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Crónica de Limp Bizkit en Movistar Arena (Madrid, 2026)

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Hace más de una década que Limp Bizkit no pisaba un escenario grande en Madrid. Su última visita a la capital se remonta al Sonisphere de 2012, con un paso por sala en La Riviera en 2010 como antecedente más reciente. En aquel entonces, se podía decir que su carrera estaba de capa caída. Sin embargo, el pasado 1 de julio de 2026 volvían al Movistar Arena en plena forma y con una popularidad renovada. La voz de Fred Durst sonó tan afilada como siempre, y el público dejó claro desde el minuto uno que el nu metal nunca se fue a ningún sitio, o al menos así parecían demostrarlos los cientos de gorras rojas y camisetas blancas que se veían entre el público, el uniforme de una época que ha vuelto con fuerza.

Antes del plato principal, llegamos a tiempo para pillar a POD versionando el «Don’t Let Me Down» de The Beatles. Una elección inesperada (al menos para nosotros) para una banda que no pisaba Madrid desde 2003, cuando tocaron en la Sala Caracol. Su guitarrista Marcos Curiel, ataviado con una camiseta de «I Love Madrid» de las que encuentras en cualquier tienda de souvenirs, preguntó cuánta gente estuvo en aquel concierto de hace más de veinte años. Y hubo unos cuantos que, con más o menos sinceridad, levantaron la mano. Mientras, su cantante Paul Joshua «Sonny» Sandoval se entregaba sobre el escenario con una camiseta del Real Madrid (un guiño sencillo pero efectivo al público local, salvo que seas del Atleti, claro).

Entre trallazo y trallazo, el público les animaba con un voluntarioso «Oe oe oe, POD POD». Los primeros pogos, todavía tímidos, ya se intuyen desde las alturas del recinto en las que la prensa estamos colocados esta noche. Lo más destacado, los tres temas del final del concierto: «Southtown», «Youth of the Nation» y, por supuesto, «Alive», su gran éxito, con las que llegaron los primeros momentos de entrega real. Un buen aperitivo antes de llegar a Limp Bizkit. Una lástima no haber podido ver también a Deathbyromy, pero a veces la logística no permite estar en todos sitios a la vez.

Limp Bizkit resucita el 2000 sin pausa ni tregua

Entre concierto y concierto, con las luces a medio encender, lo primero que salta a la vista es la cantidad de público que llena el Movistar Arena, y aunque hay cierta la diversidad de edades, predominan aquellos que vivieron la explosión de la banda en su adolescencia y/o juventud y ahora ya tienen 40 (y muchos). Además, hay un detalle que resume la noche entera: cientos de personas con ese look de la época dorada de la banda, pantalones de skater caídos, camiseta blanca, gorra roja hacia atrás. El uniforme dosmilero sigue vivo, o al menos hoy. Y eso, por sí solo, ya dice mucho de lo que viene.

Empieza una primera cuenta atrás y nos toman el pelo: la pantalla llega a cero y aparece el primer meme de la noche. Sonrisa colectiva, sí, pero cuando arranca otra cuenta atrás de seis o siete minutos en vez de aparecer la banda, se empieza a poner a prueba una paciencia que ya no da más de sí.

Y entonces, ahora así, salen al escenario, liderados por un Fred Durst con gorra, barba blanca y una chaqueta verde con el logo del grupo bordado en la espalda. El primer pogo aparece casi de inmediato, hacia el final de «Stuck». Wes Borland preside el escenario con su impresionante máscara con plumas negras, ese traje que ya prometía viéndolo en Instagram los días previos. Al verle tocar con ella puesta, pensando en el calor que hace en un escenario al aire libre, no queremos ni imaginarnos cómo lo aguanta. Eso sí, su sola presencia sigue siendo un espectáculo en sí mismo. Junto a ellos, DJ Lethal controla la escenografía desde una estructura que parece un gigantesco reproductor de casete cargado de cintas de grupos distintos, mientras John Otto machaca la batería con una energía brutal. Las cámaras lo buscan una y otra vez, y no es para menos: sostener la carga que exigen estas canciones tiene mérito.

«Just Like This» deja espacio de sobra para el lucimiento de DJ Lethal. «9 Teen 90 Nine» mantiene la energía a tope. Y entonces pasa algo que no esperábamos: «Break Stuff», su canción más icónica, la que generó aquellas imágenes legendarias de Woodstock 99, suena ya en el tramo inicial del concierto. Sorprende que la jueguen tan pronto. Pero acto seguido llega otra sorpresa mayor todavía: empieza a sonar «Aserejé» de las Ketchup y Fred Durst se pone a bailarlo con el público, en pleno escenario. Cruce de mundos absurdo que, en manos de esta banda, parece de lo más natural. Al fin y al cabo, mezclar géneros y referencias sin ningún pudor es justo lo que los ha definido siempre. Pero quizá no hasta este extremo, ¿verdad?

Entre canción y canción cuelan interludios sorprendentes, algunos con guiños muy locales, como el vídeo del bailaor flamenco Miguel Fernández «El Yiyo» antes de «Eat You Alive». Han venido a Madrid dispuestos a meterse en la cultura de aquí, y no lo disimulan.

Con «Faith», el clásico de George Michael reconvertido en nu metal puro, el resultado es sencillamente espectacular. «My Generation» trae la parte más gamberra de la noche: en pleno subidón cortan la canción y, de nuevo, nos ponen un meme. Durst se recrea vacilando al público con unos cuantos «fuck you» bien colocados antes de que el tema arranque de verdad. Llega el estribillo — «I do, well I do!!!» — y el pabellón entero se vuelve loco.

Vuelven con los focos sobre Wes Borland para esa intro inolvidable de «Livin’ It Up». Después, «Hot Dog» y «My Way», con el estribillo coreado a pleno pulmón mientras DJ Lethal vuelve a lucirse. Ese momento en el que cantan el equivalente a «dejaré tus mierdas y seré libre» es pura liberación, un recordatorio de la sensación de ser joven, creer que todo es posible y tienes todo el tiempo del mundo por delante. Bonito recordarlo, aunque sepamos ya que no era tan sencillo como creíamos. Con «Rollin’ (Air Raid Vehicle)», llega otro de los momentos ideales para cantar a pleno pulmón, algo fácil teniendo en cuenta que las letras se muestran en la pantalla detrás de la banda, lo que facilitar corear su estribillo una y otra vez en otro de los momentos estrella de una noche que no da tregua, y menos cuando lo encadena con nada menos que «Nookie», otro de sus singles estrella. La intensidad no baja en ningún momento… Y poco a poco, de hecho, va a más.

Para «Full Nelson», Durst saca a dos personas del público a cantar con él. Ella se mete de lleno en el papel y se lleva su momento de gloria junto a Fred Durst de forma brutal. Él cumple, aunque se le nota algo más cortado por la situación. «Tu boca escribe cheques que luego no puedes pagar», suena en pleno subidón colectivo. Y entonces llega «Boiler» con su muro de guitarras y, por un instante, Durst deja entrever un lado frágil dentro de la dureza habitual de su interpretación.

El tono cambia de golpe con «Behind Blue Eyes», su versión del clásico de The Who. La banda se detiene a mitad de canción y la pantalla rinde homenaje a Sam Rivers, bajista histórico del grupo, fallecido el pasado octubre. Durst grita «Sam Rivers forever» y pide al público que le dedique una ovación. El pabellón responde. El momento da paso a «Take a Look Around», con la pantalla mostrando a un Tom Cruise «que ama a Limp Bizkit», guiño a su presencia en la banda sonora de Misión Imposible 2, y poniendo los pelos de punta de todo el recinto.

Para acabar, llega el cierre por todo lo alto: un segundo «Break Stuff», esta vez con las luces del recinto ya encendidas, dejando ver cómo los pogos se forman poco a poco mientras suena la canción, hasta desembocar en una explosión final acompañado de las integrantes de Death By Romy para la ovación definitiva. De los cierres más apoteósicos que hemos visto en mucho tiempo. Como colofón, una última broma en pantalla: una imagen generada con IA de Jack Nicholson entre el público, «amando» también a la banda. El último guiño gamberro de una noche que mezcla memoria, descontrol y ese cariño particular que solo una banda con más de dos décadas de carretera sabe cultivar.

Más de diez años sin pisar Madrid, y Limp Bizkit se va como si nunca se hubieran ido: intacta la potencia, intacta la provocación, intacto ese punto de descontrol que convierte cada canción en excusa para el pogo. El nu metal, con esta banda al frente, sigue muy vivo. Y con todo este público cantando cada estribillo, mejor que nadie se lo diga a quien todavía crea que esto era solo cosa de una generación.


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