La noche del domingo 13 de septiembre vi a The Black Keys por primera vez, dieciséis años después de su última visita a una sala de Madrid, y lo primero que pensé, al escuchar el primer riff, fue que había viajado varios miles de kilómetros al otro lado del Atlántico: consiguió sonar a carretera secundaria del sur de Estados Unidos, a asfalto recalentado, a polvo levantándose entre una gasolinera y un bar de mala muerte. Llegué justo en el intervalo entre el pase del telonero, Robert Finley, y la salida de Dan Auerbach, Patrick Carney y los suyos al escenario, así que no llegué a verle.
Y es una ausencia que lamento un poco más ahora que conozco su historia. Nació en 1954 en una familia de aparceros de Luisiana y tocaba blues a escondidas de su padre, que consideraba ese género «música del diablo». Llegó a servir en el ejército, trabajó de carpintero durante décadas y acabó perdiendo la vista por un glaucoma, lo que le llevó a tocar en la calle para sobrevivir. Allí fue donde lo descubrieron, y en 2016, con 62 años, publicó su primer disco, precisamente producido por Dan Auerbach, que desde entonces no ha dejado de trabajar con él: hasta Patrick Carney tocó la batería en su último álbum. The Black Keys llevan años señalando hacia el blues y el soul del sur de Estados Unidos como su fuente, a la música de tipos como Finley. Verle antes que a ellos habría sido, cuanto menos, una experiencia musical íntegra.
Como decíamos, más de tres lustros llevaban Dan Auerbach y Patrick Carney sin pisar nuestra ciudad. El Movistar Arena, como único lugar de paso por nuestro país, con más de 17.000 localidades, contrastaba con lo que en el fondo siguen siendo: dos chavales de Ohio que empezaron grabando en un sótano, con un sonido que siempre se ha nutrido más de las llanuras resecas del blues del Misisipi que de cualquier gran producción. En esta ocasión presentaban Peaches!, su decimocuarto disco, publicado en mayo, en esta gira apodada “Peaches n’ Kream” y, al contrario de lo que cupiera pensar, no es un álbum de canciones propias, sino de versiones que consiguen una inmersión en el cancionero que los formó, desde el blues hasta el soul de garaje. Esa premisa, rastrear la raíz antes que inventar nada nuevo, explica bastante de la experiencia que en estas líneas recogemos.
Rock para muy cafeteros
Arrancaron con “I Got Mine” e inmediatamente se dibujó el reparto de papeles: Auerbach fue el que más se movió, el que sonrió, el que habló con el público (aunque escuetamente) y el que menos pinta de estrella del rock tenía, con un polo vintage de la selección española que rebajaba cualquier pose. El resto, con Carney presidiendo la batería y el brillante elenco de sus músicos de refuerzo, se mantuvo más quieto, casi de perfil. Todos, además, llevaron gafas de sol durante el concierto entero: un punto de distancia deliberada, casi de uniforme, que encajaba con una banda que prefería dejar que la música hablara por ellos. Tampoco dieron grandes discursos, como señalábamos: apenas un par de agradecimientos sueltos durante la noche y, ya en la recta final, la presentación uno a uno de la banda antes de marcharse con los dos últimos temas.
El sonido, en general, fue muy sólido, impoluto: guitarra y batería sonaron con la contundencia que se les presupone, si bien el equilibrio no siempre fue el ideal. En “Fever”, uno de los momentos altos de Turn Blue y una de las canciones que más me apetecía escuchar, el teclado que en el disco suena con una identidad muy marcada apenas se distinguía entre el resto de instrumentos, y la canción perdió parte del encanto que la hace tan reconocible. Tampoco sonó mal: sonó distinta, más seca y terrosa de lo que cabría esperar tras estar acostumbrada a escucharla grabada.
Entre medias hubo hueco de sobra para los himnos que todo el mundo reconoce nada más sonar los primeros acordes. “Gold on the Ceiling” sí dejó sentir con fuerza ese riff de teclado distorsionado que en “Fever” se había quedado escondido, y funcionó como uno de los puntos álgidos de la primera mitad. “Next Girl” y “Howlin’ for You” mantuvieron después el pulso más clásico y bailable del repertorio, y “Tighten Up”, ya en el tramo final, con su silbido característico, fue de los pocos momentos en que el público cantó de memoria de principio a fin. Son los temas que, antes del bis, más cerca estuvieron de encender la sala entera.
Hubo también algún parón de ritmo: y es que la música de The Black Keys vive de riffs de guitarra largos, insistentes y de alto voltaje que van calentando motores canción tras canción, casi hipnóticos, como esos temas de un solo acorde que se repiten hasta quemar, y un par de veces, justo cuando esa tensión empezaba a prender, el concierto se detuvo un segundo de más antes de retomar. No es que fuera una eternidad, pero esos detalles se notan mucho en cómo se percibe un concierto de rock.
El despliegue de luces, en cambio, fue uno de los grandes aciertos de la noche: el nombre del grupo escrito con bombillas, como un cartel de marquesina americana, y un telón rojo de fondo enmarcando la escena. Con “Everlasting Light” bajó además una bola de espejos y el Arena entero se llenó de puntos de luz girando despacio, teletransportándonos inmediatamente a uno de esos gimnasios de instituto americano de los setenta de los que tanto abusan las películas. El resto del concierto, la banda siguió jugando con proyecciones psicodélicas que funcionaron realmente bien y sostuvieron visualmente cada tramo del show.
Un mapa hecho de versiones
Esa sensación de estar en América sin haber salido de Madrid se repitió con las versiones adoptadas, y con ellas volvió el paisaje de carreteras infinitas surcando paisajes semidesérticos de calor seco y casas de madera medio abandonadas.
Interpretaron “Have Love Will Travel” de Richard Berry, el mismo que escribió “Louie Louie” y que en 1959 no podía imaginar que esa canción acabaría siendo el manual de estilo de todo el garage rock posterior, empezando por The Sonics.
Otro de los temas, “Where There’s Smoke, There’s Fire” tira de un material más raro todavía: un single casi desconocido que grabó en 1984 el cantante Willie Griffin, de Misisipi, y que apenas tuvo recorrido fuera del circuito de coleccionistas de soul. Y “I Wanna Be Your Dog” de The Stooges, haciendo un guiño a la semilla del punk antes de que existiera la palabra tal y como la conocemos hoy día. Esas tres canciones trazaron tres puntos de un mismo mapa: costa oeste, sur profundo, medio oeste industrial, que The Black Keys conectaron sin esfuerzo, como si llevaran ese itinerario interiorizado desde niños.
Me resultó llamativo que el Arena no llegó a llenarse del todo, y durante buena parte del concierto la conexión con el público fue más comedida de lo esperado, con estallidos puntuales que no terminaban de prender la sala entera. Eso cambió de golpe con el bis. “Little Black Submarines”, que templó el ambiente, para hacerlo estallar con “Lonely Boy”: el tema más popular de la noche y que todos llevaban esperando para desatar la fiesta total y, por fin, durante tres minutos hubo comunión real entre escenario y grada.
Mientras salía de camino a casa, reflexioné sobre la lección de geografía musical que había recibido, y que no es muy común últimamente: costa oeste, delta del Misisipi, Michigan, Nashville, todo comprimido en hora y media y ejecutado con una solvencia que es imposible discutir.
Durante una hora y tres cuartos, la música fue el centro de todo, sonando visceral, sudorosa, hecha para paisajes áridos y corazones de alquitrán. Transmitió la sensación de que esa energía se quedó, en buena parte, dentro del escenario, contenida detrás de las gafas de sol de esos músicos duros y profesionales —a veces en exceso— y el polo de fútbol vintage. Más que impecable en lo musical. Más distante en lo físico. Sin embargo, las dos cosas, a la vez, fueron ciertas.

Setlist — The Black Keys, Movistar Arena, Madrid (13 de septiembre de 2026)
- I Got Mine
- Fever
- Gold on the Ceiling
- Have Love Will Travel (Richard Berry & the Pharaohs cover)
- Just Couldn’t Tie Me Down
- Next Girl
- Lo/Hi
- Everlasting Light
- Howlin’ for You
- Wild Child
- Man on a Mission
- Weight of Love
- Where There’s Smoke, There’s Fire (Willie Griffin cover)
- Tighten Up
- I Wanna Be Your Dog (The Stooges cover)
- She’s Long Gone
Encore:
17. Little Black Submarines
18. Lonely Boy

