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Cast – Yeah Yeah Yeah

La sonrisa rota del «britpop»

En la portada de Yeah Yeah Yeah no hay coches deportivos ni filtros retro. Solo una boca abierta, dientes marcados por los años, una muela dorada brillando como último resto de la gloria noventera. No es una sonrisa perfecta; es la mueca de quien ha cantado demasiados estribillos en pubs y aun así vuelve a subirse al escenario.

Tres décadas después de emerger de la resaca de The La’s y del espejismo britpop, Cast no vienen a reinventarse ni a pedir perdón. Vienen a recordarte que esas canciones siguen ahí, que el rock de guitarras y estribillos coreables aún puede sonar enorme, aunque el mundo ya no mire hacia Liverpool. Ese es el pacto del disco: nada de discursos épicos sobre regresos imposibles, solo un puñado de canciones que dicen yeah a seguir adelante, incluso cuando todo alrededor invita a lo contrario.

Un lanzamiento que desafía el tiempo

Con Yeah Yeah Yeah vuelve una banda que ha decidido presentarse como una familia ampliada, con todos sus hilos perfectamente a la vista. El álbum, publicado el 30 de enero de 2026 bajo el sello independiente británico Scruff of the Neck, llega como una especie de manifiesto tardío: un disco que no pretende reescribir la historia de Cast, sino subrayarla con trazo más grueso, ahora que el tiempo ha hecho su trabajo sobre las voces, las manos y las expectativas.

John Power, el corazón compositor de Cast

Al frente de la cuadrilla sigue John Power, como voz, guitarra y compositor principal, que aquí se reivindica como narrador testarudo de una época que se resiste a convertirse en postal sepia. Sus canciones sostienen el esqueleto del álbum. Himnos que parecen escritos para ser coreados a pulmón y confidencias que piden ser escuchadas a solas en auriculares de camino al trabajo. Power canta como quien ya no necesita demostrar nada, pero tampoco está dispuesto a bajar el volumen; cada estribillo tiene algo de arenga y de confesión, como si siguiera hablando al mismo público de los 90, solo que ahora con más canas y menos prisa.

Guitarras, ritmo y pegamento: Tyson, O’Neill y Lewis

A su lado, Liam «Skin» Tyson vuelve a encargarse de la guitarra principal y los coros, poniendo el nervio melódico y ese tipo de solos que no buscan exhibición, sino frases que se te quedan pegadas al recuerdo. Tyson es el que abre grietas en las canciones para que entre luz: un riff aquí, un detalle de slide allá, un estallido de distorsión justo cuando el estribillo necesita despegar.

Keith O’Neill, desde la batería y la percusión, actúa como motor invisible del conjunto, sosteniendo con precisión de relojero el pulso entre euforia y contención que recorre el disco. Sus golpes marcan no solo el tempo, sino el carácter: cada redoble parece recordar que Cast nacieron en salas pequeñas antes de pisar escenarios gigantes.

El bajo corre a cargo de Jay Lewis, miembro recurrente en giras y grabaciones recientes, que aquí se consolida como pegamento rítmico y emocional. Su manera de tocar no pide protagonismo, pero sin ella las canciones perderían suelo: líneas que empujan hacia adelante cuando la banda se lanza a por el estribillo, que se repliegan con elegancia cuando el foco debe quedar en la voz. Lewis aporta también coros que engordan la sensación de comunidad, de pandilla ampliada que canta junta en los estribillos más luminosos del álbum.

P.P. Arnold: un puente de «soul» entre generaciones

Entre las voces invitadas destaca una presencia que funciona casi como sello de autenticidad histórica: P.P. Arnold. La veterana cantante soul entra en Poison Vine y Way It’s Gotta Be (Oh Yeah) como un fantasma cálido que conecta décadas y tradiciones. Sus intervenciones no suenan a cameo decorativo, sino a diálogo real entre generaciones. La aspereza rock de Cast se abraza a la calidez soul de Arnold y, en ese cruce, las canciones se abren como si hubieran estado esperando esa textura desde siempre. Es un gesto que alinea el disco más con la cultura de club y pub, de compartir micrófono y escenario, que con la lógica del featuring calculado para listas de reproducción.

Youth y Space Mountain: la producción como artesanía

Detrás de ese sonido robusto, que suena clásico sin convertirse en pieza de museo, aparece una figura clave: Youth, alias de Martin Glover. Como productor, y desde su estudio Space Mountain en España, es quien consigue que Yeah Yeah Yeah suene grande sin perder rugosidad, contemporáneo sin traicionar su ADN noventero. Su mano se nota en el equilibrio entre guitarras expansivas y sección rítmica compacta, en la manera en que las voces se sitúan siempre en primer plano, pero se dejan abrazar por coros, vientos y detalles de estudio que ensanchan el campo de juego. Youth no intenta convertir a Cast en otra cosa, sino capturar la mejor versión posible de lo que ya son.

Himnos de «Estadio» con aroma «Pub»

Desde el primer acorde de Poison Vine, con los metales abriéndose paso y la aparición de P.P. Arnold como fantasma soul que bendice el regreso, queda claro que Yeah Yeah Yeah está pensado para espacios grandes, aunque nazca de heridas íntimas. Es una canción que entra como himno de estadio, pero huele a escenario pegajoso, a pinta a medio terminar sobre el amplificador, a coreografía improvisada de brazos alzados en un festival del norte de Inglaterra. Cast se reivindican aquí como lo que siempre han sido: trabajadores del estribillo, artesanos de la melodía que no necesitan grandes giros de guion para agarrarte del cuello. El britpop, en sus manos, no es nostalgia; es un idioma aprendido hace años que siguen hablando con acento scouse, sin suavizar.

«No dejaremos que la verdad se interponga en nuestro camino (…) Hay una frialdad en esa piedra que envía un escalofrío por mis huesos (…) No hay sentimiento en esa piedra, solo una hierba amarga que has cultivado. Nada bueno podría venir jamás, ahora cosecharás solo lo que has sembrado. Fruto de una vid venenosa» – ‘Poison Vine’

Optimismo obstinado en plena madurez

Don’t Look Away y Calling Out Your Name continúan ese arranque luminoso, como si el grupo quisiera abrir todas las ventanas de golpe antes de que entren las dudas. Hay algo casi obstinadamente optimista en la manera en que John Power estira la voz, como si quisiera demostrar que todavía puede sostener esas notas largas que en los 90 parecían ilimitadas. Son canciones de conexión y resistencia, escritas para una generación que ya no se abraza en el patio del instituto sino en la zona lateral de un pabellón, con la espalda cargada y los mismos amigos de siempre. El mensaje es simple —no apartes la mirada, sigue llamando, no te rindas—, pero la simplicidad es aquí una decisión estética, casi una declaración de principios contra la ironía permanente del presente.

«Nunca dejes que te digan cómo vivir tu vida. Nunca dejes que te digan lo que está mal o bien. Hay un sentimiento que tienes, que guardas dentro. Hay un sentimiento que tienes que no puedes ocultar. Nunca dejes que te digan que no es real. Nunca dejes que te digan cómo es sentirse. Hay un sentimiento que tienes que no puedes perder. Hay un sentimiento que tienes que se siente tan real» ‘Calling Out Your Name’

Sermones laicos y romanticismo obrero

En Free Love el disco se permite un momento de sermón laico, una especie de homilía de barrio sobre la necesidad de aferrarse a algo tan básico como el amor sin apellidos. La canción coquetea por momentos con lo naíf, pero es justo ahí donde encuentra su fuerza. Cast no tienen interés en competir con la sofisticación lírica de la nueva hornada indie ni con la hiperconciencia de la era digital. Prefieren enunciar consignas emocionales claras, como si estuvieran pintadas en la persiana de un bar cerrado, frases que cualquiera puede cantar, incluso quien solo ha venido a pasar el rato. Hay un punto de romanticismo obrero en esa apuesta por lo directo, una manera de decir que la complejidad ya la pone la vida; las canciones solo tienen que ofrecer un refugio.

«Todo lo que necesito es el amor que me das. Todo lo que necesito es amor eterno. Todo lo que necesito es la dulce sensibilidad del amor. Todo lo que necesito es amor que os hará libres. Deja que el amor me resucite (…) Metí la mano en el fuego. Intenté domar el deseo de mi tierra. Pero la llama que sostuve, se convirtió en cenizas. Sopló y se dispersó por el camino» –‘Free Love’

Cuando el «Yeah» turba tres veces

A mitad de camino, sin embargo, el yeah se atraganta. Say Something New funciona casi como metáfora involuntaria de los límites del grupo. Pide novedad desde el título, pero lo que ofrece es una relectura algo desordenada de recursos conocidos. Las guitarras parecen pertenecer a una canción distinta a la que canta Power, como si dos épocas del grupo se hubieran encontrado en el mismo local de ensayo y no acabaran de ponerse de acuerdo. No es un desastre, pero sí un tropiezo elocuente: ahí donde Cast intenta forzarse hacia un territorio más contemporáneo, el músculo melódico que los sostiene desde hace décadas ya no basta del todo.

Experimentos rítmicos y tensión generacional

Way It’s Gotta Be (Oh Yeah) ahonda en esa zona de turbulencias con un experimento rítmico que coquetea con el funk y la ansiedad. La base empuja, los coros repiten el mantra del título y, sin embargo, algo en la mezcla suena ligeramente forzado, como si la canción estuviera más preocupada por demostrar que todavía pueden sonar actuales que por encontrar su propia respiración. El oh yeah del estribillo, pensado como gancho, se convierte casi en tic nervioso; un recordatorio de que no todos los caminos de reinvención son necesarios. Es el momento del disco en que más se nota la tensión entre la banda que fueron y la banda que quizá sienten que deberían ser en pleno 2026.

«Varado en algún lugar de mi cabeza, en los callejones de mi mente. Todas las ideas brillantes caen y se desvanecen rápidamente. O tal vez puedas guardarlas en algún lugar para un día lluvioso (…) Todo este tiempo las respuestas han estado frente a mí. No hay nada que puedas darme que realmente necesite. Solo la libertad de ser yo mismo y tener los pensamientos que mantengo» –‘Way It’s Gotta Be (Oh Yeah)

Entre Nashville y Liverpool: el espejo del grupo

Cuando llega Devil And The Deep, el álbum baja una marcha y por fin se permite mirarse al espejo sin focos de festival apuntándole a la cara. La canción suena como si Nashville y Liverpool se encontraran en un muelle a última hora de la tarde: acústicas polvorientas, una guitarra eléctrica quejumbrosa al fondo, un relato de alguien atrapado entre fuerzas opuestas. Es difícil no leerla como una metáfora del propio grupo, suspendido entre la etiqueta de culto noventero y la realidad mucho menos glamourosa de seguir alimentando una carrera en un ecosistema donde las bandas de guitarras hace tiempo que dejaron de marcar la agenda. Aquí, cuando Cast se olvidan de demostrar y simplemente cuentan, es donde más brillan.

Cargar con el mundo sobre los hombros

Weight Of The World recoge esa estela con un tono casi de mantra: la sensación de cargar con un peso que no termina de nombrarse pero que todos entendemos. La estructura repetitiva puede rozar lo genérico, pero juega a favor de la idea de agobio cotidiano, de responsabilidad que uno no sabe muy bien cuándo asumió. Más que gran canción, funciona como pieza de atmósfera que prepara el tramo final del disco, ese en el que las emociones se condensan y las dudas encuentran una posible salida. Cast no pretenden aquí ofrecer soluciones ni grandes revelaciones; se limitan a acompañar esa sensación de cansancio compartido, a ponerle un coro a la carga invisible.

Baladas atemporales para lágrimas contemporáneas

En Teardrops el grupo se adentra en territorio de balada sin empalago, sosteniendo la canción sobre una melodía que podría haber existido en cualquier momento de las últimas tres décadas. Hay algo reconfortante en esa atemporalidad: la promesa de que, más allá de modas y algoritmos, siempre habrá espacio para una canción que simplemente se toma en serio la tarea de acompañar unas lágrimas. No hay giros inesperados ni producción espectacular, solo la confianza en que la combinación clásica de voz, guitarras y un estribillo bien afinado sigue siendo suficiente. Es, quizá, la cara más vulnerable del disco, la menos empeñada en demostrar vigor y la más interesada en empatizar.

Pájaros que emigran y bandas que resisten

Birds Heading South cierra el álbum con un aire de despedida que, paradójicamente, suena a nuevo comienzo. La imagen de los pájaros que emigran hacia el sur funciona como metáfora de huida, sí, pero también de instinto de supervivencia: moverse o morir, seguir viajando, aunque el paisaje ya no sea el mismo. La canción se despliega como un himno lento, con un solo de guitarra que parece despedirse del público mientras, en realidad, está prometiendo volver. No es un cierre espectacular, sino orgullosamente «scouse»: más cerca del abrazo largo entre amigos que del confeti.

Un fanzine sonoro en tiempos de algoritmos

Al final, Yeah Yeah Yeah no es un intento desesperado por subirse a la conversación del momento, sino casi lo contrario: un gesto obstinado de permanecer. Es una postal filtrada de los 90 que ha cruzado el tiempo sin pasar por TikTok, un fanzine sonoro en el que Cast se cita a sí mismos y defiende su lugar en la historia no con discursos, sino con canciones. Puede que no haya nada radicalmente nuevo aquí, pero quizá esa sea precisamente su fuerza: en una época saturada de reinvenciones calculadas, la terquedad de seguir haciendo lo de siempre, con la misma convicción de entonces y las cicatrices de ahora, suena curiosamente radical. Y en ese yeah repetido, casi testarudo, late todavía la vieja promesa del britpop: la idea de que, por un instante, una canción puede hacer que todo parezca posible.

Conclusión: un «Yeah» contra la obsolescencia

Cerrado el libreto y apagado el último acorde de Birds Heading South, lo que queda no es la épica de un regreso diseñado para titulares, sino algo más discreto y honesto: la sensación de haber acompañado a un grupo de músicos que siguen creyendo en la canción como herramienta principal de resistencia. En un paisaje donde muchos discos parecen pensados para sobrevivir en playlists de treinta segundos de atención, Yeah Yeah Yeah apuesta por la vieja fe en el álbum: diez temas escritos por la misma mano, tocados por la misma banda, producidos para sonar como una historia completa.

Cast no se disfrazan de vanguardia ni se refugian en una nostalgia edulcorada; escogen un camino intermedio, más difícil pero también más verdadero. Miran de frente al tiempo —esa boca abierta de la portada, esos dientes lejos de la perfección— y responden con lo que siempre han tenido: guitarras, melodías memorables y un puñado de frases sencillas que, por algún motivo, siguen doliendo y consolando en partes iguales. Su yeah ya no es un grito adolescente, sino una afirmación adulta: sabemos lo que hemos perdido, sabemos lo que no volverá, pero seguimos aquí.

Tal vez esa sea la victoria secreta del disco: demostrar que, incluso en 2026, todavía se puede hacer rock de banda sin coartada irónica ni artificio conceptual, simplemente confiando en la química entre cuatro personas y en la convicción de unas canciones. Yeah Yeah Yeah no pretende cambiar el mundo, pero sí recordarnos que hay formas de seguir habitándolo con dignidad, guitarra en mano. Y mientras ese yeah siga sonando, aunque sea un poco más ronco, el britpop —o lo que queda de su espíritu— seguirá teniendo algo que decir.

Escucha aquí «Yeah Yeah Yeah» de Cast

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Carlos Flaqué Monllonch
Carlos Flaqué Monllonchhttps://crazyminds.es/author/carlos-flaque/
Hablar de uno mismo no es tarea fácil, aunque muchas veces las circunstancias pidan hacerlo, como es el caso. Se pueden contar muchas cosas, pero quizás lo más importante es abrazar la vida con positividad. La música permite esto y mucho más. Me gusta escribir sobre bandas y estilos que aportan puntos de vista diferenciales, que exponen alternativas atípicas frente los sistemas convencionales, bien por sonido, concepto o actitud. Por tanto, mi función en Crazyminds es romper las reglas estandarizadas, y poner en primer plano las bandas que suelen permanecer en el universo underground. De ahí que sea, con orgullo, el «bicho raro» del equipo. El rock siempre ha sido símbolo de cultura y libertad. ¿Qué más puedo contaros de mí? Simplemente deciros que soy adicto a la música de múltiples géneros, no importa lo "raros" que sean, pero, sobre todo, amo mi profesión: periodismo y comunicación gráfica, herramientas que me permiten abrir muchas puertas, conocer gente diversa, intercambiar, aprender, transmitir y generar proximidades. Las nuevas tecnologías permiten múltiples puentes e interacciones. Así que nada de excusas y manos a la obra… Sin transgresión, no hay cambios ni progreso.