¡NO TE PIERDAS!

ARTÍCULOS RELACIONADOS

Crónica de Razorlight en Madrid (Teatro Eslava, 2026)

Únete a nuestro Canal de Whatsapp

Veinte años sin pisar una sala en Madrid. Esa cifra flotaba en el aire del Teatro Eslava el pasado viernes mientras esperábamos a que Razorlight saliera al escenario — veinte años desde aquel Summercase itinerante del 2006, cuando la banda de Johnny Borrell era prácticamente omnipresente en los reproductores de mp3 de medio mundo (sí, aún no se usaba Spotify en aquella época) y nosotros éramos más jóvenes y creíamos que los conciertos de esa magnitud nunca acabarían. Han pasado dos décadas, y la ocasión tenía todas las papeletas para convertirse en algo especial: el vigésimo aniversario del disco homónimo Razorlight y el vigésimo segundo de Up All Night, sin duda el mejor álbum de su carrera y columna vertebral del setlist de la noche.

El Teatro Eslava presentaba un aforo de aproximadamente tres cuartos, suficiente para generar un ambiente cálido pero también para dejar claro que Razorlight no son hoy lo que fueron en su momento. El público, mayoritariamente gente que los vivió en su época dorada, llegó con los deberes hechos y con esa mezcla particular de nostalgia y curiosidad que te da volver a ver a una banda que marcó una etapa de tu vida. No eran fans que les descubrían por primera vez, sino más bien supervivientes que volvían a reencontrarse con algo que habían llevado dentro durante años.

El arranque fue un cañonazo. Nada de calentamientos progresivos ni de ir tanteando el ambiente: desde los primeros compases quedó claro que la banda había decidido ir a degüello. Rip It Up abrió el fuego, e In the Morning llegó en segundo lugar, toda una declaración de intenciones difícilmente superable con la que el Eslava empezó a vibrar. A partir de ahí, Stumble and Fall, Golden Touch, Vice, Rock ‘n’ Roll Lies… una sucesión de éxitos sin tregua que dejaba poco tiempo para respirar entre canción y canción. La banda había optado claramente por un setlist de gran impacto, sin concesiones a los temas más oscuros, recientes o menos conocidos de su catálogo. Una decisión comprensible y acertada en una noche de reencuentro.

Con todo, hubo un momento de tensión sutil en los primeros compases del show. Borrell, buscando esa comunión inmediata con el público, lanzó algunos gestos para invitarles a corear y acompañar con palmas, y el público tardó en responder con la naturalidad que él quizá esperaba. Los gestos de frustración fueron leves, casi imperceptibles (ahí se nota la madurez que dan los años a un músico) y en lugar de dejarse llevar por ella, Borrell lo convirtió en su misión: guió, insistió, fue construyendo esa conexión gesto a gesto, palmada a palmada, hasta que el Eslava cedió. Y cuando lo consiguió, fue total. El cantante, ya con el público en el bolsillo y el cuerpo en calor, se quitó la camisa y se dejó llevar por completo, entregándose a un concierto cada vez más físico e intenso. Y aquí conviene hacer un inciso: Johnny Borrell parece haber suscrito algún tipo de pacto con el diablo. Está igual. En plena forma. Como si las dos últimas décadas no hubieran pasado por él, como si el tiempo le hubiera concedido una prórroga indefinida. Verle sobre el escenario con esa energía hace que la nostalgia se evapore: no estás viendo a una banda que fue grande, sino a una que quiere seguir siéndolo.

Pero si Borrell es la cara visible, Andy Burrows es el esqueleto, y en ocasiones el alma, que sostiene todo lo que ocurre sobre ese escenario. Su batería sigue siendo una máquina de precisión y contundencia: poderosa cuando el tema lo exige, contenida cuando la canción respira, siempre en el sitio exacto. Hay bateristas que acompañan y bateristas que construyen. Burrows es de los segundos, y se nota en cada tema.

El tramo final del set trajo algunos de los momentos más emotivos de la noche. Habíamos cantado el estribillo inigualable de Before I Fall To Pieces. Expresamos nuestras dudas sobre el romanticismo con Who Needs Love? E incluso hicimos una breve excursión al este de Londres con Don’t Go Back To Dalston. Todo ello, para llegar a un himno: Somewhere Else, último tema antes del bis, una de esas canciones que hacen que se te pongan los pelos de punta casi sin avisar y que el público del Eslava recibió con una emoción cargada de significado y admiración. Fue el momento más íntimo de la noche, y quizá el mejor.

Crónica de Razorlight en Madrid (Teatro Eslava, 2026)

Después llegó lo inevitable. El bis arrancó con Good Night, pero todo el mundo sabía lo que venía después. Cuando sonaron los primeros acordes de America, cientos de móviles se alzaron simultáneamente en el aire como si obedecieran a una señal invisible. Ese gesto lo dice todo: America es la canción que catapultó a Razorlight más allá de su nicho, la más radiofónica, la más comercial. Quizá no es la más representativa de todo lo que son capaces de hacer, pero sí la que más gente lleva tatuada en algún rincón de su memoria. Y funcionó como cierre precisamente por eso, porque no hay forma de resistirse a ella cuando suena en directo.

La banda se fue finalmente satisfecha (se notaba, incluso en la expresión de Borrell), y el público también. Y con un alegato final del cantante, dando las gracias a todos los que estuvimos allí el viernes, porque cada entrada comprada, cada sala llena y cada noche entregada a la música en directo es un acto de resistencia hermoso. Nosotros, del mismo modo, damos las gracias a todos esos músicos y bandas que siguen apostando por el directo en un mundo que cada vez pone más trabas para que la música llegue de verdad a la gente. Razorlight volvieron después de veinte años. Que no tarden otros veinte.

Comparte tus opiniones en CrazyMinds, nuestras redes sociales (InstagramTwitterBluesky o Telegram) o nuestro canal oficial de Whatsapp.