¡NO TE PIERDAS!

ARTÍCULOS RELACIONADOS

Love of Lesbian en Noches del Botánico (Madrid, 2026)

Únete a nuestro Canal de Whatsapp

Mirar las estrellas desde el arcén

Love of Lesbian anunciaron en febrero un descanso sin fecha de vuelta. Desde entonces, las tres noches del Botánico dejaron de ser una parada más de la gira para convertirse en una cuenta atrás.

No hubo, por tanto, el shock de quien descubre a mitad de concierto que algo se está acabando. Lo que hubo, desde el primer momento, fue la rareza de ir a un concierto sabiendo perfectamente a qué se va y, aun así, no tener muy claro cómo comportarse delante de esa certeza: hay que reconocer que cuesta. Lo intentamos aun así, sin demasiado éxito —o con éxito absoluto, depende de cómo se mire—, las cuatro mil personas que llegamos la tarde del miércoles al jardín, cada una con su propia manera de aplazar el momento en que aquello, de verdad, se acabara.

En lo personal, es la tercera vez que veo a Love of Lesbian en esta gira, y empiezo a pensar que han sido tres conciertos totalmente distintos, pero con el mismo nombre escrito encima. La primera fue en febrero de 2025, durante las tres noches consecutivas en La Riviera, con el nuevo repertorio todavía haciéndose hueco, probando qué encajaba y qué sobraba. La segunda, en noviembre, en el Movistar Arena —diecisiete mil personas, más del aforo de estas tres noches juntas—, con todo ya engrasado: pasarela, pantallas, sorpresas de colaboraciones. Y ahora la gira encogiéndose otra vez hasta un sitio que cabe en una sola mirada, camino ya de su último tramo. No deja de tener algo curioso el ver crecer una gira hasta su techo de aforo y luego verla volver, en sus últimas fechas, a algo más íntimo. Sin duda parece una bonita elección: terminar donde la proximidad es a la par aliciente y virtud.

El comunicado de febrero, el mismo que fijó estas fechas como despedida, tenía un mensaje que se le quedó pegado a todo el mundo: «Tras 25 años de furgonetas que se convirtieron en naves espaciales y de escenarios que han sido nuestro hogar más fiel, hemos decidido que es hora de mirar las estrellas desde el arcén», escribió Santi Balmes. «No es un adiós, sino un hasta pronto de largo aliento.» De aquella noche de noviembre en el Arena ya había salido la palabra descanso, aunque entonces sonaba más a rumor que a otra cosa.

Por eso, en el ambiente no había solo euforia. Grupos grandes de amigos, personas que habían ido solas, parejas abrazadas incluso antes de que sonara nada; y todos, cada uno a su manera, ya estaban celebrando algo, sin necesidad de esperar a que sonaran las primeras notas. Estas canciones tienen esa cosa rara: dejan de ser de la banda en cuanto alguien las usa. Las usó quien las cantó borracho de alegría, quien las usó como pretexto para declararse a un amor, quien lloró con ellas como salvavidas. Aquella velada, todos ellos venían por razones variadas.

Casi tres décadas lleva el grupo catalán construyendo algo que ya no cabe en la palabra discografía. Sus canciones no envejecen igual que otras: además de no gastarse, su energía se recarga como dignos himnos cada vez que se despliegan en directo. Y no solo eso, sino que volver a cada una de ellas trae consigo todo lo que arrastró desde la última —o la primera— vez que se escucharon: una conversación con alguien que ya no está, un verano grabado a fuego, la versión de nosotros que las escuchaba sin sospechar todavía cuánto las íbamos a necesitar después.

Por eso y por mucho, aquella cita no era solo un concierto más.

Cuatro mil personas y, sin embargo…

El Real Jardín Botánico Alfonso XIII consigue algo que pocos recintos logran: caben cuatro mil personas y el sitio sigue pareciendo manejable, a perfecta escala humana. Los árboles centenarios enmarcan el escenario sin estorbarlo, y a las nueve menos cuarto, con el sol todavía resistiéndose a caer del todo, el montaje esperaba paciente, sin necesidad de ningún adorno de más. Desde mi posición se veía algo que pocas veces se aprecia desde dentro de un concierto: el recinto llenándose despacio, como si todo el mundo hubiera acordado guardarse las prisas para otro momento.

La relación entre la banda y este entorno viene de atrás. En 2021, durante la gira de V.E.H.N., hicieron cuatro noches seguidas aquí con todo agotado, en uno de los primeros conciertos grandes tras la pandemia. Balmes dijo entonces que el Botánico era de los escenarios más bonitos donde habían tocado. Cinco años después volvían sin nada que recuperar, sino con la nada desdeñable exigencia de estar a la altura de una cita como esta.

El público de esta tercera noche no se parecía al del Arena, cuatro veces más grande y, sencillamente por aforo, más anónimo. Aquí reconocí caras de otros conciertos suyos a los que he ido a lo largo de estos años. Hay una comunidad pequeña que se forma dentro de la multitud y que en un recinto de veinte mil butacas no llega a cuajar igual. La noche de cierre de una tanda tiene su propia temperatura: el público, más que a descubrir nada, viene a grabar recuerdos a fuego.

Pasados apenas unos minutos de las nueve, sin teloneros, se encendieron las luces del escenario y fueron apareciendo Santi, Julián, Oriol, Jordi, Ricky Falkner, Marc y los instrumentistas invitados que reforzaban los arreglos de viento. El cosmos, esa noche, cabía en un jardín.

De lo terrenal a lo estratosférico

Abrieron con “Ejército de salvación” y “Cuando no me ves”, el mismo arranque de noviembre en el Arena, pero aquí, sin pasarela ni pantallas gigantes, pareció sonar con otros matices por ese motivo: menos espectáculo, más íntimo, más cerca de lo que debió de ser esta canción antes de los estadios, mezclando a la banda, al público, al aire de junio entre los árboles. Sorprendía además lo bien que llegaba el sonido incluso tan cerca del escenario, sin que cada instrumento perdiera su espacio ni su claridad. Bastaron esos primeros compases para que el público, todavía expectante, empezara a cantar a pleno pulmón.

Después llegó un recorrido que fue dibujando su propia geografía y acabó convirtiéndose en un digno homenaje a tres décadas sobre las tablas: “Bajo el volcán”, “Sesenta memorias”, “Contradicción”, “Cosmos”, “1999”. Cinco canciones de Ejército de salvación —el décimo disco, el de la amistad como tema central, el de las colaboraciones con Zahara, Rigoberta Bandini, Jorge Drexler, Leiva y Amaral en el estudio— mezcladas sin orden con el resto del catálogo. No fue un repaso de éxitos, sino toda una carrera puesta sobre la mesa, con esquinas que rara vez se visitan en directo y que esta noche tenían su sitio reservado. 

En “Contradicción” sonó la voz de Rigoberta Bandini en vídeo, el único gesto de pantalla grande de toda la noche. Llamaba la atención precisamente por ser una excepción: el resto del concierto se mantuvo deliberadamente desnudo, sin grandes despliegues audiovisuales, sin pasarela, sin ninguna colaboración en persona, todo reducido a lo mínimo necesario para que las canciones llegasen a donde debían, sin distracciones intermedias. Por eso mismo, aquella voz enlatada destacaba tanto, y a mi gusto no para bien —al igual que en el Movistar—: era la única concesión a un recurso que el resto de la noche se evitaría con cuidado.

El resultado fue que costó un poco entrar en calor. No por el repertorio, que tenía sentido propio, sino por algo más difícil de señalar: en ese primer tramo los notaba un poco lejos, como si estuvieran tocando desde detrás de un cristal que con el público no solían poner. No sé si fue el cansancio acumulado de tres noches seguidas o una forma de protegerse de lo que se les venía encima.

De hecho, no fue hasta “1999” cuando esa distancia empezó a cerrarse. Quizá tuvo algo que ver la incorporación de la mítica “Porque te vas”, de Jeanette, colándose entre sus versos finales como un recuerdo inesperado y que, sin embargo, encajaba perfectamente allí. Escuchar de pronto aquello de «y en mi reloj todas las horas vi pasar, porque te vas» en mitad de una gira que ya mira de frente a su propio paréntesis tuvo algo difícil de separar del momento. No sé si fue por eso o por todo lo que cada uno llevaba acumulado desde que entró al jardín, pero fue el punto de inflexión para que el concierto se sintiera más cálido.

“Mi primera combustión” terminó de derribar lo que quedaba de esa barrera. Fue uno de esos momentos en los que resulta imposible separar la canción de todo lo que cada uno ha ido depositando en ella con los años. Mientras avanzaba, pensé en esa idea que llevaba sobrevolando la noche desde el principio: que las canciones dejan de pertenecer a quien las escribe en cuanto alguien decide quedarse a vivir dentro de ellas.

Entre canción y canción, y tal como acostumbra, Balmes fue dirigiéndose al público, con el don de la palabra que atesora y que tanto le caracteriza. «Vamos a disfrutar como si no hubiera un mañana, porque igual no hay un mañana», dijo en un momento dado, y la frase, que en otro contexto sonaría a brindis de cumpleaños, aquí cayó con todo su peso. Habló también de la trayectoria del grupo como de un «álbum de fotos emocional»: su manera de meter más de veinticinco años de carrera en algo que cabe en las manos y se hojea despacio.

Igualmente, antes de “Sesenta memorias” contó una idea prestada de Sting que me gustó especialmente: la del mensaje en una botella, esa imagen de una playa donde van a parar, arrastrados por el mar, todos los mensajes de gente que en algún momento se sintió igual que tú. Era su forma de explicar lo que quería que experimentásemos el público esa noche: no solos con nuestras historias a cuestas, sino sentirnos parte de un mismo oleaje que llevaba años llegando a la misma orilla.

La sorpresa de verdad llegó con “La noche eterna”. Nadie la esperaba porque es una canción que no suele entrar en los setlist, y por eso emocionó mucho más. Se notó en el ambiente en cuanto empezó a sonar: la atmósfera cambió, sin que nadie dejara de moverse ni de cantar.  No sé explicar bien por qué pegó tanto esta vez: quizá porque hablaba de algo eterno justo la noche en que todo lo que estábamos viviendo tenía, por primera vez, fecha de caducidad. 

Algo en Balmes debió de notar que ese cambio de ánimo pedía una salida, porque justo después, con el escenario todavía envuelto en la humareda, anunció que se acababan «las canciones cortavenas» y que tocaba ponerse «hedonista, o al menos epicúreo». Con “La Champions y el Mundial” el recinto entero se puso de pie dispuesto a vaciar el depósito. A partir de ahí, el concierto tomó efectivamente un ambiente festivo y celebratorio.

Antes de “Me amo”, sacó las historietas de la infancia, lo de sentirse «bicho raro», esas canciones que —según contó, más o menos— le ahorraron años de terapia para aprender a convivir con quien le señalaba distinto. El público respondió con una ovación que sonaba a agradecimiento personal: gente que también se sintió bicho raro alguna vez y que también necesitó que una canción le dijera que no pasaba nada.

Y fue justo en mitad de esa euforia cuando la noche se quebró un poco. Balmes se quedó callado más tiempo de lo que suele aguantar un silencio suyo. Miró al público, miró a los lados del escenario —a Oriol, a Julián, al resto— y durante un segundo pareció que no encontraba la frase siguiente; él, que siempre la tiene a mano. No hizo falta que la encontrara. Se llevó la mano al pecho, dejó que el aplauso tapara el hueco y siguió dispuesto a poner un broche de oro a la noche, que ya se cerraba sobre Madrid.

Las encargadas de tal menester fueron “La hermandad” y “Club de fans de John Boy”, que cerraron el bloque principal con la fuerza de los himnos que no necesitan presentación más allá de sus primeros acordes. Entre ambas, también hubo espacio para “Algunas plantas”, un recordatorio de que Love of Lesbian nunca han necesitado elegir entre la emoción y el humor para construir su identidad.

Y nos vimos en el último verso

El bis arrancó con “Allí donde solíamos gritar”, acústica, solo Balmes y la guitarra antes de que entrara el resto. Despojada, así sonó casi como debió de sonar el día que la escribió, antes de convertirse en el himno que miles de personas saben de memoria. Bastó que apareciera aquel «¿A qué no sabes donde he vuelto hoy?» para que el jardín entero respondiera sin dudar. Después, el resto de la banda fue entrando poco a poco, de una manera muy hábil, hermosa y efectista. Luego, “Los irrompibles”, la siempre emocionante “Planeador” y, para cerrar, “Los toros en la Wii (Fantástico)”, con todos los allí presentes coreando hasta la saciedad el estribillo. De este modo, terminó la última canción, con palabras y gestos de agradecimiento de la banda mientras miles de voces seguían cantando. 

Se quedaron un rato más de lo habitual mirando al público, dejando que este les devolviera el cariño que ellos habían repartido durante dos horas y media. Colmados así de agradecimiento y de emoción, se fueron despacio, casi a regañadientes, como quien no quiere ser el primero en irse de una fiesta que sabe que tardará en repetirse. Esta vez no hubo “Oniria e Insomnia”, la canción que en noviembre cerró el Arena y que para mí fue lo más especial de aquella noche. Aquí eligieron otro cierre, menos sentimental y mucho más coral; una elección de setlist que ya dice algo de lo que querían dejar como última imagen en este jardín: no su silencio, sino las voces unidas de sus seguidores.

El Botánico tardó en vaciarse. Mucha gente se quedó de pie mirando el escenario vacío, sin prisa por marcharse, como queriendo comprobar que aquello había pasado de verdad antes de dejarlo atrás. Casi treinta años y diez discos. Una trayectoria que arrancó en inglés en Sant Vicenç dels Horts en 1997 y que encontró su voz —y su público masivo— el día que decidió hablarle directamente, en su idioma, a la gente que tenía a su alrededor.

El pasado noviembre, ya se notaba hacia dónde iba todo esto, aunque nadie se atreviera a afirmarlo. Esta noche, esa sospecha tuvo nombre y fecha: tal como nos contaron ellos mismos, queda todavía una cita pendiente en el calendario —el 27 de julio en el Teatro Real, dentro del ciclo Revolution’65—; esa sí será la despedida oficial de Madrid antes del parón. Esta noche en el Botánico, entonces, como penúltimo capítulo, fue el más parecido a un cierre de etapa sin serlo aún del todo, y quizá por eso escocía de una manera tan extraña, como el momento en que uno empieza a contar, sin querer, cuánto falta para el de verdad.

Al salir, el runrún de la calle seguía conservando parte de cotidianidad. Como en cualquier otro concierto, se escuchaban comentarios sobre el sonido, sobre si tal canción había sonado mejor que otras veces, alguien tarareando todavía el estribillo que se había llevado puesto, pasos más lentos de lo normal camino de la salida, otros aprovechando las comodidades del recinto. En el fondo, intentando alargar el trayecto como si eso fuera también una forma de no soltar la noche.

No sé si esto se acaba aquí de verdad; tampoco hace falta saberlo ahora mismo. Volví a casa con la hermosa sensación de llevar yo también, esta vez, mi propio mensaje metido en la botella —uno más— camino de la misma orilla donde llevan años llegando todos los demás.

Setlist completo (Botánico, 17 de junio de 2026):

  1. Ejército de Salvación
  2. Cuando no me ves
  3. Bajo el volcán
  4. 60 Memorias
  5. Contradicción
  6. Cosmos
  7. 1999
  8. Qué vas a saber
  9. Mi primera combustion
  10. Los males pasajeros
  11. Segundo asalto
  12. La noche eterna
  13. La Champions y el Mundial
  14. Me amo
  15. Incendios de nieve y calor
  16. La hermandad
  17. Algunas plantas
  18. Club de fans de John Boy
    BIS
  19. Allí donde solíamos gritar (acústico)
  20. Los irrompibles
  21. Planeador
  22. Fantástico / Los toros en la Wii

Eva A. Gómez-Calcerrada
Eva A. Gómez-Calcerrada
Vivo rodeada de canciones y de melodías desde que tengo uso de razón. Perpetua enamorada de la música y sus palabras.