

Llegamos pronto al festival, cuando Seasick Steve luchaba contra el castigador sol madrileño desde el escenario principal. Tras una primera vuelta de reconocimiento, distancias entre escenarios y demás, nos dispusimos a abrir boca con Wolf Alice, y es que estos chicos lo tienen todo. El festival ha jugado muy bien sus cartas con los horarios para evitar aglomeraciones de entradas, y ahí nos tenían, a pleno sol, esperando a una de las bandas más anheladas del cartel en cuanto a esa «clase media» que se están consolidando en estos últimos años.
Su premisa es clara: magnífica actitud y muchas guitarras. Los londinenses saben llevarse al público a su terreno y demostrar que son mucho más que un puñado de buenas canciones. Supieron calibrar la intensidad, empezando fortísimo con Smile, y hacer un directo ameno que nos dejó un broche final inmejorable con la combinación de The Last Man on Earth y Don’t Delete the Kisses. Si ya teníamos clara su proyección, después de esta visita no queda ninguna duda de su impecable y prometedor futuro, que seguro que les irá trasladando a mejores horarios poco a poco.
Yungblud era el siguiente plato fuerte de la tarde, y desde el primer momentos muchos valientes se mantuvieron fuertes al sol para botar lo más cerca posible del carismático Dominic Richard Harrison, que con sus poses, carreras y actitud hizo las delicias del público (y de los fotógrafos, todo sea dicho). Su concierto no dejó a nadie indiferente, y con temas como The Funeral o Fleabag, logró atraer a un público curioso que iba llegando al festival, que quizá en gran parte no le conocían demasiado, pero que seguro mostrarán un interés renovado en su música tras descubrirle en directo.


Frank Carter & the Rattlesnakes vinieron al Mad Cool a darlo todo. Mientras Placebo inundaba el escenario principal, fuimos unos cuantos los que nos decidimos por la apuesta de los ingleses y admitimos que no nos arrepentimos. La banda tiene un directo cuanto menos potente, energía en estado puro, pogos y más pogos, un público entregado y un setlist con solo hits. Mención especial a los pogos dirigidos únicamente a chicas y al fan al que dejaron subir a tocar el bajo en su éxito Wild Flowers nos encanta.
Pero, otro de los platos fuertes del día, quizá el principal para muchos, era Placebo. Sí, puede sonar nostálgico afirmar algo así a estas alturas, aunque vengan con nuevo disco bajo el brazo, pero cuando les ves en directo, inmediatamente te das cuenta de que es un grupo que sigue sonando vigente, contemporáneo.
Abriendo con Forever Chemicals de un más que apetecible último disco, salieron a matar. Su setlist fue una maravillosa mezcla de los temas de Never Let Me Go, que es al fin y al cabo el trabajo que presentaban, combinados con algunos de sus temas infalibles como Special K, The Bitter End y, especialmente, un Too Many Friends que, para muchos, desató una locura colectiva y, para los más románticos, todo un soplo directo al corazón.
Como cierre, ni más ni menos que una de las versiones más maravillosas de un tema de rabiosa actualidad: Running up the Hill, de Kate Bush, que a pesar de haber cumplido más de treinta años de su lanzamiento, gracias a Stranger Things 4 está más presente que nunca. Una forma preciosa de cerrar un directo, sin duda.

Tras los británicos, llegaba el momento del primer gran cabeza de cartel del festival, nada menos que Metallica. Las grandes pantallas del escenario ya anunciaban su inminente llegada, y se respiraba un ambiente de curiosidad y anticipación en todo el recinto. La banda acababa de ofrecer un destacado concierto en Bilbao, y había muchas ganas de verles en Madrid.
De pronto, AC/DC y Ennio Morricone empezaron a sonar, dando la bienvenida al escenario a los cuatro integrantes de la banda. No había tiempo para andarse con rodeos, al fin y al cabo estamos en un festival, y ya en la primera mitad del concierto habían sonado temas como Enter Sandman, Wherever I May Roam o Nothing Else Matters con todo el festival cantando junto al grupo.
Desde el público, parecía que James Hetfield & co estaban disfrutando sobre el escenario, y de hecho, el cantante hizo varias intervenciones para interactuar con el público, ya fuese para darles la bienvenida a la familia Metallica a todos los que les veían por primera vez, o para hacer una encuesta de las opiniones sobre su polémico St. Anger, su disco maldito, del que aun así interpretaron Dirty Window.
Afortunadamente, el peso del setlist lo conformaron sus discos clásicos, principalmente Metallica y Ride the Lighting (no podían faltar Fade To Black o For Whom The Bell Tolls), así como un encore final imbatible en el que, mientras disfrutábamos de una espectacular pirotecnia, sonaron One y Master Of Puppets de forma encadenada para que ya se desatase la euforia grupal. Absolutamente inolvidable.


Tras esta ración de energía y electricidad, había dos opciones, Twenty One Pilots o Chvrches. Los primeros se posicionaron en el Escenario 2, y allí estuvimos, aunque tras la sorpresa agradable que me supuso su actuación, lo admito públicamente: nunca pensé que una banda de este tipo captara mi atención.
Pero diré, que al contrario que otras muchas bandas que podrían encuadrarse en su estilo, cosa que es hasta algo complicada, tienen algo especial, algo diferencial que les hace irresistibles. No puedes parar de mirarles, canción tras canción logran engancharte y que quieras un poco más.
Sin duda, pusieron la gota más mainstream de la noche, pero eso no significa algo negativo, en absoluto, en este caso. Sus actuaciones tienen mucho de show, sí, pero también demuestran una gran fuerza en directo, y eso es muchas veces precisamente lo que necesitamos: ese chute de energía y escuchar temas como Chlorine o Stressed Out en directo.
La noche del miércoles se cerró con mucho, mucho estilo. Chvrches era nuestra última propuesta, y vaya, menudo cierre. El trío de Glasgow está en su mejor momento en vivo y así supo llevarlo a escena.
Lauren Mayberry es un auténtico torbellino que conecta instantáneamente con su público, a quien engancha en una gran celebración donde cada canción supera a la siguiente. Su sonido, entre el pop y la electrónica más amable, nos sabe trasladar a los noventa, pero siempre desde un punto de vista muy cuidado. Y es que tengo claro que si el mismo Robert Smith colaboró con ellos en How Not To Drown, que por supuesto también sonó, es porque estos chicos saben muy bien lo que hacen. Una opción brillante para cerrar la primera jornada del Mad Cool, que como veis, no escatimó en su primer día.

