Es difícil resumir en una crónica lo vivido a lo largo de cuatro días de festival, pero un año más, vamos a intentar transmitiros nuestra experiencia en Mad Cool 2026. Y primero, de hecho, vamos a hablar, antes de empezar con la música, de estos aspectos organizativos: recinto, instalaciones, transporte, sonido y demás.
Esta nueva edición del Mad Cool (la cuarta ya en su ubicación de Villaverde) y en la que el festival cumplía 10 años (que no 10 ediciones) presentaba una serie de cambios y mejoras que ya se anunciaron hace un tiempo.
La primera de las novedades fue el hecho de añadir una jornada más y agrupar cada día por estilos o público potencial. Así, el miércoles era el día más roquero, el jueves el más pop, el viernes fue la jornada del indie de siempre y el sábado el de los nombres más clásicos. Salvo excepciones en cada uno de los días, a nivel general esta era la distribución.
Lo que a priori puede parecer una buena idea, comprobamos que no funcionó como debería, sobre todo por los grandes y dolorosos solapes que se vivieron en algunas jornadas. Y aquí es donde entra en juego la segunda gran novedad de este año: la eliminación de un escenario y la separación de los escenarios 1 y 2 (situando este último donde anteriormente se ubicaba el tercero). La consecuencia de esto fue que todos los nombres de mayor interés se condensaron en estos dos escenarios principales (el resto son carpas de aforo más reducido) y, por tanto, los solapes son, ahora más que nunca, inevitables.
Pero claro, una cosa es que se solapen artistas del escenario principal con los del escenario 3 (como pasaba en ediciones anteriores) y otra muy distinta, que actúen cabezas de cartel a la misma hora en los dos escenarios más grandes, como ocurrió con Foo Fighters y Moby en la primera jornada. Esto, al margen de lo difícil que pueda resultar para el público general en cuanto a elección, hacía que el sonido de Moby se llegara a contaminar por el de Foo Fighters, cosa que ocurriría en todas las jornadas cuando se daban actuaciones en ambos escenarios al mismo tiempo. Esta es, sin lugar a dudas, la gran cuenta pendiente que deja este año el Mad Cool: la gestión de los solapes, no solo horarios, sino de sonido entre propuestas que comparten horario.
Por contra, el hecho de disponer de un escenario menos, deja el recinto mucho menos congestionado que otras veces, resultando infinitamente más cómodo moverse por el mismo, ir a barras, restauración, baños, etc. Quizá la cuestión no sea cambiar esta disposición, sino volver a la alternancia de los conciertos en los escenarios 1 (Region of Madrid) y 2 (Orange), aunque eso sea a costa de disponer de un cartel algo más corto. O renunciar a la ubicación del escenario 2 y volver a la que existía hace un año. Realmente, seguimos sin tener claro el porqué se han colocado así para esta edición. Al final, por muchos grupos y artistas que haya en el mismo, no parece justo que alguien compre una entrada y no pueda ver todo lo que se prometía o, al menos, en cuanto a artistas principales se refiere.
Si hablamos de sonido, aparte de lo ya relatado en cuanto a contaminación acústica entre escenarios, las sensaciones vuelven a ser muy positivas, gracias a que, si uno se situaba más o menos bien, todos los conciertos tuvieron una calidad sonora impecable. Pero hay otra novedad que nos sorprendió nada más entrar en el recinto el primer día y esa fue las gigantescas pantallas del escenario principal. Sin duda, uno de los grandes aciertos técnicos de este año, que permitió que los grandes conciertos se pudieran disfrutar desde la distancia de manera impecable.
Al igual que la comodidad dentro del recinto ha sido impecable, el transporte tras el festival ha vuelto a ser una importante cuenta pendiente. Por esta misma política de programación de dos conciertos principales al mismo tiempo en los escenarios 1 y 2, ambos terminaban al mismo tiempo. Por tanto, al no hacer que el final de cada jornada fuese progresivo o escalonado, todo el aforo del recinto, o al menos su gran mayoría, se marchaba al mismo tiempo. Y eso, pese a las opciones disponibles, que indudablemente eran muchas y se agradece este esfuerzo, hizo que la salida colapsase, especialmente el miércoles, cuando abandonar el recinto y sus inmediaciones se convirtió en una auténtica odisea. Y en los accesos al Metro, incluso, se vivieron momentos que podrían rayar lo peligroso. Quizá haya que darle una vuelta para que esto mejores de una vez por todas. De nada vale vivir una noche inolvidable si luego tardas 3 horas en volver a tu casa y en condiciones de semi-hacinamiento.
Y ya visto el aspecto más «logístico» del festival, vamos a por la música…

