Hay artistas que llegan a un escenario y lo conquistan. Otras van más allá y directamente, lo habitan. Cuando Ethel Cain salió al escenario de Noches del Botánico esta noche de junio, no vino a darnos únicamente un concierto. Vino a contarnos algo. Y Madrid, fiel a su reputación de público que sabe escuchar cuando hay algo que merece la pena oír, estuvo a la altura.
El contexto importa. Ethel Cain no es un producto de la industria. Es una artista trans criada en Perry, Florida, dentro de una familia bautista del sur donde su padre era diácono y su madre cantaba en el coro de la iglesia. La música era sagrada en esa casa, pero la expresión personal era pecado. De ese combustible y esa contradicción imposible nació Preacher’s Daughter (2022), uno de los álbumes más perturbadores, hermosos y necesarios de la década. La pasada noche del 9 de junio de 2026, la hija del predicador volvió a su púlpito, uno lleno de plantas, verde y flores por todos lados. Pero en este, las reglas las pone ella.
El concierto arrancó con “Sunday Morning”, canción que estableció el primer contacto íntimo con el público, la voz desplegándose en el jardín nocturno como si necesitara comprobar que el espacio era suyo. “American Teenager” irrumpió cuando aún estábamos buscando la ubicación perfecta y el efecto fue inmediato. Este tema, que podríamos denominar pop en el mejor sentido, es casi un hit de radio alternativa, un oasis luminoso camuflado dentro de uno de los álbumes más oscuros de los últimos años. Y como tal, consiguió su objetivo: sacar a la audiencia de su ensoñación inicial para convertirla en coro. Madrid la cantó entera. Ethel saludó a la ciudad — «it’s been a while» — y ofreció el micrófono. La comunión fue absoluta. De entre el público, por cierto, también vimos a artistas nacionales, como Samantha Hudson, vibrando con la magia y la sensibilidad de la compositora estadounidense.
“Janie” devolvió el intimismo. Ethel cantaba subida a su pedestal de césped y flores desde el que desgrana sus canciones como si fueran confesiones, mientras la banda, deliberadamente discreta, dejaba todo el espacio a su voz. El batería se paseó por el escenario bebiendo un botellín con la calma de quien sabe que aquí el protagonismo está muy claro, antes de volver tranquilamente a su instrumento.
“Nettles” llegó con un canto etéreo que fue creciendo hasta conectar con la audiencia de forma casi imperceptible. El público cantó junto a ella. La comunicación existió, al menos el vínculo emocional que debe establecerse en un concierto así, y eso, con una artista tan hermética en su propuesta, no es poca cosa.
“Dust Bowl” fue el único momento de la noche que no terminó de despegar del todo. Demasiado atmosférica, quizá demasiado hermética para funcionar en un espacio abierto. Incluso su explosión final pareció quedarse a medias, pese al entusiasmo del público, que lo intentó con ganas.
Tras “Willoughby’s Interlude”, llegó el momento más oscuro y magnético de la noche. Ethel se tiró al suelo. Arrancó “Perverts” con “Vacillator”. Las luces y la música se conjuraron para anticipar la oscuridad de la canción, uno de los instantes más inquietantes de su repertorio. Nadie miró el móvil. Estábamos suficientemente hechizados.

“Ptolemaea” y “Gibson Girl” profundizaron en esa segunda mitad de mayor intensidad, con la voz de Ethel subiendo un peldaño más, como si hubiera encontrado el punto exacto desde el que ya no necesitaba bajar. Quizá fue en ese momento cuando más claro lo tuve. Había algo reconfortantemente familiar en su voz… No sabía qué era exactamente, hasta que lo supe. O hasta que ese recuerdo se desbloqueó. Si cerrabas los ojos, por momentos, parecía que Dolores O’Riordan, la magnífica y añorada voz de The Cranberries, se había reencarnado en la garganta de la cantante. Y ojo, esto son palabras mayores.
Llegamos al final, o casi, con “A House in Nebraska”. Un monumento. Un mar de móviles alzados, unos grabando, otros alumbrando, y Madrid cantando cada sílaba. Ethel, quizá sorprendida, les felicitó: «You have an incredible pitch». Y tenía razón. No solo cantamos; lo hicimos bien. Ese público que lleva años siguiéndola, que sabe de memoria cada melodía, que la quiere con una fidelidad que va más allá del fandom convencional, demostró por qué ella sigue eligiendo volver.
Pero la noche aún tenía más. El encore trajo su lado más pop sin pedir perdón: “Crush” primero, con esa energía de canción que podría ser de una superventas y que hizo que el público del Botánico bailara. “Sun Bleached Flies” después, con una última ronda de comunión en la que Ethel animó a cantar a todo aquel al que le apeteciera. Muchos lo hicieron. Vaya si se cantó. El público rellenó sus silencios como si llevaran años ensayando juntos.
La despedida fue sincera. No tengo dudas de que Ethel Cain vivió una noche especial en Madrid, una de esas actuaciones en las que el lugar, el momento y el público se alinean con lo que una artista necesita para ser completamente ella misma. La hija del predicador no necesita ya pedir permiso para cantar. Madrid, esta noche, se lo confirmó.
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