El tercer acto como parte de una historia
Algunas bandas creen que la evolución consiste en avanzar sin dejar de reconocer de dónde vienen. Otras deciden romper con su propio pasado en busca de territorios diferentes. Y luego están aquellas que, con el paso del tiempo, parecen perseguir una versión cada vez más pulida de aquello que alguna vez hicieron con una espontaneidad mucho mayor.
Kasabian llega a su tercer acto con el escenario preparado, las luces encendidas y una maquinaria engrasada. Su título, ACT III, no es casual. Se consagra como el noveno álbum de estudio y el capítulo final de una trilogía iniciada con The Alchemist’s Euphoria (2022) y continuada con Happenings (2024). Se trata pues, de un cierre concebido alrededor de imágenes, escenas y sensaciones cinematográficas, como si cada canción formara parte de una película todavía por rodar.
Un nombre con trasfondo «slasher»
Kasabian es un apellido de origen armenio que proviene de la palabra árabe «kasaab», la cual significa «carnicero». El grupo adoptó este nombre inspirándose en Linda Kasabian, un miembro de la infame Familia Manson liderada por Charles Manson. Linda fue la joven que condujo el coche en la noche de los trágicos asesinatos de 1969 (incluyendo el de la actriz Sharon Tate), pero más tarde se convirtió en la testigo clave de la fiscalía para condenar a Manson. Los integrantes del grupo decidieron quedarse con el nombre al enterarse después de que su traducción literal era «carnicero», algo que consideraron que encajaba perfectamente con la energía dura y directa de su propuesta musical.
Destripando el «Act III»
La banda utiliza la idea del tercer acto teatral o cinematográfico, a fin de simbolizar el momento en el que las diferentes líneas narrativas confluyen y la historia llega a su desenlace, como indica el llamado Paradigma de Field. El disco, además, incorpora ciertos interludios –quiet on set please, mind palace y npc– que funcionan como pequeñas transiciones cinematográficas. El título indica también la culminación de la etapa kasabiana tras la salida de Tom Meighan y la llegada de Serge Pizzorno como cantante y frontman.
Musicalmente ACT III promete culminación, sin embargo no transmite la sensación de estar llegando a algún sitio nuevo. El concepto del título es ambicioso pero el contenido global del disco no refleja la altura de ese concepto.
Sobre el papel todo parece estar en su sitio
Ciertamente en el álbum hay guitarras, electrónica, psicodelia, ritmos bailables, sintetizadores, arreglos destinados al directo y esa voluntad inequívoca de convertir cada canción en un momento colectivo. La propia banda habla de un disco construido para generar energía y conexión con el público, pero el problema aparece cuando dejamos de leer ACT III como el capítulo de una historia y simplemente lo escuchamos como un álbum. Entonces resulta inevitable mirar hacia atrás.
Lejos quedan esas pistas como Club Foot, Processed Beats, Reason Is Treason, Empire o Shoot the Runner, o aquel Kasabian capaz de convertir el sonido en una mezcla contundente de rock, electrónica y psicodelia. Incluso podemos abrazar el mordisco discográfico que supuso aquel Velociraptor! lanzado vorazmente en 2011. Allí la banda pudo permitirse ser excesiva, extraña, psicodélica o directamente desmedida sin perder su identidad jurásica.
El trono se tambalea
Queda claro que ACT III es otra historia y juega en otro terreno. No garantiza la misma capacidad de fascinación que otros trabajos anteriores. Y ahí es donde este tercer acto empieza a resultar más discutible, aunque desde los términos de comercialidad el disco no puede calificarse de fracaso. El álbum ha debutado en el número 1 del Official Albums Chart británico, convirtiéndose además en el octavo álbum consecutivo de Kasabian que alcanza esa posición. A veces merecida y en este caso no.
Este dato es importante porque ayuda a separar dos cuestiones que no deberían confundirse: el rendimiento de un álbum y su capacidad para convencernos artísticamente. Kasabian sigue teniendo público, así es. Sigue llenando grandes escenarios, sin lugar a dudas. Sigue teniendo canciones capaces de provocar una respuesta inmediata, faltaría más. Pero la cuestión es otra: ¿hasta dónde llega realmente la música cuando desaparece la sorpresa?
La energía se pierde en pos a la comercialidad
Los primeros discos de Kasabian tenían una tensión que podía convertir una melodía sencilla en algo amenazante, insolente o imprevisible. En ACT III, esa tensión se ha reducido, por no decir casi desaparecida. El grupo rara vez parece estar a punto de perder el control. Todo permanece demasiado sujeto, y quizás por eso el álbum puede resultar tan frustrante para los adeptos de un Kasabian más arrogante, sucio, psicodélico y eléctrico.
ACT I, II y III
Como dije al principio existe una curiosa coincidencia entre el título del nuevo álbum de Kasabian y uno de los modelos narrativos más conocidos del cine contemporáneo. El guionista y profesor estadounidense Syd Field popularizó el llamado Paradigma de los tres actos, una estructura basada en planteamiento, confrontación y resolución. Eso no significa que el ACT III de Kasabian siga literalmente las reglas de Field, pero la comparación resulta inevitable cuando la banda decide convertir una trilogía discográfica en una especie de relato cinematográfico.
En ese modelo, el tercer acto no consiste simplemente en añadir una nueva serie de acontecimientos. Es el momento en el que las diferentes líneas abiertas anteriormente encuentran una resolución. Todo lo que se ha planteado y desarrollado adquiere finalmente un sentido. Y ahí ACT III plantea una cuestión interesante.
Si el disco The Alchemist’s Euphoria representaba el comienzo de la nueva etapa de Kasabian y Happenings consolidaba el camino iniciado después de la transformación de la banda, este tercer capítulo debería llevar esa evolución hacia algún tipo de conclusión a todo aquello que los dos discos anteriores habían planteado. El problema es que ACT III funciona mejor como continuación que como resolución. El desenlace que promete el concepto no termina de producirse.
Y esto resulta especialmente significativo porque la propia música de ACT III está llena de referencias cinematográficas. Los interludios, las voces en off y la idea de convertir cada canción en una escena parecen querer reforzar esa estructura narrativa. Sin embargo, una película no se convierte en una historia simplemente porque tenga escenas. Necesita que esas escenas conduzcan hacia alguna parte.
ACT III (Parte I)
El álbum comienza con quiet on set please, un interludio de apenas un minuto que funciona como una claqueta antes de que comience la película. Una voz en off, ambiente de expectación y esa sensación de que el escenario está preparado. Nos anuncia que comienza el espectáculo antes de que la música haya tenido oportunidad de convencernos.
Con SOULMATE aparece ya la banda en su formato reconocible. El tema está dedicado a Amy, la mujer de Pizzorno, y combina una guitarra punzante con un ritmo directo y una interpretación que busca equilibrar humor y afecto. Es un comienzo correcto, aunque difícilmente comparable con la capacidad de impacto que Kasabian demostró en sus primeros años.
Hippie Sunshine apuesta por la psicodelia pop y mira abiertamente hacia los años sesenta. Pizzorno ha citado Good Vibrations como una referencia para entender ese espíritu pero la canción termina pareciendo más una reconstrucción estilizada de aquella psicodelia que una verdadera continuación de su espíritu.
SUPERPOWERS es uno de los experimentos más evidentes del álbum. El G-Funk se introduce en la fórmula de Kasabian y el groove pasa a ocupar el primer plano. El cambio estilístico resulta atractivo, pero no transforma realmente la personalidad del grupo. El videoclip, protagonizado por Stephen Graham, refuerza la dimensión cinematográfica del proyecto.
GREAT PRETENDER es probablemente uno de los temas más inmediatos del álbum y uno de los que mejor puede funcionar en un festival. Pero esa facilidad constituye también su principal limitación.
NOTHING BETTER THAN THIS mantiene el componente bailable desde una perspectiva algo más oscura. La electrónica tiene peso y la producción vuelve a demostrar el control de Mark Ralph sobre las texturas y los espacios. Todo funciona, aunque cuesta encontrar algo que obligue a volver a la canción cuando termina.
ACT III (Parte II)
El segundo interludio mind palace, abandona momentáneamente el formato de canción para crear una transición electrónica y atmosférica. Su función es fundamentalmente narrativa: introducirnos en la segunda parte del álbum.Como recurso conceptual tiene sentido.
SILVER APPLE EYES es uno de los momentos donde el álbum recupera verdadero músculo. El riff tiene presencia, las voces se superponen y la mezcla entre rock y electrónica encuentra aquí un equilibrio bastante más convincente. La canción demuestra que Kasabian todavía puede sonar contundente sin depender exclusivamente del estribillo pop.
THE GURU AND THE CRYPTO TIME MACHINE mezcla rock, hip-hop, electrónica y una interpretación vocal cercana al fraseo hablado. Es uno de los cortes más divertidos del disco porque abandona parcialmente la obsesión por resultar inmediatamente accesible.
ACT III (Parte III)
npc vuelve a funcionar como interludio. Esta vez aparecen efectos de sonido de videojuego y elementos electrónicos que preparan el tramo final. La idea encaja con la concepción audiovisual de ACT III, pero vuelve a plantear la misma cuestión: ¿cuánto necesita realmente el disco estos pequeños recursos para sostener su narrativa? Como transición cumple su función; como composición, es poco más que eso.
GLIDE es la pieza más larga del álbum y una de las más interesantes precisamente porque se permite reducir la velocidad. La guitarra acústica, la psicodelia y la atmósfera soñadora generan un espacio diferente al de los singles.
Después de la pausa HYPER//RISING devuelve el golpe con batería pesada, guitarras y una energía claramente diseñada para el escenario. El problema es que el mecanismo vuelve a resultar familiar. Kasabian sabe construir este tipo de canciones con precisión, pero la contundencia no siempre equivale a personalidad.
El cierre corresponde a SAY YOU (CLOSER), una canción que pretende reunir las diferentes piezas del proyecto. Es un cierre coherente y conceptualmente apropiado. El problema es que también resulta demasiado previsible para una canción que debería representar la culminación de una trilogía.
Bajando el telón
El telón baja, pero la sensación no es tanto la de haber llegado a un destino como la de haber completado correctamente un recorrido previamente diseñado. Y quizá ahí se encuentre una de las claves de ACT III: Kasabian sabe perfectamente dónde quiere llegar, pero durante demasiados minutos no consigue hacernos sentir que el viaje haya merecido realmente la pena.
ACT III concluye cerrando una trilogía y dejando a Kasabian instalado definitivamente en la etapa posterior a Tom Meighan. Hay oficio y producción, y, como no, canciones capaces de funcionar en directo, gracias a una voluntad de no quedarse atrapados en el pasado. También hay momentos interesantes, especialmente cuando la banda se permite experimentar o abandonar temporalmente la fórmula más comercialoide. Pero el resultado global deja una sensación de bajada, y como no… difícil de ignorar.
Kasabian parece haber encontrado una manera de ser Kasabian sin necesidad de parecerse demasiado al Kasabian que convirtió a la banda en una referencia del rock británico de los primeros XXI. Y ahí está la paradoja.
ACT III no es un mal disco pero está lejos de aquellos temas Club Foot, Empire o del álbum Velociraptor!. No obstante, compararlo con aquellos trabajos sería demasiado sencillo. El problema es que, ACT III ofrece menos de lo que promete. Y mientras los aplausos imaginarios comienzan a desaparecer, queda una pregunta flotando sobre el escenario: ¿Estamos realmente ante el tercer acto de una nueva historia o simplemente frente una representación cada vez más sofisticada de una historia que ya conocemos?
Para quien busque un álbum moderno, bailable y preparado para los grandes escenarios, ACT III tiene argumentos suficientes. Para quien espere que Kasabian vuelva a provocar aquella electricidad imprevisible de sus primeros años, probablemente el viaje resulte bastante más difícil. Y quizá esa sea la verdadera conclusión de este tercer acto: Kasabian no ha perdido la capacidad de llenar un escenario. Lo que ha perdido, al menos en buena parte de este álbum, es la necesidad de incendiarlo.

