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Deep Purple – SPLAT!

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El retorno de Deep Purple y la metamorfosis final

Algunas bandas se convierten en estatuas de sal, condenadas a mirar hacia atrás, atrapadas en el ámbar de sus propios éxitos de los setenta. Pero Deep Purple es un animal sónico que ha mutado constantemente, devorando las décadas sin perder un ápice de su ferocidad original. Tras haber cruzado el umbral del tiempo en múltiples ocasiones, los británicos regresan para recordarnos que el rock no es un museo, sino un campo de batalla donde todavía quedan municiones por disparar. Con su vigésimo cuarto álbum de estudio, SPLAT!, nos entrega un mazazo que suena tan fresco, visceral y eléctrico como si hubieran descubierto la distorsión apenas ayer, en algún garaje húmedo de las afueras de Londres.

No estamos pues ante un disco de nostalgia polvorienta diseñada para calmar a los puristas del vinilo. SPLAT! es el sonido de una institución que ha decidido que el inminente fin de la humanidad es la excusa perfecta para organizar una orgía de ruido, groove y psicodelia sin control. La veteranía, aquí, busca la una metamorfosis salvaje, dispuesta a transformar el agotamiento del mundo moderno en una colisión atómica de sonidos donde la audacia técnica deja en ridículo a cualquier banda que intente emular su legado.

La formación ha logrado sintetizar décadas de experiencia en una estructura que funciona como una pieza de un engranaje que, lejos de oxidarse, se ha engrasado con la rabia necesaria para enfrentar el vacío. Cada segundo del álbum empuja hacia una transformación molecular, un proceso de disolución donde la materia física, el dolor y la memoria se convierten en vibraciones puras. Es una explosión programada que nos arrastra hacia una nueva era donde el rock deja de ser música para convertirse en una fuerza tectónica imparable.

Este disco Es una invitación a dejar de tratar la música de leyendas vivas como piezas de museo y empezar a verla como un organismo capaz de generar caos. Si no estás listo para que la obra te rompa los esquemas, mejor no la escuches

La cocina del estallido

Este artefacto sonoro emergió de las sombras el 3 de julio de 2026, amparado por el sello earMUSIC, una casa que ha comprendido a la perfección la madurez volcánica de los grandes del rock. La gestación de SPLAT! ocurrió bajo la mirada penetrante de Bob Ezrin. El productor ya no ejerce como una figura externa, sino que opera como un sexto miembro, un arquitecto del caos que sabe cuándo apretar el pedal del acelerador y cuándo dejar que la banda respire en el estudio.

La grabación, ejecutada de forma conjunta y orgánica, destila esa urgencia eléctrica de la banda tocando frente a frente. Es una característica que suele evaporarse en los fríos procesos digitales de la industria actual, pero que aquí late con una fuerza atávica. La masterización logra un equilibrio quirúrgico: permite que el empuje del bajo de Roger Glover se sienta en el estómago, mientras la nitidez de los teclados de Don Airey corta el aire como un bisturí.

La persistencia de los colosos

La historia de Deep Purple no se escribe con tinta, sino con óxido, sudor y el sonido de los amplificadores al borde de la combustión. Desde sus cimientos, la banda ha sido una anomalía, un grupo que sobrevivió a cambios de alineación, modas efímeras y las fricciones internas que habrían desintegrado a cualquier otra formación convencional. Lejos de acomodarse en el trono del éxito, han preferido seguir explorando las grietas de su propia leyenda.

La trayectoria de la banda es un mapa de resistencia. Han vivido bajo el peso de sus discos fundamentales, pero siempre se han negado a ser prisioneros del pasado. Cada década ha traído consigo una evolución necesaria, desde el blues-rock de sus inicios hasta los terrenos progresivos que hoy, en pleno 2026, dominan con una autoridad aterradora. Esta alineación no es una banda tributo a sí misma; es la culminación de un proceso de supervivencia donde la veteranía no busca la retirada, sino la perfección en la entrega.

La formación actual es un engranaje de precisión quirúrgica. Contamos con el incombustible Ian Paice, único miembro fundador que sigue al pie del cañón, manteniendo el pulso rítmico que definió al género. Junto a él, la voz de Ian Gillan sigue siendo un instrumento de texturas únicas, capaz de narrar el apocalipsis con la misma facilidad que entonaba himnos de estadio. Roger Glover, el motor silencioso, sigue siendo el ancla necesaria para que la locura controlada de los teclados de Don Airey encuentre un suelo sobre el que aterrizar. Finalmente, la incorporación consolidada de Simon McBride a la guitarra ha inyectado un vigor renovado, aportando una técnica moderna que desafía la nostalgia y empuja al grupo hacia nuevos horizontes sónicos.

Algunos puristas señalan que el estilo de guitarra de Simon McBride, más moderno y clínico, choca con el sonido clásico de Ian Paice

Sin embargo, la reflexión de fondo es la prueba de que el virtuosismo técnico no tiene por qué estar reñido con la suciedad emocional

McBride no intenta imitar el pasado, sino que utiliza su destreza técnica con nuevas texturas logrando que el hard rock se sienta, irónicamente, como algo que nunca antes habíamos escuchado

Deep Purple en España

La leyenda sigue viva, y el rugido de los amplificadores no cesa. Los británicos han trazado un mapa de guerra por toda nuestra geografía para este 2026 bajo el estandarte de su tour MAD IN EUROPE. Si quieres ver a Deep Purple en directo, toma nota de las fechas restantes, porque la maquinaria está engrasada y el volumen promete ser ensordecedor:

  • 19 de octubre de 2026: Barcelona, en el Sant Jordi Club.
  • 20 de octubre de 2026: Madrid, en el Movistar Arena.

La banda aterriza tras haber arrasado en su gira veraniega por festivales y plazas clave —como Pamplona, Ávila, Marbella y Jerez—, demostrando que, aunque el tiempo pase, su pegada sigue intacta. En esta segunda etapa de otoño, estarán acompañados por Jayler como banda invitada, redondeando unos conciertos que, honestamente, son una cita ineludible para cualquier hijo del rock que se precie.

El sonido lírico del colapso

El registro vocal revela un estado de gracia sorprendente. A estas alturas, Gillan ha abandonado el ego de las notas imposibles por la maestría de la interpretación. No busca demostrar quién grita más alto, sino quién transmite más veneno y sabiduría. Sus letras son ácidas, un dardo contra la complacencia.

Gillan utiliza una técnica vocal mucho más texturizada, cargada de matices roncos, susurros y declamaciones casi teatrales. En las piezas más oscuras, su voz se convierte en un instrumento más, entrelazándose con la distorsión de la guitarra. Es la voz de alguien que ha vivido mil batallas y que ahora, con la distancia que da la experiencia, narra el fin del mundo con una sonrisa irónica. Es una interpretación que no busca la perfección técnica, sino la verdad emocional; una voz que ha mutado para sobrevivir al propio apocalipsis que canta.

El arte de la mutación

Por su parte, la dirección artística del galardonado estudio Jekyll & Hyde no solo envuelve el disco, sino que lo eleva a una categoría de obra visual, transformando el formato físico en un objeto de culto obligatorio para cualquier estantería que se precie de ser underground. La portada es una ruptura total con el minimalismo anterior de =1 (2024). Inspirada en el surrealismo y con una deuda estética evidente con las obras de Roger Dean, la imagen nos presenta paisajes distorsionados donde la naturaleza parece estar mutando en tiempo real.

Este diseño no es casual; refleja fielmente el mensaje de Gillan sobre el fin de la humanidad como una transformación molecular. El título del álbum se materializa en esas formas orgánicas que parecen disolverse, sugiriendo que nuestra extinción es solo una colisión necesaria para convertirse en algo distinto. Estamos ante un viaje inmersivo donde el splat —el impacto contra el suelo de la existencia física— es, en realidad, el despegue hacia otro plano físico donde la materia se libera de sus ataduras.

El viaje hacia la nada: La odisea sónica

El periplo arranca con la crudeza visceral de Arrogant Boy, un corte que actúa como un puñetazo directo al mentón, despejando cualquier duda sobre las intenciones del grupo. Acto seguido, la experiencia nos hace despeñarnos por los riffs cargados de electricidad de Diablo, pieza donde la guitarra invitada de Keith Urban inyecta una capa de complejidad técnica tan inesperada como brillante. La intensidad no conoce el descanso, mutando de forma natural hacia el galope hipnótico de The Rider. El clima se enrarece, tornándose sombrío con la inquietante The Lunatic, la cual abre paso a la contundencia rítmica, casi marcial, de The Only Horse in Town.

La épica toma las riendas con la majestuosidad de Sacred Land, para después sucumbir ante la melancolía agresiva de The Beating of Wings. Es aquí donde Ian Gillan nos encara con una reflexión desgarradora sobre nuestra propia fragilidad: «Las alas golpean el vacío de un cielo que ya no reconoce nuestro nombre, el aire se deshace en ceniza de estrellas». Esta narrativa nos arrastra sin tregua hacia la rabia contenida en Guilt Trippin’, que termina desembocando en la locura experimental de Scriblin’ Gib’rish.

La travesía prosigue su curso errático a través de la enigmática Jessica’s Bra y el grito ahogado que supone el llamado de socorro de Third Call, preparando el terreno para la introspección final de My New Movie. El cierre no es una clausura, sino una disolución; el disco se desvanece en las profundidades progresivas de la homónima Splat!, clausurando un círculo donde toda la materia, el dolor y la memoria se transmutan, finalmente, en energía pura.

Mas allá de la púrpura profunda: el legado del abismo

SPLAT! no es solo otro capítulo en una discografía que ya roza la eternidad; es la confirmación de que una banda con historia puede seguir siendo relevante si, y solo si, no teme mirar fijamente hacia el abismo. Mientras otros grupos de su generación se han refugiado en la comodidad de los grandes éxitos que huelen a naftalina, los británicos han decidido romper la baraja. Han logrado, una vez más, una sinfonía donde el ruido se convierte en arte y la veteranía en un arma de destrucción masiva contra el aburrimiento sónico.

No se trata pues de un producto para escuchar de fondo mientras la vida sigue su curso; es un artefacto que exige devoción. Debe escucharse de principio a fin, como una película de culto que no te deja pestañear, porque cada pista es un fotograma de una realidad que se desmorona y se recompone ante nuestros oídos. Nos invitan a aceptar nuestra propia disolución, a entender que, en el gran esquema de las cosas, ser parte de la nada es el acto más rebelde de todos.

Deep Purple ha dejado de ser una simple banda de hard rock para convertirse en un fenómeno meteorológico; algo que se siente, que te golpea y que, inevitablemente, te transforma. No han venido a buscar la validación de las listas de éxitos, sino a recordarnos que el rock sigue teniendo dientes, que la psicodelia no es un adorno y que, incluso cuando el mundo parece ir directo hacia su colisión final, siempre hay una frecuencia capaz de capturar esa belleza aterradora. El camino ha sido largo, pero llegar a este punto de ruptura total, a este estallido creativo, justifica cada segundo de las décadas pasadas bajo el foco. El abismo ha hablado, y suena exactamente como ellos querían.

Escucha aquí «SPLAT!» de Deep Purple

Carlos Flaqué Monllonch
Carlos Flaqué Monllonchhttps://crazyminds.es/author/carlos-flaque/
Periodista. Fotógrafo. Diseñador gráfico. Muchos años al pie del cañón. Ahora toca recuperar el pulso y volver a lo esencial. La música siempre ha sido el eje. No como ruido de fondo, sino como lenguaje, refugio y forma de entender el mundo. Está en todo lo que hago. Me interesa escribir sobre bandas que se salen del guion, que cuestionan lo establecido y abren grietas en lo convencional, ya sea desde el sonido, el concepto o la actitud. Propuestas que no buscan encajar, sino expandir. En Crazyminds, mi papel es claro: dar visibilidad a ese universo «underground» donde laten algunas de las ideas más honestas y estimulantes de la música actual. Hay mucho ahí fuera esperando ser descubierto. Así que vamos a ello. Porque sin transgresión no hay cambio. Y sin cambio, la música deja de tener sentido.