Morrissey vino, vio y venció. Esto es así, una auténtica verdad catedralicia. Realmente nunca sabes si va a aparecer, si acabará el concierto: Sólo puedes decir que lo has visto una vez que se cae el telón. Todo lo anterior se sujeta con alfileres.
Había mucha rumorología previa sobre si cancelaría alguna fecha. El año pasado nos dejó colgados en Madrid a pocas horas de su actuación en las Noches del Botánico, en 2026 fue Valencia por el ruido de las fallas. Siempre hay un porcentaje de éxito y otro de fracaso. Supongo que ya es casi parte de la performance vital.
No me escondo si digo que estuve revisando las redes sociales hasta última hora por miedo a llegar y que todo fuera una ilusión óptica. Pero pasó y en mi caso, tras 11-12 años de espera, sucedió.
El otro día aparecimos en un Movistar Arena a medio fuelle: Pista desahogada, la mayoría de las gradas con lonas excepto la extensible frontal hasta cierta altura. Madrid, 29 de julio y recinto cerrado se llevan regular. No sé si su público le castigó por las últimas fechorías o bien, no es un concierto que grite verano.
Salvando esto, y es que hay que vivir en el prisma del realismo, es más o menos lo que puede llenar Morrissey en los tiempos que corren. No está en un momento critico pero tampoco en la cúspide. Su voz sigue ahí, sus canciones siguen siendo himnos, su directo es más que aceptable. Pero tampoco llena recintos de gran capacidad y tampoco ocurre nada. Es cuestión de asumir la realidad.
Morrissey: O cómo vivir del pasado sin perder el presente
Algo queda del divo que conquistó Madrid en un San Isidro de 1985. Diré sin tapujos que me hubiera gustado vivir este hecho histórico por encima de otros muchos. Un Madrid en auténtica ebullición cultural, jovial, efervescente.
Steven Patrick Morrissey, Moz o cómo queráis apodarle sigue teniendo ese aura de deidad, se gusta y se quiere y sobre todo, no pide perdón por ello. Venía a presentar «Make-Up Is A Lie» lanzado en este pasado mes de marzo y aunque cubrió esta parte, se vanaglorió con otros retazos de su historia musical.
Abriendo como «Billy Bud» de «Vauxhall and I», diremos que comenzó a fuego lento. No veo nada mal dejar la máxima atención para el final. Al principio parecía que su imponente voz había perdido charm pero conforme fue pasando la velada, vimos que seguía en máximo rendimiento.
El otro día leí – con cara de sentirme algo juzgada – que la gente suele pagar por Morrissey porque es fan de The Smiths. No veo el mal en esto. Morrissey debe su carrera musical a los años con esta banda y aunque para mí goza de una increíble discografía en solitario, quizás no hubiera sido posible su crecimiento y mantenimiento si hubiera comenzado él solo.
«Shoplifters of the World Unite» fue la primera canción de la ex formación inglesa, vigente. como siempre. Morrissey hace algo bonito en escena y es que la parte visual la hace amena, acompasada. Aunque no había pantallas auxiliares – mayor motivo para fijar tu vista sobre lo que ocurre en las tablas – la belleza de las pantallas con retazos de cine clásico dice mucho de su impacto cultural.
«First of the gang to die» nos hizo levantarnos del asiento, y es que estaba resultando ser un concierto tranquilo, acogedor: Como el abrazo de un viejo amigo. Morrissey se dirigió bastantes veces al público, alegando el honor que era tocar en Madrid y la verdad que lejos de su soberbia, altivismo y otras cosas que se zampan al mito cual Saturno devorando a sus hijos; hizo que la noche corriera mansa, amable.
«How soon is now?» es siempre motivo de alabar, combinando con otras canciones más actuales como la homónima «Make-up is a lie». Mención especial y carente de sorpresa cuando suena «The Bullfighter Dies» y espeta que esta canción representará a España a Eurovisión. Yo estoy de acuerdo, Moz, pero con un poco de suerte ni acudimos.
La artillería final: Siempre hay una luz que nunca se apaga
«Everyday is like Sunday» es la clásica canción que pernocta en mi cabeza cuando pace la nostalgia. Siempre se asoma cuando menos la necesito y vivirla en directo pues es un regalo. El mancuniano sigue teniendo esos gestos, esa pose barroca que le hace tan especial. Aunque quizás cueste perdonarle todas sus malas acciones, te reconcilias con él.
«The monsters of the Pig Alley» abre paso a «Suedehead», otra pieza incunable de su vasta discografía. Son canciones que hacen entender su base y su legado. Es innegociable.
Aún recuerdo cuando escuché por primera vez «Irish blood, English Heart». Era lo suficientemente joven para no tener criterio pero lo suficientemente adulta para memorizar cada parte de de la brevedad de la misma. Siempre me ha parecido lo más cercano al Morrissey en solitario: Crítica, politizada, con garbo. Su fogonazo siempre me ha parecido sublime y en directo, majestuosa. Un gran reflejo de lo que puede llegar a transmitir en vivo.
La hora y cuarenta minutos se va agotando y solo nos concede un bis. Es como elegir un único deseo en vida. Y sucede. «There is a light that never goes out» suena, emociona como si fuera la primera vez. Desprovisto de sus ropas, con sos clásicas flores en la mano y con el público ingeniándoselas para subir al escenario todo se funde a negro en unos minutos. Pero hemos vuelto a formar parte de la historia de la música actual.
Podemos entrar a criticar a Morrissey por sus actos pero nunca por su grandeza. Es un personaje incómodo, volátil, inestable. Pero lleva sobre sus hombros la carga de haber pertenecido a una de las mejores bandas del siglo XX y lidiar con la vida actual como fueron los Smiths.
Me fui con buen sabor de boca, lleva una banda de escándalo que le cobija y le deja fluir, no reniega de lo que fue y demuestra que con el paso de los años sigue teniendo chispa y creatividad y esa mirada de enfant terrible. Vive de las rentas pasadas, quizás, pero también sabe defender su presente. Ojalá nunca se apague su luz.
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