Steve Kilbey (The Church) y Martin Kennedy (All India Radio), son dos artistas que ejemplifican una diferencialidad creativa de alto rango. Además, su último álbum, Premonition K, es una auténtica joya de sonoridad, construida a base de experiencias atmosféricas que viajan a través de brillantes panoramas hacia mundos misteriosos y etéreos. Es decir, se trata de un laberinto sonoro que se desborda a través de pistas de extrema belleza, con letras mágicas que generan una infinita gama de capas sónicas y sensaciones imperceptibles.
Premonition K, es una entrega discográfica lanzada a través de la compañía independiente australiana Foghorn Records. En este sentido, el álbum reúne una docena de temas incorpòreos y místicos que permiten comprender los avatares de otros universos ajenos y presentes en la mente humana. Como afirman los propios autores, «Premonition K es el dolor existencial de amar y perder o el apego a los roles que desempeñamos en el teatro de lo absurdo».
Por su parte, resulta difícil de entender cómo Kilbey & Kennedy poseen este olfato tan sutil para engendrar su creatividad sonora. Analizando su retrospectiva, vemos que ambos autores son portadores de una amplísima discografía de excelente calidad. Kennedy, por su parte, es el cerebro que diseña los sonoros sobre los cuales Kilbey matiza las letras y las melodías abrasadoras. En consecuencia, el resultado es una soberbia y suntuosa estructura sonora que se reafirma plenamente en Premonition K.
Recordemos que sus dos anteriores trabajos, Jupiter 13 y Persephone, estuvieron ambientados en las atmósferas steampunk y la ciencia ficción. Premonition K, en contrapartida, basa su hilo conductor en las experiencias próximas a la vida y la muerte. De hecho, el tema de apertura, Breaking the Fourth Wall, se centra sobre alguien que rompe sus propios límites en busca de su esencia creativa, es decir, encontrar el sentido por el cual vivimos y morimos. Musicalmente, es una experiencia que se cristaliza bajo una fina consonancia de cadencias que reflejan espacios vaporosos. Así, la voz se convierte en un envoltorio narrativo que infunde diversas emociones y sentimientos. Es un tema que recuerda ese estilo pinkfloydiano capaz de elevarse como una gigantesca ola y dejar a su paso inmensas longitudes de frondosidad.
«ESTOY DESPIERTO, PERO ESTOY DORMIDO. ESTOY PERDIDO EN EL ASOMBRO. ENTONCES, ¿QUÉ PUEDO CONSERVAR? (…) CUANTO MÁS MIRAMOS, MENOS VEMOS (…) CUANTO MÁS INVENTAMOS, MÁS TENEMOS QUE MENTIR (…) CUANTO MÁS AMAMOS, MÁS SUFRIMOS (…) VIVIENDO EN EL FUTURO ESTOY VIVIENDO EL AYER (…) A NADIE LE IMPORTA SI MUERO. A NADIE LE IMPORTA SI VIVO.»
NDE es la segunda pista. Retumba acerosa y metálica, como un alambre de púas que trepa por la piel hasta rasgar la carne del oyente. Los bordes vocales y las cuerdas añaden un dramatismo épico que roza la autorreflexión endógena: «Yací en la oscuridad durante mil años considerando mi vida». The Doctor, en cambio, es un track que aprieta el pedal de la suavidad. Retorna a esos estados profundamente endulzados mientras gravitan entre sirgas acústicas y voces reflexivas. La lírica aborda la muerte, el duelo y la pérdida, y en compensación, la rehabilitación y la resiliencia.
Seguidamente, Nowhere evidencia las imponentes extensiones de la psicodelia y del surrealismo, mientras destila entre sus líneas un mensaje de relatividad existencial, dando a entender que no estamos en ninguna parte. Es un himno inmersivo, que flota en el aire. My Better Half es un corte sónico que pendula entre guitarras y filamentos de base, sustentado por los léxicos de Kilbey y Leona Gray, frecuente colaboradora de Kennedy. La balada es recóndita y arcana. Esconde una honda cascada de guitarras y sintetizadores. Todo un temazo dentro del universo de Premonition K.
That’s Gotta Hurt es un tema que se alza furtivo como una herida dolorosa y vibrante. Son 13 minutos de melodía creciente y armónica, donde lidiar con el dolor se convierte en un negro halcón que sobrevuela los meandros de la existencia: «Siento que me trago mi mente, pero siento cosas que tú no puedes ver». Llegamos a Whispered Voices on Tape. La canción posee ciertas reminiscencias al sonido primerizo de The Cure y a esas resonantes voces de Edward Ka-Spel (The Legendary Pink Dots).
The King se alza majestuosa entre sintetizadores etéreos y ritmos erráticos, tejiendo un muro sónico de fibras límpidas, letras nubladas y fondos de órgano estratificado. Las frecuencias coreadas delinean una hondura épica y resonante, que va y viene como una estela que desaparece lentamente en la penumbra de la Nada.
Tras ello, suenan los rasgueos acústicos de The Contender, así como el riff de guitarra eléctrica que anuncia una historia enigmática y periódica. La voz se perfila febril y excitada, conmovedora, desatando su propia luminiscencia. Acto seguido, brota The Ouija Board, un tema cáustico y áspero. Contrasta con el brillo vocal doblado y los sonidos instrumentales de fondo. Todo ello ofrece una arquitectura envolvente que arrastra hacia los confines de lo visiblemente mundano.
Menace in the Past es una pista que consigue desarrollarse como una oda pastoral cuya elegancia y mística se realza por un ligado de sintetizadores, notas arpegiadas y letras misteriosas, que anuncian una amenaza, una advertencia y un final. De fondo, el goteo punteado de una guitarra muy acorde Robert Fripp (King Crimson). El álbum concluye con The Song That Wrote Itself, una canción diferente que proporciona al disco un soplo de élan especial, como un poema solitario que busca hacerse a sí mismo. Se complementa con los registros vocales y un mensaje centrado en las conexiones de mundos paralelos, el propio y el ajeno; todo ello bajo el espectro del profundo anhelo.
«EL ACTO DE CREAR ES UNA MANERA DE SER» (RICK RUBIN)
Como conclusión cabe añadir que la dualidad Kilbey & Kennedy no produce álbumes inconexos, ajenos a los circuitos de las cosas que hierven en el mundo y en las mentes humanas. Son trabajos completos, enlazados, que narran historias concretas sobre los estados existenciales y las pasiones humanas. A su vez, conectan dentro de los espacios que nos circundan e influyen. Todo es un círculo de eterno movimiento, que se abre y se cierra en torno a su existencia.
No cabe duda de que estamos ante un disco que inspira múltiples vías, una exploración sin fin. Premonition K demuestra que la vida no es una transfusión mercantil de pasiones vacías. Somos entidades únicas, que precisan motivarse para tener sentido de sí mismas. La vida es un camino difícil de recorrer, y por ello debemos ser arquitectos e ingenieros a la vez.
La cosmogonía sonora que emana de Premonition K es sorprendente, magníficamente elaborada, atmosférica y estructurada bajo formas oníricas pero melódicamente atrapantes. Se trata de una construcción sonora que encandila las más diversificadas audiencias. Genera espacios y tiempos diseñados para la relajación y la reflexión, páramos sensibles donde las emociones florecen y los sentimientos crecen. Es música, por tanto, que recuerda las maravillas de Pink Floyd y similares: arte e inducción a lo interno y exógeno. Escuchar la discografía de Kilbey & Kennedy es una experiencia nirvánica que abre las puertas hacia dimensiones olvidadas. La música se convierte en producto de sus propias exhalaciones emocionales. No importa dónde te enmarques como artista, el marco es siempre demasiado pequeño…

