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The Brian Jontown Massacre, crónica de una decepción anunciada

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Sus más de 20 discos de estudio son una maravilla. Fascinantes. Hipnóticos. Marcadamente atmosféricos, melódicos y rítmicos. Te hacen volar la cabeza. Son discos que saben conjugar el oscilograma emocional con la correspondiente perspectiva sónica. Sin duda, denotan grandes capacidades compositivas y resultan adictivos. Es la clave de la masacre.

Sin embargo, a veces, esta percepción no conjuga con la realidad en directo, esa que se plasma in situ con el «face to face», sin filtros ni posturas preconcebidas. Me lo habían advertido, desde gente que los había visto antes, hasta artículos de prensa que daban eco a sus varias polémicas. Son carne de cañón para las cabeceras especializadas. Aun así, fui a verlos.

Era 13 de mayo de 2025. Sala Razzmatazz de Barcelona. 21.00 h. Un momento clave para vincular la teoría de la praxis. La mazmorra sónica estaba a medio llenar, un aforo poco habitual. Luego, entendí por qué. A pesar de ello, entre los asistentes se respiraba expectativa. Es la clave de la sorpresa, factor que más se acentúa en una banda como The Brian Jonestown Massacre.

Personalmente, era la primera vez que iba a un directo de ellos. Estaba lleno de curiosidad, aunque mi fondo guardaba cierto airbag en caso de colapso. Pero como dice la vieja frase… sin riesgos no hay experiencias. A pesar de ello, podía enfrentarme bien a una dolorosa nugatoria o salir entusiasmado. El dilema forma parte de la vida. Tras pasar los controles de acceso, estaba ahí, frente a lo desconocido.

El concierto empezó puntual. Los siete arrancaron al son su capo, el excéntrico y brillante Anton Newcombe, un personaje con sombrero de ala ancha que pulula entre la genialidad, el protagonismo y el despecho. En el centro, otro curioso ejemplar, no por su entrega ni brillo musical, sino por ser el factor X en la escena. Su nombre… Joel Gion, un tipo de patillas exageradas y galera marinera que, sin mostrar el menor efluvio emocional, permaneció en medio del escenario sumido en su más austero autismo, eso sí, siempre al son de su inseparable pandereta que, durante todo el concierto, estuvo golpeando su pecho. La masacre estaba servida…

Tras los primeros temas, el sonido arrancó reverberado y confuso. Se percibía que algo no iba bien. El líder de la cofradía, Newcombe, se mostraba descolocado y, entre canción y canción, marcaba pausas incomprensibles y muy extensas. Era algo que no recuerdo haber visto en mis años de conciertos diversos. Al unísono, se gestaban constantes conversaciones entre Newcombe, algunos músicos y el equipo técnico, además de producirse repetidos cambios de guitarras tras finalizar cada tema. Todo ello pronosticaba un mala presagio.

A medida que avanzaba el show, el sonido seguía embarullado, incluso desafinado en ciertos pasajes. La banda no lograba fraguar su «punch» sónico y la gente se mostraba inquieta, dando lugar a puntuales vociferios y pitidos. Newcombe, cubierto de semblante molesto, se dirigía al público con desafío y un inglés poco entendible. Parece que ni el micro hacia su función correctamente. Dicen que antes del directo el tipo se recorrió todos los bares de la zona. Vete saber en qué estado asumiría el micro. El despropósito estaba ya en su pleno cauce.

Los minutos pasaban y el concierto daba la sensación de nunca cuajar. El grupo ofrecía una imagen desconexa, tocaba por inercia. Su actitud fría y sin pasión, desarrollaba un setlist alejado de sus mejores versiones en vivo. El sonido se gestaba cacofónico, con voces planas y con ese sentimiento de haber tirado 40 pavos al traste. En fin… como se dice en estos casos: «Lo más importante en un concierto es disfrutar de esa conexión recíproca entre mùsicos y público. Es la magia del vivo. Generar ese doble impacto es lo que hace recordar por qué público y banda están ahí, frente a frente, desafiando las leyes del espacio y tiempo y, sin duda, generando un feedback de altos vuelos». Eso desapareció esa noche…

Hacía tiempo que no me encontraba ante una situación tan desencajada. En los directos puede pasar de todo, pero la entrega jamás debe brillar en ausencia. Mi amigo y yo aguantamos como espartanos, pero el concierto nunca cogió ese fondo tan necesario en lis directos. Además, del mal sonido, cada canción terminaba bajo el mismo ritual. Era un coitus interruptus constante. Dejaba frustración en lugar del placer. Puro gatillazo.

Al final quedó demostrado que The Brian Jonestown Massacre son una rareza, una leyenda de la música alternativa, además de excelentes en estudio, pero en los directos sulen perder su fuelle. Probablemente hubo gente que disfrutó de ese amor incondicional por la banda, pero otros esperábamos un concierto vibrante y memorable, un viaje por el shoegaze y la neo psicodelia.

Lamentablemente, esa noche muchos aprendimos una lección: mejor escuchar a The Brian Jonstown Massacre en casa, saboreando sus discos y sosteniendo en la mano una buena ‘lager’ española. Cada cual poseerá su lectura pero a muchos la banda californiana nos dejó un final de fiesta muy patente: una vez y nunca más.

Carlos Flaqué Monllonch
Carlos Flaqué Monllonchhttps://crazyminds.es/author/carlos-flaque/
Periodista. Fotógrafo. Diseñador gráfico. Muchos años al pie del cañón. Ahora toca recuperar el pulso y volver a lo esencial. La música siempre ha sido el eje. No como ruido de fondo, sino como lenguaje, refugio y forma de entender el mundo. Está en todo lo que hago. Me interesa escribir sobre bandas que se salen del guion, que cuestionan lo establecido y abren grietas en lo convencional, ya sea desde el sonido, el concepto o la actitud. Propuestas que no buscan encajar, sino expandir. En Crazyminds, mi papel es claro: dar visibilidad a ese universo «underground» donde laten algunas de las ideas más honestas y estimulantes de la música actual. Hay mucho ahí fuera esperando ser descubierto. Así que vamos a ello. Porque sin transgresión no hay cambio. Y sin cambio, la música deja de tener sentido.