Fotografías de Darío Bravo | @dariobravo.es
Allá por 1995, cuando Robbie Williams anunció su marcha de Take That y, meses después, en 1996, el exitoso quinteto anunció su final, yo era un adolescente de 15 años cuyos gustos musicales ya habían sido absolutamente conquistados por el britpop, sobre todo esa Santísima Trinidad que formaban Oasis, Blur y Pulp, que ya cada uno puede poner en el orden que considere. Sin embargo, al mismo tiempo, mi hermana pequeña, que entonces tenía 11 años, estaba igualmente obsesionada por la música de Take That, quizá la primera gran boyband europea, a lo que yo asistía con una mezcla de desinterés e incredulidad por el fenómeno fan.
Precisamente por eso, casi unos 30 después, no dudé cuando anunciaron su actuación en la edición de 2024 de Noches del Botánico. En aquel entonces no entendí o aprecié su éxito, pero sí presencié la pasión que levantaban, y tenía verdadera curiosidad por entender y experimentar en primera persona cómo esos fans (o predominantemente «esas» fans como pude comprobar el miércoles) vivían su pasión por el grupo ya en sus 40s-50s. Verdaderamente, en ese sentido fue un auténtico espectáculo digno de verse. La pasión, la ilusión, la alegría e incluso las lágrimas hicieron sentir a todo ese público como si volvieran a tener 15 años de nuevo. Si la banda bailaba, el público bailaba más. Si tocaba agitar los brazos al ritmo de uno de los temas, lo hacían aún más fuerte, más rápido. Una auténtica marea humana rendida a los pies de Gary Barlow, Mark Owen y Howard Donald (por si no lo sabíais, ahora son un trío, con la conocida ausencia de Robbie Williams y Jason Orange.

El concierto fue un recorrido bastante completo por la carrera de la banda. Si hay algo que me llamó la atención positivamente es el relato que los tres integrantes van hilando entre canción y canción, donde con mucho acierto te van invitando a conocer los hitos de su trayectoria, como si estuviésemos asistiendo a una obra de teatro biográfica sobre ellos. Otro punto positivo es el reparto de la carga coral entre ellos. Aunque claramente la mejor voz de los tres sigue siendo la de Gary Barlow (la de Howard Donald sigue en buen estado, pero no podemos decir lo mismo de la de Mark Owen, que por momentos sonaba realmente mal), se han repartido el setlist de modo que todos tengan su momento de gloria.
Como era de esperar, hubo baile, mucho baile, incluyendo algunos movimientos que podrían funcionar muy bien cuando tenían unos 20 años, pero quizá no tanto cuando quienes los protagonizan son tres señores de más de 50 años. Pero la pasión, sonrisa y simpatía con la que lo hacen es realmente sobresaliente, sin ningún tipo de reparo en hacer todos los guiños posibles al público, algo que llegó a su pico máximo cuando brindaron con el público envueltos en tres mantones de manila, cada uno de un color, una Mahou en mano y, en lo que resultó una sorprendente elección de tapa, unos churros. Todo era válido el miércoles en este pedazo de mundo del que se adueñaron Take That.

Musicalmente, me quedo con el doblete al arranque del concierto que llevaron a cabo con Everything Changes, uno de sus temas más celebrados y bailables de los 90, y Shine, uno de los singles del que fue su disco de retorno en 2006, Beautiful World. También funcionó muy bien otro interesante doblete un poco más adelante, su celebrada versión de los Bee Gees en How Deep Is Your Love y Patience, que al igual que Shine, fue su carta de presentación al mundo allá por 2006 tras 11 años de ausencia.
Según nos acercábamos al final del concierto, nos pusieron a bailar de nuevo con Relight My Fire, pero el momento más inolvidable y emotivo llegó con la que es probablemente la joya de la corona de su discografía, la preciosa balada Back For Good, en la que Barlow dió lo mejor de sí mismo a los mandos de su piano. Con Never Forget y Rule The World se despidieron, recordando a todos su público que, efectivamente, hubo un momento hace décadas en el que lideraron el mundo de la música.

