En plena fiebre por los macrofestivales, donde las cifras de asistencia parecen haberse convertido en el principal reclamo, Atlantic Fest continúa recorriendo el camino contrario. Y, vista la experiencia de esta décima edición, probablemente esa sea una de las claves de su éxito. Más de 21.500 personas pasaron por Vilagarcía de Arousa durante el fin de semana, una cifra que confirma el crecimiento del festival sin perder aquello que lo ha convertido en una cita imprescindible del verano: la sensación de que todo está pensado para disfrutar de la música y no para sobrevivir a las aglomeraciones.
Celebrado en la Praia da Concha, pocos festivales pueden presumir de un recinto tan privilegiado. El escenario principal se levanta prácticamente sobre la arena, con la ría de Arousa como telón de fondo y un paisaje que convierte cualquier paseo entre conciertos en parte de la experiencia. Aquí el entorno no es un simple decorado; forma parte del propio festival. Ver caer el sol sobre la ría mientras comienza el siguiente concierto es uno de esos pequeños detalles que hacen que Atlantic Fest tenga una personalidad difícil de encontrar en otro lugar.
La comodidad es otro de sus grandes aciertos. El aforo está perfectamente dimensionado y eso se nota desde el primer momento: no hay empujones para acercarse al escenario, ni colas interminables para moverse de un lado a otro. Hay espacio para caminar, encontrarse con amigos o simplemente disfrutar de los conciertos sin renunciar al espacio personal, un lujo que muchos eventos multitudinarios han dejado por el camino.
A esa comodidad contribuye también el propio diseño del recinto, con una amplia zona de arboleda, equipada con mesas y bancos, que se convierte en un auténtico refugio durante las horas de más calor. En un festival de verano, disponer de un espacio con sombra real se agradece muchísimo y hace que la experiencia sea mucho más llevadera durante las horas centrales del día.
Otro de los grandes aciertos sigue siendo su formato. Toda la programación gira alrededor de un único escenario principal y, mientras se llevan a cabo los cambios entre bandas, el pequeño escenario toma el relevo. En esta edición fueron Grande Osso quienes se encargaron de hacer más amenos esos cambios con una selección musical más que acertada. Una fórmula sencilla que acaba con los temidos solapes y permite disfrutar del cartel al completo.
Ese ambiente relajado también tiene mucho que ver con el propio público. La identidad musical del Atlantic Fest atrae a un perfil de asistentes de mayor edad media que el habitual en otros grandes eventos. El resultado es un ambiente tranquilo, respetuoso y con la música como auténtico centro de atención.
La organización termina de redondear la experiencia con pequeños detalles que marcan la diferencia. Las zonas de servicios estuvieron bien distribuidas y atendidas durante toda la jornada, evitando las habituales esperas que suelen convertirse en uno de los puntos más débiles de este tipo de citas. A ello se sumó la presencia de patrocinadores que supieron integrarse con naturalidad mediante actividades, juegos y premios para todas las edades.
Mención especial merece también el Punto Lila y Arcoíris, presente durante todo el festival como espacio de información, prevención y atención frente a cualquier situación de violencia o discriminación. Además de su labor asistencial, organizaron diferentes dinámicas para concienciar al público de una forma cercana y amena. En la misma línea destacó el espacio Mocidade polo Planeta, con propuestas centradas en la sostenibilidad y el respeto por el medioambiente, un mensaje especialmente oportuno en un enclave natural como la ría de Arousa.
Ya en lo estrictamente musical, el viernes dejó claro el nivel de esta edición. Nadadora protagonizó uno de los regresos más esperados, Triángulo de Amor Bizarro volvió a desplegar toda la intensidad de su directo, siempre capaces de levantar al público con su inconfundible sonido, y Carolina Durante confirmó por qué es una de las bandas más en forma del panorama nacional. El cierre corrió a cargo de Two Door Cinema Club, que convirtió la playa en una enorme pista de baile gracias a un repertorio que encadenó algunos de los temas más reconocibles de su carrera. Pero si hubo algo especialmente destacable de los norirlandeses, fue la impecable calidad del sonido: potente, limpio y perfectamente equilibrado, permitiendo disfrutar de cada detalle con una claridad poco habitual en este tipo de eventos.

El sábado arrancó con Alonso y continuó con un inspiradísimo Nacho Vegas. Acompañado por Abraham Boba para interpretar “La pena o la nada”, protagonizó uno de los momentos más celebrados de la tarde y volvió a demostrar por qué sigue siendo una de las voces más personales de la música española. Depresión Sonora aportó la oscuridad y la contundencia de su propuesta antes de que Shame firmara uno de los directos más intensos del festival.
Quizá el único aspecto discutible de la programación tenga que ver con los horarios de mediodía. Propuestas tan interesantes como las de Alonso o Nacho Vegas tuvieron que enfrentarse a las horas de más calor. Aunque la cercanía del mar ayuda a suavizar el ambiente, el sol apretó con fuerza durante buena parte de la jornada, algo que probablemente restó algo de comodidad a conciertos que invitaban a una escucha más pausada.
Si hubo un nombre propio durante el sábado, ese fue Carlos Ares. Su aparición desde la ya característica palloza, acompañado por una banda en estado de gracia, marcó el inicio de una actuación cuidada hasta el último detalle. Con una puesta en escena elegante, un sonido impecable y una naturalidad que conectó desde el primer minuto con un público de todas las edades más que entregado. El músico gallego ofreció uno de esos conciertos que confirman por qué se ha convertido en una de las voces con más personalidad del panorama actual.



Después llegaron Los Planetas, demostrando una vez más por qué continúan siendo un referente absoluto del indie nacional, antes de que Franz Ferdinand pusiera el broche a la noche. Alex Kapranos volvió a demostrar que sigue siendo uno de los grandes frontman del rock británico. La banda escocesa terminó de conquistar al público con varios guiños en gallego, recibidos con una ovación que reflejó la conexión creada con los asistentes desde el primer momento.
Como ya es tradición, la música no terminó al bajar el telón del recinto principal. El domingo, Atlantic Fest volvió a salir a las calles de Vilagarcía con una jornada gratuita en la Praza do Castro. Aiko el Grupo abrió la programación y Joe Crepúsculo fue el encargado de despedir esta décima edición con una actuación festiva y cercana, poniendo el mejor punto final que prolongó el ambiente vivido durante todo el fin de semana y volvió a demostrar la estrecha relación que este evento mantiene con el municipio que lo acoge.
Atlantic Fest cumple diez años sin perder su esencia. Mientras otros festivales parecen empeñados en crecer a cualquier precio, la cita arousana continúa apostando por el equilibrio. Y quizá sea precisamente ahí donde reside el secreto: demostrar que crecer no siempre significa hacerse más grande, sino hacer mejor las cosas.



