InicioConciertosCrónica del Sónar Barcelona (Fira Montjuïc y Fira Gran Via, 2023)

Crónica del Sónar Barcelona (Fira Montjuïc y Fira Gran Via, 2023)

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Viernes, 16 de junio: Ryoji Ikeda, Aphex Twin, Fever Ray…

Gracias a que el jueves de Sónar siempre acaba antes de las doce de la noche, pudimos descansar y así coger fuerzas para los dos jornadas que nos faltaban del festival barcelonés, ahora sí en su formato completo de Sónar de Día + Sónar de Noche. Así que después de comer, cogimos la batería externa del móvil y nos dirigimos al campo de batalla.

Este segundo día del 30º aniversario del Sónar lo empezamos en uno de mis escenarios favoritos del festival, el SonarHall, el mismo con el que nos estrenamos ayer. Aunque cuando salió el protagonista de los siguientes 60 minutos, Ryoji Ikeda, el ambiente cambió completamente a lo que habíamos vivido hasta entonces entre esas cortinas. Maestro del arte sonoro y visual, es uno de esos artistas que entran perfectamente en la definición de lo que es el Sónar: música, creatividad y tecnología. El japonés, también conocido por ser pionero del glitch musical, nos sumergió de lleno en una instalación envolvente, apoderándose de nuestros sentidos gracias al mundo de estímulos sensoriales abrumadores que había creado.

Sin apenas moverse, Ryoji Ikeda transmutó la corporeidad humana del SonarHall en un montón de píxeles y circuitos eléctricos que vibraban cuando él quería -sí, literalmente, era todo pura vibración-. Con una precisión matemática, las proyecciones visuales estaban perfectamente sincronizadas con los ritmos y sonidos ultra-minimalistas del artista pionero, creando una experiencia audiovisual hipnótica. La escrupulosidad y la intensidad de su música generaron un ambiente de exploración sonora que desafió las percepciones convencionales. Ryoji Ikeda demostró una vez más su capacidad para crear paisajes sonoros inmersivos y provocadores que nos dejaron con una sensación de asombro y admiración. No creo que olvide esta experiencia. Una de las mejores que he vivido en el Sónar.

Después del impactante concierto de Ryoji Ikeda, nos desplazamos hasta el reformado SonarVillage en el que MikeQ estaba capitaneando esta gran pista de baile. Como uno de los principales exponentes de la música del ballroom estadounidense, MikeQ presentó un set lleno de ritmos vivos y enérgicos que impedió que los espectadores dejasen de bailar en ningún momento. Su habilidad para fusionar la música house y el voguing culture fue evidente en cada mezcla, llevando a la audiencia a un viaje de baile por distintas décadas temporales. El público se dejó llevar en una atmósfera de celebración y empoderamiento, en el que, obviamente, sonó el icónico Vogue de Madonna. De la misma forma, también sacaron la cabeza varios fragmentos del Renaissance de Beyoncé, responsable en el último de año de haber popularizado -con la ayuda de series como Pose- la cultura ballroom. MikeQ conectó con la multitud y llenó de vida el Sónar de Día.

Ryoji Ikeda (fotografía de Nerea Coll)
MikeQ (fotografía de Fernando Schlaepfer)

¿Os acordáis que en la primera jornada vimos a Nosaj Thing con Daito Manabe en el Stage+D by MEDIAPRO? Pues ahora volvimos allí, pero para vivir la experiencia al completo con el directo en solitario del segundo de ellos, Daito Manabe. El polifacético artista digital japonés -que ha colaborado con artistas de la talla de Björk, Ryuichi Sakamoto, Arca o Squarepusher– nos deleitó con un magnífico y delicado espectáculo a caballo entre la música y la experiencia visual. Si habíamos empezado el día con la experiencia immersiva de Ryoji Ikeda, ahora entrábamos de lleno en otro universo perceptivo, mucho más tranquilo e introspectivo. A través de su música electrónica y las imágenes que había creado para la ocasión, y que se proyectaban a lo largo de las 9 pantallas que nos rodeaban, Manabe creó una experiencia inmersiva que desafió los límites de la percepción. La mejor forma de vivirlo era sentarse al suelo y dejar fluir los sentidos por ese viaje audiovisual que nos propuso el japonés. La actuación fue un testimonio del genio creativo de Manabe y su capacidad para fusionar la tecnología con la expresión artística de una manera sorprendente y emocionante.

Tocabar desplazarse hasta el recinto del Sónar de Noche, así que dejamos Fira Barcelona, comimos algo para cenar de camino, y rápidamente nos colocamos en Fira Gran Vía. Era importante llegar pronto y coger buen sitio para el cabeza de cartel del 30º aniversario del Sónar: la leyenda Aphex Twin. Tras cuatro años de ausencia, contadas veces en público y siendo su vuelta al Sónar once años después de su última vez, no podíamos imaginarnos que nos tenía preparado el enfant terrible de la IDM. Además, si a algo ha aprendido el público a lo largo de estas tres décadas de enigmática e idiosincrásica carrera es a esperar lo inesperado.

Complicado plasmar en palabras la hora y media de sesión que brindó Richard D. James, el genio detrás de Aphex Twin, en el escenario SonarClub del Sónar de Noche. Desde el primer instante, los beats frenéticos y las texturas distorsionadas invadieron el espacio, creando un ambiente de caos controlado por el productor irlandés. A medida que las luces y las imágenes se sincronizaban con la música, la audiencia quedaba atrapada en un viaje surrealista y alucinante. Aphex Twin jugó con los de la estructura musical, llevando al público a través de paisajes sonoros oscuros y desconcertantes. Era un viaje imprevisible que iba cambiando de ritmos y que nunca podías preveer lo que pasaría a continuación, pasando de piezas que bebían del ambient a otras totalmente transgresoras, de alta cilindrada y rompiendo cualquier barrera que exista entre el sonido y el ruido -en el buen sentido-. El público no podía controlarse, pero tampoco quería hacerlo, era mejor dejarse llevar por toda esa marea sonora. Un espectáculo inteligente, demencial, que hizo honor a la reputación de Aphex Twin de pionero de la música electrónica experimental. Una actuación magistral que ya forma parte de la historia del Sónar.

Daito Manabe (fotografía de Sergio Albert)
Aphex Twin (fotografía de Ariel Martini)

Después del alucinante espectáculo del padrino de la música electrónica moderna, nos hidratamos un poco, pasamos por el baño, y sin más demora nos plantamos al SonarPub by Thunder Bitch. Ahora llegaba el turno de una artista por la que siempre he sentido una fascinación especial: Fever Ray. Tocaron las 23.40h de la noche y el escenario se transformó en un mundo de misterio y enigma protagonizado por un aquelarre de brujería alrededor de una farola. La artista sueca Karin Dreijer, conocida por su voz distintiva y su estética provocativa, cautivó a la audiencia con su presencia magnética y su puesta en escena innovadora, siempre con la ayuda de sus cuatro compañeras. Desde el momento en que apareció en el escenario, envuelta en una capa oscura y un toque de Edgar Allan Poe, Fever Ray estableció una conexión íntima con el público, sumergiéndolos en un viaje emocional y sensorial.

El sonido etéreo y melancólico de las canciones de Dreijer envolvieron al público, transportándonos a un universo único y fascinante. A medida que las luces se movían y cambiaban de color, creando una atmósfera de ensueño, la música de Fever Ray adquirió una vida propia, abrazando al público y moviendo todas las articulaciones de cada uno de los asistentes. A lo largo de la hora que duró el concierto, hubo tiempo para repasar algunos de los temas principales del último disco de la artista sueca, Radical Romantics, como Carbon Dioxide, What They Call Us o Kandy, e incluso algunos de sus clásicos ya convertidos en himnos, como la magnífica If I Had a Heart. Lo único que evitó que pudiera disfrutar al máximo todo el concierto es que al principio -debido a mi faceta de fan de Fever Ray- empecé en las primeras filas y allí se escuhaba demasiado fuerte los bajos, opacando la melodía y las voces. No obstante, si te separabas e ibas un poco más atrás, el sonido ya era el óptimo.

Nuestra segunda jornada del 30º aniversario del Sónar siguió con la aparición, en el escenario SonarLab by Resident Advisor, de la rapera, cantante y compositora británica Shygirl, una de las voces emergentes más interesantes de esa intersección entre del pop vanguardista, mezclado con el hip hop y la electrónica. Desde el momento en que pisó el escenario, la británica irrumpió con una energía y una actitud audaz que atrapó la atención de todos los presentes, provocó un estado de excitación entre el público que duró a lo largo de todo el recital. Gracias a la fusión de géneros de las canciones de Shygirl, el universo musical fue mutando a medida que iban pasando los minutos, del R&B al punk, repasando algunas de sus canciones más populares: Heaven, Shlut, Firefly… E incluso fuimos honrados con un gran regalo final, la presencia de Erika de Casier en el escenario, cantando junto a Shygirl, y despidiendo a un público más que satisfecho.

Fever Ray (fotografía de Ariel Martini)
Fever Ray (fotografía de Ariel Martini)

Ya estábamos entrando en la parte final de este viernes de Sónar y dos artistas fueron los encargados de acabar de agotar las fuerzas que nos quedaban. El primero de ellos, Cakes Da Killa. Durante más de una década, este el rapero de Nueva Jersey ha aportado al hip-hop una dosis muy necesaria de identidad queer. Con unas bases muy enérgicas que beben de la música de club y el ballroom house, el artista americano no dejaba de recitar con un ritmo rápido, que recordaba al rap clásico de la Nueva York de los 90, unas letras que daban una vuelta de tuerca al rap tradicional. Encima del escenario se respiraba una gran energía muy contagiosa, gracias al carisma del rapero, pero también a los dos bailarines y el productor que no dejaba de saltar detrás de los platos. La multitud que se había reunido en el SonarPub by Thunder Bitch no podía dejar de bailar mientras Cakes Da Killa demostraba que está en mejor forma que nunca.

La segunda jornada del Sónar llegó a su clímax con el set de Honey Dijon. La DJ y productora estadounidense volvió a demostrar su técnica casi perfecta en las mezclas. Con prácticamente dos horas del mejor house y disco, consiguió que el público se entregase por completo en una atmósfera de celebración y liberación. Los beats pulsantes y los bajos profundos llenaron el espacio, invitando a los asistentes a dejarse llevar por el ritmo y moverse al compás de la música. Fue un momento en el que la música y la conexión humana se fusionaron, dejando a los asistentes con una sensación de plenitud y gratitud por haber sido parte de esa experiencia única.

Y, ya sin fuerzas ni en las puntas de los dedos, conseguimos llegar hasta la cama para dormir un poquito e intentar coger el máximo de fuerzas antes del último día de este magnífico festival barcelonés.

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