Tríptico de un sold out absoluto
En La Riviera hubo una corriente que no venía del río Manzanares, sino de cientos de gargantas latiendo a la vez. Tres noches consecutivas con todo vendido ya es noticia por sí sola, pero como los de Siloé anunciaron al inicio, la segunda noche aseguró una máquina bien engrasada: un relato colectivo en el que los fans se convirtieron en protagonistas, un premio inesperado en forma de disco de oro y un repertorio que mostró a la banda en plenitud, dispuesta a poner la mítica sala madrileña patas arriba.
Siloé nació en Valladolid en 2016 como el proyecto personal de Fito Robles, que venía de estudiar en Berklee y decidió apostar por canciones en castellano, confesionales, cercanas, con un pie en el folk y otro en el pop. Desde el principio mostró una ambición clara: contar historias que calaran en la gente, más allá de etiquetas.
Con el paso de los años, el proyecto dejó de ser solitario y sumó a Xavi Road a la guitarra y la producción, aportando un toque electrónico y un vuelo más ambicioso a los temas. En 2022 se incorporó Jaco Betanzos a la batería, cerrando así una formación estable que ha consolidado un sonido propio: mezcla de folk-pop, bases electrónicas y un directo cada vez más sólido. Desde aquel debut íntimo de La verdad hasta los himnos más recientes, Siloé ha ido creciendo de la mano de un público fiel, tocando en los festivales más importantes de nuestro país, girando por salas en las que ya no les cuesta trabajo colgar el cartel de “entradas agotadas” y demostrando que su propuesta emociona tanto en acústico como en formato eléctrico. Este triple sold out en La Riviera es, quizá, la confirmación de que ya juegan en primera división. Y la entrega del disco de oro por Santa Trinidad en pleno concierto de este 26 de septiembre fue la guinda de una historia de constancia y trabajo.
De la verdad al oro
El concierto no empezó sobre las tablas, sino en medio de la gente. Fito Robles apareció entre el público para subirse a la mítica barra de las palmeras y cantar La verdad, abriendo la velada de la manera más cercana posible. No hubo aún focos ni artificios: solo su voz, la guitarra, el acompañamiento delicioso del violín de Marino Saiz —músico que ha acompañado a la banda estas tres noches— y la emoción desbordada de una sala que se entregó desde el primer verso. Fue un arranque íntimo y valiente, como si quisiera recordarnos que Siloé nació en habitaciones y salas pequeñas, en espacios reducidos, donde la intención de su música era constituirse en refugio.
La escena tuvo algo casi mágico: cientos de móviles iluminando el aire, un silencio expectante que se rompió de golpe cuando la multitud se unió a cantar los primeros versos, elocuentes por sí mismos: «Sería más fácil comenzar por la verdad…». Y entonces sucedió algo hermoso: por momentos, la voz de Fito quedó cubierta por la del público. Tanto, que él mismo, divertido, comentó más tarde que había tenido que pedir que subieran el volumen de su micro. Ese gesto, mitad risa, mitad sorpresa, fue una declaración de amor mutuo: la banda ya no canta sola, sino arropada por un coro inmenso.
En ese mismo espacio, aún rodeado de gente, regaló también un snippet de Sangre, la canción que comparten con Viva Suecia. Apenas unos segundos, pero suficientes para desatar una ovación. Un guiño generacional, un reconocimiento entre compañeros de escena y un detalle que el público recibió como si fuese suyo.

Tras ese arranque acústico, la banda de Siloé al completo tomó el escenario y la sala estalló con Sangre en las venas. Fue como encender una mecha: guitarras y batería al frente, luces de neón y focos que acompañaban el pulso de la canción. Fito, desbordante de energía, corría de un lado a otro del escenario, saltando, moviéndose con una intensidad que contagiaba al público, que ya no dudaba en saltar y cantar a pleno pulmón. Si el inicio había sido íntimo, aquí llegaba la primera sacudida eléctrica de la noche.
Si me necesitas, llámame fue la siguiente, y aquí ya nadie pudo contener las ganas de pasarlo bien. Es una de esas canciones que parecen haber nacido para corearse en salas grandes: directa, pegadiza, con un estribillo que atraviesa. Esa ovación prolongada, con la gente cantando a pleno pulmón, fue el primer recordatorio de que la canción ya pertenece al público. Bastaba mirar alrededor para ver cómo muchos fans llevaban camisetas con esa frase memorable de la canción —«¿y qué tal si mandamos a todos a tomar por culo?»— como un guiño cómplice, un pequeño manifiesto que flotaba entre todos los asistentes como lema común.
Con Reza por mí llegó una de las interpretaciones más intensas de la noche. La Riviera se tiñó de un aire confesional, casi de plegaria colectiva. Aunque no es una de las canciones que más haya escuchado de la banda, hay que reconocer que en directo su ritmo animado, y su estribillo pegadizo — «Búscame en la sombra, búscame en el cielo, búscame las cosquillas con la punta de los dedos/ Pero reza por mí»— jugaron con la dualidad de lo que vemos y lo que callamos, de lo que tememos y lo que pedimos.
Las palabras fue otra sorpresa: estrenada apenas una semana antes, tuvo en La Riviera su bautismo de fuego. Me impresionó que, a pesar de su novedad, el público ya la cantaba como si fuese una vieja conocida.
A continuación, y tras una pequeña y aguda introducción, vino La oposición —una de mis favoritas—. Es ese tipo de canción que, a pesar de tomar como nombre el de un concepto tan arraigado en la mente y también temido por todos, te habla de resistencia, de estar firme cuando parece más fácil rendirse. En directo ganó aún más fuerza, a pesar de su tempo más lento: un medio tiempo clásico, muy pop y efectivo.
Con Esa estrella, una de las más queridas, el ambiente volvió a ganar decibelios y altura, reforzado por un juego de luces oníricas. Fue un ejemplo de la versatilidad de Siloé: capaces de pasar de la emoción íntima al estallido, del himno coreable a la ensoñación melódica.
Otro regalo fue el estreno de Campo Grande, tema inédito que sonó por primera vez en directo y que es un homenaje a su ciudad natal. Antes de arrancar, Fito nos dio unas indicaciones para acompañar, y un ruego de que supiéramos disfrutar de ese momento sin móviles. Y aunque hubo algunos que permanecieron inmunes al mensaje, fue hermoso fue comprobar que el público se entregó desde el primer compás. Esa confianza entre público y banda se palpaba en cada gesto.
Con El poder viajamos al pasado. Fito explicó que llevaba mucho tiempo sin tocarla, y se notó el cariño en su recuperación. Más tranquila, más desnuda, conectando con los orígenes más cantautores del grupo. Un gesto de reconciliación con sus raíces.
Y entonces: Invisible, canción creada como banda sonora de la serie homónima de Disney+ basada en la novela de Eloy Moreno. El violín de Marino volvió a brillar, dialogando con la voz de Fito en un momento mágico. Fue, sin duda, mi favorita de la noche. Quizá porque no la conocía bien, pero su mensaje de soledad, miedo y falta de reconocimiento, combinado con la valentía de hacerse visible, me emocionó profundamente.
Nada que se parezca a ti cambió el tono para volver a animar el ambiente: más folk, más ligada a la tierra y las raíces, a Castilla y León, desde donde la promo la ha usado para representar la identidad regional. Tiene esa costura de tradición bien entendida, que no es nostalgia vacía, sino base para construir algo nuevo, para recordar de dónde vienes sin perder lo que eres. Fue bonito ver cómo en el público se elevaban banderas y bufandas para acompañar el espíritu de la canción.
El homenaje instrumental de Personal Jesus de Depeche Mode sirvió a modo de interludio o puente hacia el clímax: oscuro, hipnótico, con La Riviera bañada en rojo, preparando el terreno para lo que estaba por venir.

La ovación compartida
La recta final llegó como un torbellino. Levita y ven desató la locura colectiva, La vida que me das, Que merezca la pena funcionaron como un agradecimiento mutuo —la banda al público, el público a la banda—, y también como un manifiesto vital: que todo esto tenga sentido, que no falte la fe en las canciones.
Cuando sonó La niebla regresó la euforia: saltos, gargantas al límite, como si todos quisiéramos quedarnos un rato más atrapados en esa celebración.
Y el clímax absoluto llegó con Todos los besos: abrazos, parejas besándose, amigos saltando con los brazos en alto. Era imposible imaginar otro cierre. La canción fue recibida como el himno en el que ya se ha convertido, un último estallido de alegría compartida. Fue la conclusión perfecta: un título convertido en realidad y donde reluce al máximo el mensaje de lo que supone la música en directo en conciertos como este: «Únete, somos muchos esta vez».
En medio de todo esto, un instante quedó grabado: la entrega del disco de oro por Santa Trinidad. Fito, Xavi y Jaco se fundieron en un abrazo de incredulidad y gratitud. La Riviera estalló en aplausos que parecían no terminar nunca. Fue como si el premio también perteneciera al público, porque sin ellos, nada tendría sentido.
Pero la noche aún nos guardaba una última chispa. Resistidos a abandonar, todos coreamos Maldito duende de Héroes del Silencio, según empezaron a sonar los primeros acordes por los altavoces, con la banda acompañando eufórica. Un broche inesperado, perfecto, compartido.
Cuando se encendieron las luces y el último acorde se disipó, lo que quedó fue más que cifras, sold outs o estrenos. Fue la sensación de haber vivido algo único, una experiencia multitudinaria en la que Siloé ya no pertenece solo a sus miembros, sino a un público que canta con ellos, que los empuja, aúpa y multiplica.
Y, más allá de la emoción de esa noche, me gustó mucho ver dónde ha llegado la banda, cómo cada peldaño que suben está sostenido en honestidad y humildad, construyendo un éxito sólido que parece hecho para durar.
Lo que más me emocionó, quizá, fue ver cómo la banda sabe sacar jugo a la fuerza que generan sobre el escenario, cómo convierten cada salto, cada golpe, cada gesto en un impulso que contagia a la sala entera. Fito, desbordaba energía, moviéndose como si la música fuera su cuerpo y nos arrastrara a todos con él. Jaco, con un solo de batería magistral, encendió a la gente entre canciones, haciendo que el pulso subiera varios grados. Y Xavi, siempre preciso, construía un paisaje que mantenía cada momento fresco, jugando con guitarras y texturas electrónicas, sosteniendo y elevando la fuerza que la banda imprimía en el escenario.
Sentí que esa energía no es un efecto superficial: es el valor real de un grupo que entiende que cuanto más te entregas, más puedes hacer sentir a los demás. Estar allí, viendo cómo todo esto se desplegaba, me hizo sentir dentro de cada canción y mejorar con creces la opinión sobre todos los temas que previamente había podido escuchar grabados. Y es que es rotundamente cierto que la música en directo juega otra liga.
En diciembre volverán a despedir la gira en esta misma sala, y todas las entradas ya están agotadas. Será otra oportunidad para vivir la intensidad de los vallisoletanos Siloé en directo, para sentir esa energía que convierte cada canción en una fiesta compartida, y para celebrar junto a ellos todo lo que han construido: música, oro, abrazos y besos. Todos los besos.

Setlist de Siloé
- La verdad (acústica, entre el público)
- Sangre (Viva Suecia Snippet, acústica, entre el público)
- Sangre en las venas
- Si me necesitas, llámame
- Reza por mi
- Las palabras
- La oposición
- Esa estrella
- Campo Grande (Estreno)
- El poder
- Súbeme al cielo
- Invisible (Live debut con violin)
- Nada que se parezca a ti
- Personal Jesus (Depeche Mode cover) (Instrumental)
- Levita y ven
- La vida que me das
- Que merezca la pena
- La niebla
- Todos los besos

