algo en su estilo que me recordó al mestizaje castizo de C. Tangana, pero desde otro ángulo: más lo-fi, más libre, más dispuesto a tropezar con gracia. También tienen ese aire fanfarrón y costumbrista que cultivaban Novedades Carminha, pero con un punto más onírico y desconcertante. Como si quisieran jugar con el folclore de lo kinki, el baile y la melancolía sin necesidad de pulir demasiado los bordes.

Si Tangana viste de traje y busca el detalle, ellos llegan con la camisa arrugada y un sintetizador pasado de revoluciones. Pero ambos, a su manera, están tocando las fibras de lo popular desde la mezcla, el humor y la emoción. Por las Noches no pretenden gustar a todo el mundo, y ahí está parte de su encanto: en hacer de lo inclasificable un lugar agradable que descubrir.

Una rave con forma de chiste (o viceversa)

Lo de Joe Crepúsculo fue, directamente, una misa sin instrucciones ni mapa. Acompañado por únicamente dos músicos —Aaron Rux en sintetizadores y Fabiano Rosa en la percusión—, salió al escenario con la seguridad de quien conoce bien su terreno: el del exceso, el pop descarado y el encanto de lo inesperado. El repertorio fue un viaje sin lógica ni freno: de Mi fábrica de baile a Pisciburguer, de Toda esta energía a Suena brillante, y de ahí a Jose house.

En uno de los momentos más delirantes de la noche, durante Música para adultos —un tema icónico entre sus fans y diseñado para el desenfreno colectivo—, Crepúsculo se mezcló entre el público como uno más, completamente desatado (si no fuera por el cable de su micrófono). Su presencia, camuflada entre brazos en alto y sudor compartido, fue la enésima confirmación de que la cuarta pared no existe en su universo. Y tampoco hace falta.

Además, el concierto incorporó varias canciones de su último disco, Museo de las desilusiones (2025), con las pegadizas Enamorado de tu reverb, Pequeño niño peluquero o Karaoke español. Entre dicho repertorio, la canción Fiesta de disfraces nos devolvió directamente a la ruta del bakalao de los 90, con ese techno desenfrenado y una energía que parecía salida de los clubs más salvajes de Valencia.

En Jessica, dedicada a su novia del mismo nombre, ella subió al escenario para acompañarle en la canción, en una escena que combinó la cercanía con el descaro típico de Joe Crepúsculo: una mezcla de complicidad traviesa y espectáculo desenfadado, como solo él sabe hacer.

El público bailaba como si no existiera mañana, como si la coreografía se hubiese aprendido en la última verbena, pero también en el último after. Todo era kitsch, cursi, brillante, nostálgico y, aun así, rabiosamente actual. Como si estuviéramos dentro de un videoclip grabado en VHS, con neones cruzando imágenes de otra década y un corazón latiendo bajo las capas de ironía.

En el tramo final, la fiesta se desbordó aún más con la aparición de invitados especiales. Los Punsetes se unieron en Maricas, aportando su energía punk característica. También subieron al escenario Gabriel, veterano colaborador de Crepúsculo, y Alberto Tuxedo, añadiendo capas de excentricidad a una noche ya de por sí inolvidable.

Aunque las comparaciones sean odiosas…

Aunque las comparaciones sean odiosas —y quizá por eso mismo tan tentadoras—, salí del concierto pensando en cómo el techno puede mutar: ser ritual solemne o verbena delirante, según quien lo invoque. Por ejemplo, los de León Benavente lo convierten en un rito elegante, oscuro y preciso, casi ceremonial. C. Tangana mezcla electrónica, flamenco y trap con una sofisticación urbana que seduce. Por su parte, Joe Crepúsculo lanza el techno como una fiesta de confeti y caos divertido, pura parodia y neón desbordado.

En un territorio común, artistas como Zahara en sus últimos trabajos, o en su proyecto con Martí Perarnau IV, _juno, juegan con el techno y la electrónica desde territorios que también mezclan dosis de sensualidad, introspección, crítica y experimentación, mostrando otra cara de este amplio universo.

Así, el techno puede ser rito, desfile glamuroso, fiesta traviesa o viaje íntimo. Y cada uno de estos universos conecta con el público desde un lugar muy distinto, pero igualmente válido.

Brillante por su delicioso descontrol

¿Fue un gran concierto? Lo fue. Pero no por su técnica ni por una ejecución milimétrica, sino por el desparpajo, el carisma y esa capacidad tan suya de convertir lo incontrolable en una virtud contagiosa. Joe Crepúsculo no busca deslumbrar con virtuosismo, sino desconcertar con picardía. No hay gravedad: hay ritmo, ironía y sudor.

El público, entregado desde la primera base ruidosa, parecía sacado de un after que se resiste a morir. Camisetas empapadas, looks imposibles, grupitos bailando en trance como si la pista fuera el último refugio emocional de la especie. Había algo entre lo tribal y lo marciano. Como si todos supiéramos que aquello no se iba a repetir igual nunca más, pero tampoco hiciera falta.

Fue un concierto tan surrealista como divertido. Un carnaval de nihilismo fuera de temporada en el que Crepúsculo nos invitó a no entender nada, solo a dejarnos llevar. Quiere que desafines, que grites, que te rías de ti mismo mientras bailas un techno que nunca sabrás si viene de la verbena, de una rave cutre o de un recuerdo inventado. Y ahí está su arte: en esa libertad descarada que no se disfraza de trascendencia, pero que, a su manera, también te sacude.

Y como si todo lo anterior hubiera sido solo la antesala del desmadre, cerró la noche con su hit más icónico: Mi fábrica de baile, convertido en un clímax coral y catártico. Se subieron al escenario todos los invitados —Los Punsetes, Gabriel, Alberto Tuxedo y también Por las Noches— en un karaoke colectivo enloquecido, con teclados, luces estroboscópicas y abrazos sudorosos.

Porque a veces lo más honesto no es emocionar, sino contagiar. Y esa noche, nadie se fue sin llevarse algo pegado: un estribillo, un mareo, una sonrisa torcida o el confeti de una frase sin sentido que, por algún motivo, no podías dejar de cantar.

Eva A. Gómez-Calcerrada
Eva A. Gómez-Calcerrada
Vivo rodeada de canciones y de melodías desde que tengo uso de razón. Perpetua enamorada de la música y sus palabras.