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En la jornada más calurosa del Mad Cool Festival, iniciamos la tarde con una de las promesas del momento: Guitarricadelafuente. Con tan sólo 24 años, Álvaro, más conocido por su nombre artístico, arrasó en el escenario principal del Mad Cool en la penúltima jornada. Es de admirar que a las 19:30h de la tarde y con 40º el escenario estuviese a reventar para ver su puesta en escena, que desde luego no decepcionó.

Con un setlist bien elegido y mucho talento, Guitarricadelafuente fue de lo mejor del día. Eso sí, lo que no nos gustó tanto fue que le cortaron directamente a mitad de Mi manera dejándonos a todos/as con ganas de más.

Mientras tanto, sin ninguna dilación, comenzaba Leon Bridges. Si algo nos atrapa de este festival es la maravillosa capacidad de incluir nombres que se salen del circuito habitual y ofertarnos propuestas como la que nos trae el texano.

Verlo en vivo es un espectáculo. La calidez de su voz y la banda de músicos de primer orden que lleva nos cautivó al ritmo de Beyond, Coming Home o la archiconocida Texas Sun, muy apropiada para una tarde como la que vivimos.

Al mismo, tiempo en el otro lado del festival, también luchaban contra las altas temperaturas los ingleses Don Broco, que con su mezcla de pop y post-hardcore hicieron moverse al público y lograron formar uno de los pogos más salvajes del festival, con decenas de personas bailando y botando formando un impresionante remolino. Y ojo al momentazo en el que interpretaron su tema Uber, precisamente con la que ya estaba cayendo a la compañía por sus discutibles prácticas a la salida del festival.

Como cada día, había hueco para una banda veterana cerca de convertirse en leyenda, en este caso los estadounidenses Pixies. Con un Black Francis vestido de riguroso negro, un David Lovering a la batería que parecía que acaba de subir de la piscina, un serio Joey Santiago y una sonriente Paz Lenchantin, demostraron estar en plena forma, y eso que reconozco que albergaba ciertas dudas al respecto. Compactos, rotundos, sonaron como una máquina perfectamente engrasada, con la voz de Black sonando como siempre y una Lechantin que demostró ser un reemplazo totalmente a la altura de Kim Deal. Los fans de Doolittle o Surfer Rosa terminaron el concierto bien satisfechos, ya que sonaron hasta 12 canciones entre ambos discos, y claro, no faltaron sus éxitos como Debaser, Here Comes Your Man, Where Is My Mind? o su gran guiño al español con Vamos.

Todo preparado entonces para uno de los platos fuertes del festival. Su presencia era muy deseada, y dado el volumen de asistentes internacionales (se habla de más de un 30%), Kings of Leon lo tenían fácil para triunfar. Con un setlist extenso (20 canciones, muy por encima de la media en este tipo de eventos), los de Nashville dieron un concierto de riesgo bajo: sin grandes giros ni sorpresas, pero sin fallar en ningún caso. Siempre que los veo en directo, me viene la misma imagen a la cabeza y no salgo de mi opinión. Sigue siendo una banda que sus canciones emocionan, pero vistas en directo, no llegan a calar. Es una percepción personal, es cierto, pero creo que les falta algo de complicidad con el público y esa sensación de estar dentro, de vivir intensamente el concierto que estás ofreciendo.

Todo lo contrario, sin duda alguna, a lo que vivimos y presenciamos después. Florence Welch, líder indiscutible de Florence + The Machine, nos abrió las puertas de su casa, en esta ocasión el escenario principal, y nos hizo vivir la experiencia colectiva más mágica de todo el festival.

Tan solo su presencia en el escenario es entre intimidante y cautivadora. Como una musa sacada de un cuadro de la era victoriana, Florence se come el escenario desde el primer segundo. No para quieta (aún me pregunto cómo hace para correr de esa manera y cantar sin perder el aliento en ningún momento) y cuando lo hace, es para dejarnos sin palabras.

Abriendo la noche con las canciones de su nuevo álbum, el precioso Dance Fever, no paramos de corear un tema tras otro junto a ella. Además, logró que el público se sintiese parte del show, bajándose al público y dándose un baño de masas sin miedo a nada, contándonos historias de su vida y lo que implicaba para ella cantar canciones como Never Let Me Go, que confesó que no hacía hace años porque le recordaba a sus peores años de su vida.

Ya no es solo su voz y su presencia en el escenario, Florence es la artista más grata y agradecida con su público. Sabe que son legión y lo agradece a cada instante. Verla correr por el escenario es como sentir que flota sobre las tablas, un concierto de una belleza sublime. Tras escuchar Shake It Out y finalizando con Rabbit Heart, nadie quería que finalizara. Fue vivir en un estado lisérgico durante la hora y algo que duró su concierto. Una auténtica delicia y si cabe, deseando que se anime a hacer gira propia porque verla en un festival siempre sabe a poco.

Como fin de fiesta antes de la jornada final, nos esperaba algo muy diferente: Royal Blood. Costó cambiar el chip y despertar del trance al que nos había llevado Florence, pero con los primeros acordes de Typhoons nos metimos dentro del headbanging más puro. Y como cada vez que les veo, me viene el mismo pensamiento a la cabeza: es alucinante que solamente dos músicos sobre el escenario puedan generar semejante sonido.

Los solos de batería de Matt son para quedarse boquiabierto, pocos artistas saben sacar el provecho que le sacan ellos a este complejo instrumento. Con Figure it out y Out of the Black, se echaba el telón a este sábado donde una vez más, reinó la buena música.

Y, ahora, dale nuevamente a la fecha si quieres conocer la jornada final