InicioConciertosCrónica Rayden en Madrid (Wizink Center, 2021)

Crónica Rayden en Madrid (Wizink Center, 2021)

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Fotografías: Alejandro García-Cantarero (@alexresfeber)

Ocho mil personas llenaron el Wizink Center en uno de los primeros conciertos masivos después de la pandemia, con el público de pie. Seis años soñando con ello, catorce colaboraciones y, lejos de temblar, Rayden montó una fiesta desde que puso un pie en el escenario. Porque era la noche de su vida, como venía anunciando desde hace mucho tiempo, y estaba listo para ello.

42 canciones unidas unas con otras en busca de dinamismo, logrando no caer en las prisas ni atosigar al público y evitando que la noche se hiciera demasiado larga; la tarea no era sencilla. Rayden preparó un setlist equilibrado, pensado al milímetro por y para el público, pero también para la salud de la banda y sobre todo del propio cantante, que demostró una forma física envidiable, una memoria prodigiosa y una profesionalidad y calidad al alcance de pocos para no trastabillarse ni apenas titubear en casi tres horas de concierto sin tregua.

Los descansos se presentaron en forma de temas lentos o acústicos, nada de pausas innecesarias, pero se agradecieron por la intensidad y desgaste que implicaba el concierto. La contundencia y energía no solo la aportaron bases con beats dominantes ya grabados, propios del rap, sino que también tomaron protagonismo y subieron la temperatura solos de guitarra vertiginosos, la batería en directo y los estribillos de estruendo, potentes y vivos, en parte gracias a la voz rota de Mediyama, que aportó un toque heavy y grave cuando era necesario, pero a su vez supliendo las ausencias de Leiva o Juancho Sidecars; más dulces, más sensibles.

El universo musical que ha creado Rayden abarca un amplio rango de estilos. El madrileño ha conseguido que parezca natural que a un tema acústico con Álvaro de Luna (inédito), a guitarra y voz, lo suceda No Hay Otro, un tema de rap “puro” con la colaboración de Momo, o que un momento tan crítico como Don Creíque se continúe con la ternura de Pequeño Torbellino, repleto de amor en colaboración con Mäbu, que estuvo impecable. En esta variedad musical hay que destacar la canción, también inédita, con Tanxungueiras. Las cantareiras, con un ritmo rotundo y sus cantos y coros en gallego aportaron un color distinto y original a la música de Rayden, en un tema tan potente, enérgico e inesperado que dejó al público conmocionado.

Sería injusto olvidarse del vozarrón de Andrés Suárez en Un solo ser derrochando talento en cada nota y de su euforia al acabar; la intimidad conseguida por el dúo con Alice Wonder en el acústico de El mejor de tus errores; la sensualidad al cantar de Ruth Lorenzo o la inconfundible marca personal que aportó Ciudad Jara, que sacó unos coros inolvidables del público en El gobierno de las canciones.

La relación de Rayden con sus seguidores es muy especial. El gesto de mandar chocolate caliente y café a la cola del concierto puede parecer un quede populista, pero nada más lejos de la realidad; es un acto más de gratitud inconmensurable hacia la gente que lo ha apoyado después de veinte años en la música. Esta gratitud también la demuestra el público hacia Rayden, con detalles como en La mujer cactus y el hombre globo, cuando las primeras filas de la pista del Wizink sacaron de su escondite decenas de globos amarillos, pillando por sorpresa al madrileño y su banda. Es un público único y fiel, y Rayden es conocedor de ello.

Un largo fin de fiesta desató la locura que comenzó Ubuntu, cuando una masa de 8000 personas se abrazó por los hombros para saltar al unísino en un estribillo que será difícil de olvidar por los que se encontraban en el escenario y que dejó uno de los momentos clave de la noche. Los flashes de los móviles iluminaron un oscuro Wizink Center en Haz de luz, que dejó sin voz a más de una garganta y cumplió un sueño compartido por la mayor parte del estadio.

Haciéndonos los muertos, Haz de Luz, La mujer cactus y el hombre globo y Matemática de la carne cerraron la noche en el mejor ejemplo de la versatilidad de un artista que no deja de romper techos, desde la humildad y el amor a la profesión.

Emocionante, íntimo, festivo, nostálgico, soñador, gratificante y, sobre todo, triunfante. Así fue el concierto más importante de la vida de Rayden y así lo compartió con su gente.

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Jorge Ocaña
Estudiante de ingeniería, pero sobre todo un loco de la música.
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