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Gretel – Squish

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El rugido visceral de la metamorfosis

La industria musical suele ser un desierto de espejismos donde la autenticidad se vende al mejor postor. Sin embargo, de vez en cuando, surgen grietas en el pavimento por donde brota algo real y absolutamente magnético. No estamos ante un lanzamiento cualquiera; sino frente al nacimiento de una identidad que ha decidido devorar su propio pasado para reconstruirse desde los escombros. La artista antes conocida como Gretel Hänlyn ha soltado lastre, ha recortado su nombre y ha afilado sus colmillos para entregarnos una obra que no se escucha, se padece.

Squish (2026) llega como un martillazo en mitad de una escena saturada de sintetizadores limpios. Es un disco que huele a valvular recalentado y a sudor frío. Aquí no hay espacio para la autocomplacencia. La propuesta es clara: doce canciones comprimidas en apenas dieciséis minutos de pura descarga eléctrica. Es un suspiro violento, una colisión frontal entre la vulnerabilidad más extrema y la rabia más cruda del grunge de los noventa.

Gretel (antes conocida como Gretel Hänlyn) ha decidido entregarnos Squish, un ejercicio de honestidad brutal que se siente como un hematoma que no puedes dejar de tocar. La parte visual, crucial para entender el concepto, corre a cargo de un equipo artístico que ha sabido plasmar esa «presión» interna. La portada, donde el rostro de Gretel es apretado por sus propias manos, es una declaración sobre la identidad que se moldea a la fuerza.

«’Squish’ trata de todas las cosas que te presionan con el tiempo y crean ese deseo incómodo y deforme en tu interior. Siento que siempre llevo ese deseo dentro; está en ese curioso punto intermedio entre lo que el mundo te impone y lo que te exprime. Pero a veces tengo sueños tan desmesurados que, cuando me miro a mí misma, solo estoy haciendo un torpe andar infantil hacia ellos» –Gretel

Diseño de un caos controlado: del «folk» espectral al «grunge» de vanguardia

La metamorfosis de la artista británica ha sido fascinante. Desde sus primeros pasos con Slugeye (2022) Head of the Love Club (2023), la compositora ha ido limando las partes más suaves de su propuesta para abrazar una aspereza necesaria. Su trayectoria está marcada por una independencia feroz y una madurez compositiva inusual para su juventud. Actualmente, Gretel se rodea de una banda de directo que entiende el underground como un espacio de experimentación, alejándose del pop de radiofórmula para habitar los márgenes del alt-rock.

Este artefacto sonoro ha sido moldeado bajo el sello Breadcrumb Records, una casa que empieza a ser sinónimo de riesgo y vanguardia. El lanzamiento oficial ha sido fechado para este 10 de abril de 2026, marcando un antes y un después en la trayectoria de la británica. La producción ha recaído sobre los hombros de Seth Evans, un nombre que ya es leyenda en el circuito post-punk y experimental por sus trabajos con Black Midi, Shame o HMLTD. Su mano se nota en esa capacidad para capturar el error, el acople y la respiración entre versos, elevando la crudeza a la categoría de arte.

La grabación se llevó a cabo en estudios que parecen más búnkeres de resistencia que salas de cristal. Se buscó un sonido analógico, donde la saturación de cinta aportara ese grano que las producciones digitales suelen borrar. El proceso de mezcla y masterización fue una batalla por mantener la dinámica, huyendo de la guerra del volumen para que cada golpe de caja se sintiera como un impacto real en el pecho. La realización visual, desde los visualizadores hasta la fotografía, mantiene esa coherencia estética de lo inacabado y lo urgente.

El sonido: cuerdas oxidadas y pulsaciones eléctricas

Si intentamos diseccionar la instrumentación de Squish, nos encontramos con un muro de sonido que bebe directamente de la herencia de Sonic Youth y Smashing Pumpkins. Las guitarras acompañan y muerden con ferocidad. Hay un uso magistral de la distorsión fuzz que se entrelaza con líneas de bajo que parecen latidos de ansiedad.

La voz de la artista merece un capítulo aparte. Posee un registro que oscila entre el susurro vulnerable y un grito que recuerda a la mejor PJ Harvey. Su capacidad para transmitir desidia y urgencia de forma simultánea es, sin duda, su mayor arma. No busca la nota perfecta, exhala la advertencia que duele.

Análisis de la portada: La estética de la presión

La cover del álbum es una metáfora de la dismorfia, de la presión social y de la búsqueda de una verdad bajo las capas de la piel. El tatuaje de la criatura alada en su brazo aporta ese toque esotérico y creepy que impregna todo el metraje del disco. Para entender el concepto visual y lírico de este debut, hay que mirar más allá de la superficie. El término Squish no es solo un título; es una acción física y emocional que atraviesa cada una de las 12 canciones del álbum. Eso queda impreso en el simbolismo minimalista que transmite la portada del album. Ese gesto de apretar las mejillas —un squish literal— evoca la deformación de la propia imagen ante el espejo.

La dismorfia como lienzo

El gesto de Gretel de apretar su rostro hasta deformarlo funciona como una representación visceral de la dismorfia. No se trata solo de la apariencia, sino de la fragmentación de la identidad. Al aplastar sus mejillas, la artista elimina la simetría y la «perfección» que el ojo humano busca instintivamente, obligando al espectador a confrontar una belleza que nace de la distorsión. Es una respuesta directa a la era de los filtros; aquí no hay retoque digital, hay presión manual y realidad táctil.

El simbolismo del tatuaje: La quimera interior

Por otra parte, el tatuaje que asoma en su brazo —esa pequeña criatura con alas de murciélago— no es un detalle decorativo al azar. Actúa como el tótem esotérico del disco. Representa lo que se oculta bajo la piel: ese ser «extraño» o «monstruoso» que todos llevamos dentro y que solo emerge cuando la presión externa (el squish) es demasiado fuerte. Esta criatura conecta el álbum con una estética folk-horror moderna, sugiriendo que la verdadera esencia de la artista no es la chica de la foto, sino lo que habita en su mitología personal.

La verdad bajo las capas

Líricamente, esta búsqueda de la verdad se manifiesta en la brevedad de los cortes. Al igual que el gesto de la portada, las canciones son concisas, sin adornos innecesarios, yendo directo al grano emocional. Reflejan la urgencia de quien se siente atrapado por las expectativas sociales. La instrumentación de Seth Evans suena a metal chocando, a cuerdas que se estiran hasta casi romperse, emulando la sensación de ser «aplastado» por el entorno. En cortes como The Perfect Body, esa deformación visual de la portada se traduce en palabras, cuestionando si alguna vez podremos vernos sin el sesgo de la presión ajena. Gretel utiliza el concepto de Squish para recordarnos que, a veces, hay que romper la forma para encontrar el fondo.

«Estas doce canciones reflejan los últimos cinco años, en los que a veces me siento como un bebé regordete y otras como una anciana zen que sabe muy bien cuándo debe importarle algo» —Gretel

Narrativas de la «playlist»: crónicas del desencanto

Escuchar Squish es similar a recibir un impacto a gran velocidad. Con apenas 16 minutos de duración repartidos en 12 cortes, el álbum se despliega como un relámpago que ilumina un paisaje desolador. Aquí no existe el relleno; cada segundo es médula expuesta. La apertura con la canción homónima, Squish, establece un tono ruidista y obsesivo que asfixia y libera al mismo tiempo. Es una bienvenida abrasiva donde las guitarras parecen cerrarse sobre el oyente.

Tras este asalto sonoro, la narrativa se desliza hacia Fire Blooming Trees. Esta pieza atmosférica utiliza el reverb para dibujar una naturaleza que no es idílica. Se presenta como una fuerza destructora pero necesaria, un incendio forestal que limpia el terreno para que algo nuevo pueda nacer. La transición hacia el desencanto más puro llega con Maybelline, sin duda uno de los puntos álgidos del disco.

En este corte, la letra de Gretel funciona como un dardo envenenado contra los estándares estéticos impuestos. La artista canta con una desidia elegante: «Mis ojos están pintados con las mentiras que heredé de mi madre». Es una reflexión generacional dolorosa sobre la inseguridad que se transmite como un gen dominante, una herencia de espejos rotos y maquillaje que oculta la identidad en lugar de resaltarla.

Resiliencia y el fin de la transformación

A medida que el álbum avanza, la narrativa de independencia emocional se vuelve más explícita. Canciones como Pick your heart up funcionan como un imperativo de supervivencia. Es un recordatorio de que, tras el impacto inicial del desencanto, solo queda recoger los pedazos. Este sentimiento se refuerza en Oh Well, una composición que acepta la derrota con un encogimiento de hombros lleno de actitud underground.

El tramo final del disco se vuelve más paranoico y visceral. Con Witch hunt, la compositora explora el juicio ajeno y la persecución de la diferencia, un tema recurrente en su lírica que conecta con su anterior etapa artística. La tensión sube de nivel en Nervous driver, una metáfora perfecta de la ansiedad moderna: tener el control de la dirección, pero sentir que los frenos no responden ante la velocidad de la vida.

Finalmente, el círculo se cierra con The perfect body. Es el cierre lógico para un álbum que comenzó con un rostro siendo aplastado en la portada. Aquí, la narrativa alcanza una aceptación cruda de la imperfección física. Es un grito de guerra silencioso contra la dismorfia, donde la belleza se encuentra finalmente en la cicatriz y el error. Es el final de un viaje de 16 minutos que nos deja exhaustos, pero extrañamente renovados.

El eco final de una colisión necesaria

Squish es un disco que se padece y se celebra a partes iguales. En un panorama musical saturado de producciones clónicas y algoritmos predecibles, la propuesta de Gretel actúa como un desengrasante necesario. Sus 16 minutos de duración no son una carencia, sino un acto de rebeldía contra la dictadura del streaming y las canciones de relleno. La artista británica ha comprendido que la brevedad potencia el impacto, dejando al oyente en un estado de abstinencia sonora.

El trabajo de Seth Evans en la producción eleva estas composiciones desde el fango del grunge hasta una sofisticación técnica envidiable. Logra que el ruido sea melódico y que la vulnerabilidad suene peligrosa. Al final del día, este álbum debut es el testimonio de una metamorfosis completada. La compositora ha dejado atrás la crisálida de sus trabajos anteriores para emerger como una voz propia, capaz de canalizar la ansiedad generacional en algo tangible, físico y profundamente honesto.

Squish, por tanto, se siente como esa primera calada de aire frío tras salir de una habitación asfixiante. Es una obra que ignora las tendencias para centrarse en la anatomía del sentimiento. Con este lanzamiento, el underground británico no solo recupera su garra, sino que encuentra a una de sus líderes más carismáticas y auténticas de la década. Es, en definitiva, un debut necesario. Un recordatorio de que la música alternativa sigue viva cuando se atreve a ser fea, ruidosa y, por encima de todo, humana.

Escucha aquí «Squish» de Gretel

Carlos Flaqué Monllonch
Carlos Flaqué Monllonchhttps://crazyminds.es/author/carlos-flaque/
Periodista. Fotógrafo. Diseñador gráfico. Muchos años al pie del cañón. Ahora toca recuperar el pulso y volver a lo esencial. La música siempre ha sido el eje. No como ruido de fondo, sino como lenguaje, refugio y forma de entender el mundo. Está en todo lo que hago. Me interesa escribir sobre bandas que se salen del guion, que cuestionan lo establecido y abren grietas en lo convencional, ya sea desde el sonido, el concepto o la actitud. Propuestas que no buscan encajar, sino expandir. En Crazyminds, mi papel es claro: dar visibilidad a ese universo «underground» donde laten algunas de las ideas más honestas y estimulantes de la música actual. Hay mucho ahí fuera esperando ser descubierto. Así que vamos a ello. Porque sin transgresión no hay cambio. Y sin cambio, la música deja de tener sentido.