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Glyders – Forever

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El Ritual de la Eternidad: «Forever» y la expansión psicodélica de Glyders

La escena de Chicago siempre ha funcionado como un crisol donde el rock muta. Se estira y se reinventa en márgenes que otras ciudades ni siquiera contemplan. Allí, entre salas sudorosas, viejos garajes convertidos en templos sonoros y una tradición que junta free jazz, psicodelia, lo-fi y experimentación, emerge Glyders. Se trata de un trío que no compone mantras eléctricos que se repiten, crecen, respiran y generan paisajes enteros.

Formado por Joshua Condon (guitarra, voz, teclados), Eliza Weber (bajo, voz, teclados) y Joe Seger (batería), Glyders lleva años perfeccionando un sonido que es menos un estilo y más un estado mental. Su nuevo álbum, Forever, programado para el 21 de noviembre de 2025, llega desde Drag City Inc., un sello que históricamente ha abrazado lo inclasificable y que les ofrece el espacio ideal para llevar sus ideas a una zona de libertad absoluta.

Este disco no pretende actualizar la psicodelia ni modernizarla. Lo que hace es habitarla. Sumergirse en ella como quien camina por un túnel iluminado únicamente por la vibración del fuzz. Glyders profundiza en los códigos del krautrock, la repetición circular, el stoner hipnótico y un dream pop diluido en bruma. La mezcla, firmada por Cooper Crain —figura esencial de la vanguardia de Chicago y miembro de Cave— garantiza una textura granulada, envolvente y orgánica, mientras que la masterización en Golden Mastering termina de redondear un álbum que entiende la psicodelia como geografía emocional más que como género.

La dedicatoria a Tiffany Starkey y Scott “Rock” Seger sugiere una raíz íntima en el proceso: Forever es una búsqueda espiritual antes que un ejercicio estilístico. Una obra que, desde su título, plantea la idea de un ciclo continuo, un eterno retorno donde cada sonido es un fragmento de un viaje más amplio.

El sonido Glyders: repetición, trance y geografía interna

El núcleo del disco descansa sobre una premisa simple y contundente: la repetición no como monotonía, sino como herramienta de trance. Glyders construye desde el ritmo, desde los patrones que se repiten con variaciones microscópicas, desde esa insistencia eléctrica en la que han brillado bandas como Neu!, Spacemen 3, Loop, The Brian Jonestown Massacre, Thee Oh Sees o incluso los Shadows en sus momentos más atmosféricos. En Forever, todo está pensado para que el oyente no avance: flote.

La guitarra de Joshua Condon: una brújula que vibra

Condon no toca como un guitarrista que quiere demostrar algo. Toca como alguien que quiere convocar algo. Su sonido —limpio, vibrado, a veces casi surf, a veces totalmente arañado por el fuzz— remite a las texturas vintage de los sesenta, pero en un contexto más denso y fronterizo. En lugar de solos definidos, utiliza riffs modulares, como piezas de un mecanismo que se activa lentamente. Construye capas que crecen hacia afuera, con ecos que se expanden, distorsiones que se integran al ritmo y delays que generan la ilusión de una carretera infinita. Ese enfoque lo acerca tanto al espíritu repetitivo de Neu! o Wooden Shjips como a la mística expansiva de Earth o The Warlocks, pero Glyders nunca pierde su propia identidad: una psicodelia que no intenta volar hacia el espacio, sino cavar hacia dentro.

Las voces: espectros que guían el viaje

Las voces de Condon y Weber funcionan como otra capa instrumental. Son presencias oníricas, procesadas con reverb cavernosa y delays que diluyen cualquier frontera narrativa. No cuentan historias; las insinúan. En muchos momentos, la voz parece provenir de otra sala, de otra dimensión o de una memoria borrosa. En cortes como Moon Eyes, las armonías delicadas aportan una suavidad dream pop que atenúa la densidad del fuzz y abre una grieta luminosa entre la psicodelia más pesada y una melancolía casi shoegaze. Es una dualidad que juega a favor del disco: lo hace profundo sin volverse implacable.

La portada: geometría, misticismo y eternidad

El diseño creado por Eliza Weber (arte y diseño) y Alexa Viscius (fotografía) no es una simple carátula: es una extensión visual del concepto. Un fondo rosa intenso sirve como portal hacia una estructura central que mezcla negro, rojo, esmeralda, turquesa y amarillo. La composición recuerda tanto a las mándalas psicodélicas de finales de los sesenta como al arte folclórico centroeuropeo o incluso a los patrones textiles andinos. En el centro, un doble uróboros —dos serpientes devorándose la cola— representa el ciclo infinito, la regeneración eterna y el tiempo como espiral. Es una metáfora perfecta para un disco que se construye desde la repetición cíclica y el movimiento perpetuo. El diseño refleja la música exactamente igual que la música proyecta el diseño: ambas funcionan como portales.

Pista a pista: los momentos donde el trance se revela

Super Glyde es una apertura contundente. Una declaración de principios. Un groove reptante, pesadísimo, que avanza sin prisa, pero con un magnetismo inmediato. Desde el primer minuto queda claro que el disco exigirá inmersión y paciencia. No es música para escuchar: es música para entrar. En cambio, Moon Eyes es más accesible. Las voces ganan protagonismo y aportan un brillo melancólico que recuerda a Mazzy Star si hubiesen caído de lleno en la psicodelia kraut. Su videoclip funciona como puerta de entrada ideal al universo Glyders.

Por su parte, Stone Shadow es como una caminata lunar. Aquí la interacción entre bajo y guitarra alcanza su punto más evocador: Weber sostiene el pulso mientras Condon estira el sonido hasta convertirlo en un espejismo. Acto seguido, Hard Ride marca una influencia del kraut junto a una economía de elementos, progresión mínima y trance máximo.En la pieza siguiente, New Real, las líneas de guitarra respiran sobre un patrón rítmico más abierto. La sensación es la de atravesar un umbral. La música avanza hacia un territorio más melódico, menos abrasivo, como si el oyente accediera a un nuevo reino mental.

Alcanzamos RTZ. Aunque su duración es breve, actúa como un reajuste energético, una pausa ritual que redefine la atmósfera antes de que la segunda mitad del álbum despliegue su ambición más expansiva. En esencia es una puerta, un punto de inflexión que prepara al oyente para sumergirse completamente en la espiral psicodélica que domina la recta final del disco. Despues suena, Steppin’ / Tell Me About the Rabbit, la joya de la corona. Ocho minutos en los que Glyders explora todas sus herramientas: repetición, atmósfera, improvisación contenida, capas que entran y salen, un ritmo que nunca se rompe. Es su equivalente a un Halleluhwah en miniatura: largo, hipnótico, misterioso. El punto en que la banda demuestra una madurez compositiva notable.

Llegamos ya al cierre coin Thousand Miles, un tema que no busca un clímax explosivo, sino una especie de despedida ritual. La guitarra de Condon se despliega con un fraseo más espacioso y melancólico, mientras las voces aparecen envueltas en eco, como si estuvieran pronunciando un último mensaje desde la distancia. El tema combina elementos del desert rock más introspectivo con la repetición hipnótica heredada del Krautrock, creando una sensación de viaje que no termina, sino que se disuelve en el horizonte.

Una producción con firma de Chicago

La grabación en Studio «G» por Joshua Condon conserva la crudeza de una banda que entiende que la imperfección es parte del ritual. Cooper Crain, desde Sweat Lodge Studio, aporta su inconfundible sensibilidad kraut, logrando un sonido que respira, vibra y se siente táctil. Chicago tiene una larga tradición de grabaciones que priorizan la honestidad por encima del pulido perfecto. Forever se inscribe sin esfuerzo en esa genealogía.

Conclusión: un disco para perderse y no querer volver

Forever es un viaje circular, un portal, un paisaje mental más que un simple conjunto de canciones. Glyders ha conseguido algo difícil: capturar el espíritu del krautrock clásico, la energía del garage psicodélico y la melancolía del dream pop sin caer en la nostalgia ni el pastiche. Es un disco que se expande con cada escucha. Que exige atención. Que recompensa al oyente paciente con visiones, texturas, caminos y atmósferas. Un álbum hecho para carreteras interminables, habitaciones oscuras, auriculares nocturnos o amaneceres silenciosos. Un ritual eléctrico que convierte la repetición en un acto casi espiritual.

En un panorama donde muchas bandas buscan destacar por velocidad o impacto inmediato, Glyders elige otra vía: la del tiempo dilatado, la del trance, la de la eternidad. Y ese camino —poco transitado, exigente, pero profundamente revelador— convierte a Forever en un disco esencial para cualquiera que ame la psicodelia en su forma más pura y expansiva.

Escucha aquí «Forever» de Glyders

Carlos Flaqué Monllonch
Carlos Flaqué Monllonchhttps://crazyminds.es/author/carlos-flaque/
Periodista. Fotógrafo. Diseñador gráfico. Muchos años al pie del cañón. Ahora toca recuperar el pulso y volver a lo esencial. La música siempre ha sido el eje. No como ruido de fondo, sino como lenguaje, refugio y forma de entender el mundo. Está en todo lo que hago. Me interesa escribir sobre bandas que se salen del guion, que cuestionan lo establecido y abren grietas en lo convencional, ya sea desde el sonido, el concepto o la actitud. Propuestas que no buscan encajar, sino expandir. En Crazyminds, mi papel es claro: dar visibilidad a ese universo «underground» donde laten algunas de las ideas más honestas y estimulantes de la música actual. Hay mucho ahí fuera esperando ser descubierto. Así que vamos a ello. Porque sin transgresión no hay cambio. Y sin cambio, la música deja de tener sentido.
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