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Jack White – Frozen Charlotte

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Autor: Tommy de Clascà

El que fuera fundador del dúo The White Stripes mantiene en Frozen Charlotte (Third Man Records, 2026) su esencia más garajera. El nuevo disco sigue la estela de su antecesor, No name (Third Man Records, 2024), trabajo que marcó la vuelta al rock más crudo y directo tras una colección de álbumes caracterizados por una mayor experimentación sonora.

Tras una extensa gira y con una banda en plena forma, White se encierra en el estudio con Patrick Keeler (batería), Dominic Davis (bajo) y Bobby Emmett (órgano Hammond, Mellotron y coros) para dar forma a lo que hoy es Frozen Charlotte.

En esta nueva colección de canciones, Jack White se encuentra en un terreno cómodo y que domina a la perfección. El exlíder de The White Stripes, profundiza en su línea más visceral y enérgica. La estructura se caracteriza por riffs contundentes, guitarras distorsionadas y una producción centrada en la inmediatez antes que en el perfeccionismo. Las guitarras presentan una distorsión afilada con el ampli echando humo. La batería y el bajo se sienten compenetrados, como si fueran uno, consiguiendo así empujar todos los temas con energía y tensión. El álbum bebe de influencias del garage rock, blues y el hard rock que White siempre ha reivindicado. La influencia de Led Zeppelin se aprecia en la fuerza de las guitarras, la de The Stooges en las partes más urgentes y agresivas, mientras que el espíritu de las viejas leyendas del Blues impregna las melodías, estructuras y la forma de tocar de White.

A nivel lírico, el disco gira en torno a temas como el caos, la soledad y la crítica a ciertos aspectos de la sociedad contemporánea. Aunque no sigan un hilo argumental común, las canciones comparten esa atmósfera oscura y la energía constante que dota de cohesión al disco.

La portada es obra del mismo Jack White y nos muestra una figura de porcelana con una calavera. La escultura es parte de su exhibición artística These thoughts may disappear en Londres y se inspira en unas muñecas del siglo XIX cuyo significado está vinculado a una leyenda en la que una joven insistió en ir a un baile llevando un vestido y ningún abrigo.

El repertorio del disco mantiene un nivel muy sólido, con varios cortes que sobresalen.  “G.O.D And The Broken Ribs” deja claras las intenciones del álbum desde el primer minuto, construida sobre un riff galopante y una batería contundente que, juntos dejan que la voz de White ocupe el primer plano. El cantante hace el papel de profeta, casi recitando más que cantando, llevándonos a un imaginario satírico sobre Adán y Eva y el Jardín del Edén. En “Derecho Demonico” el leitmotiv musical se centra en el mismo patrón musical, dando a la voz y la letra el protagonismo, destaca el solo de guitarra de White, lleno de efectos y slide (técnica consistente en deslizar un tubo de vidrio o metal sobre las cuerdas de la guitarra) melódico y cargado de tensión. Tras la siguiente estrofa nos ofrece un solo de órgano Hammond a lo Deep Purple, sin dejar de tener la personalidad de la casa.

Más adelante, “Dollar Bill”, que fue uno de los adelantos, nos brinda un blues eléctrico para lanzar una crítica a la obsesión por el dinero. Seguidamente, nos encontramos con “I Can’t Believe What I’m Hearing”, que es uno de los cortes que representa a la perfección la esencia del álbum y de White. Un riff cortante y una base rítmica férrea ayudan a que la interpretación vocal, casi escupiendo cada verso, intensifique el sentimiento de frustración que recorre el tema. En el solo de guitarra de “I Can’t Believe What I’m Hearing”, podemos darnos cuenta de la influencia blues del compositor a la vez que lo carga de tensión. Encarando ya el tramo final, llegamos a “She’s In A Frenzy”, que aporta una energía casi punk como último trallazo antes de llegar al último corte. “Neighbors Blues” baja ligeramente las revoluciones sin abandonar la intensidad. El de Detroit se apoya en un blues eléctrico de corte clásico con un Hammond que gana protagonismo y una guitarra contenida con un par de solos caóticos como melódicos. Para encarar el tramo final de la canción Bobby Emmett nos regala un magnífico solo de Hammond lleno de saturación. El resultado transmite la sensación de estar escuchando a una banda tocando en directo, dejando un final orgánico que conecta el disco con las raíces musicales del compositor.

En definitiva, Frozen Charlotte no busca reinventarse ni a él mismo ni al género, sino demostrar que su esencia más garajera sigue tan vigente como inspirada. El disco, a nivel sonoro, funciona como una continuación de su predecesor No Name. Habrá fans acérrimos que quizás necesitarían un disco más variado, con algún medio tiempo más, pero no llueve a gusto de todos. White se muestra especialmente inspirado más cañera y antes de No Name llevaba tiempo sin mostrar su faceta más rockera. No Name supuso su regreso al rock de garaje, que siempre lo definió en sus bandas The White Stripes o The Raconteurs. Con este último disco, no busca reinventarse, busca pasárselo bien con su banda tocando lo que mejor saben hacer. Tras quitar la aguja del vinilo, podemos dar fe de que Jack White sigue siendo uno de los grandes referentes del rock actual.

Escucha aquí Frozen Charlotte, de Jack White