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KING HANNAH – I’M NOT SORRY, I WAS JUST BEING ME

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Seguro que todos los ávidos lectores de esta página tenéis la música como una afición muy recurrente en vuestras vidas. De hecho estamos seguros de que es algo más que una afición. No queremos decir “pasión” por sonar a telenovela turca o por parecer un tenista semiretirado anunciando champú anticaspa con un tono de piel color café torrefacto. Probablemente recordéis la primera vez que escuchasteis alguno de vuestros grupos favoritos. Un momento especial, como una epifanía, una revelación.

Esa misma sensación sintió quien escribe estas líneas el día que escuchó por primera vez Crème Brûlée de King Hannah. Recuerdo incluso la tarea repetitiva y alienante concreta de mi empleo repetitivo y alienante que llevaba acabo cuando salió en el aleatorio de recomendaciones de mi servicio premium de streaming favorito que ahora patrocina a un equipo de fútbol. Durante esos 4 minutos y pico fui teletransportado a otro mundo, etéreo, intenso, elegante y a la vez oscuro. La voz de Hannah Merrick era un susurro cálido y profundo, como una especie de Hope Sandoval sin esperanza –juego de palabras totalmente involuntario-, un lugar triste pero reconfortante al mismo tiempo, donde quedarse a vivir, mejor que estar entre ordenadores con Windows XP, barras de progreso y tener que madrugar para poder comer. Ah, la vida de la clase trabajadora.

En ese momento, lo mejor era orientar mi vida a llegar al día de la publicación de su primer álbum, I’m not sorry, I was just being me (2022), y una vez llegado, diseccionarlo como si no hubiera otra cosa que hacer, otras cuentas que rendir, otros contratos que cumplir. Y no, no ha decepcionado.

En su primera toma de contacto seria, más allá de singles y canciones sueltas, el EP Tell me your mind and I’ll tell you mine (2020), el dúo de Liverpool formado por Craig Whittle y Hannah Merrick nos acercaba a un sonido sugerente, luminoso en ocasiones (Bill Tench) y oscuro en otras (Crème Brûlée), con una heterogénea colección de temas a modo de muestra que funcionaba a las mil maravillas como un todo y que hizo que en esta casa nos obsesionáramos con ellos del mismo modo que nos obsesionamos en su día con nuestra vieja PlayStation a los 11 años.

Y por fin llegó el día que apareció el primer disco de la banda. Normalmente este tipo de flechazos con una banda sin álbum pueden ser peligrosos, al crearse unas expectativas que no siempre se cumplen, no por la propia banda, sino por una imagen irreal que construimos de ellos. El caso es que este mismo fenómeno lo hemos observado con King Hannah, pero, esta vez, rompiendo todos los esquemas preconcebidos, convirtiéndose en una de las bandas más importantes del futuro con un álbum absolutamente catedralicio. Una evolución brutal, inesperada y increíblemente espectacular.

Atrás dejaron el sonido dreampop de Mazzy Star con necesidad de antidepresivos, para conseguir un estilo reflexivo, sólido, intenso, maduro y cuidado. Las influencias se extienden a toda la década de los 90, podemos encontrar referencias clarísimas a PJ Harvey, a Portishead, incluso ciertos tintes de Damon Albarn, en los temas interpretados por Whittle. El paralelismo con Roback y Sandoval sigue estando ahí, y es muy evidente, pero la facilidad con la que han integrado influencias de la talla de las anteriormente señaladas, resulta pasmosa. Es una reinterpretación en nuestros días de un sonido que veíamos caduco ya. Un sonido que el trance y el tecno, el rock bailable de principios de los 2000, la electrónica de la primera parte de siglo, enterró o se llevó por delante. Es algo diferente, un sonido distinto a la tónica actual pero a la vez muy reconocible y reconfortante.

Este cambio de sonido en la banda tiene sus máximos exponentes en las crudas A Well-Made Woman, que abre el álbum o la elegantísima All Being Fine, que junto a Foolius Caesar harían a Beth Gibbons y Geoff Barrow estar orgullosos de sus hijos musicales. Entre ambas, Big Big Baby, que no habría desentonado lo más mínimo en cuanto a calidad, factura y estilo en Rid of Me (1991) de PJ Harvey

Pero es en Go-Kart kid (Hell no!) cuando Merrick y Whittle se desmelenan con uno de esos temas intensos, de largo desarrollo, más propio de las últimas etapas de Nick Cave & the Bad Seeds que en la música alternativa británica de los 90, uno de los cortes más interesantes del disco, de sonido reflexivo que va penetrando en el oyente hasta arrastrarlo a una tempestad de riffs, feedback y overdrive, magistralmente manejada por Hannah, en uno de los temas más interesantes de la historia de la banda, que da buena muestra del potencial del dúo.

Pocas veces tenemos la oportunidad de asistir a algo tan emocionante como I’m not sorry, I was just being me, todo un golpe en la mesa, el crecimiento de una banda y la progresión de un sonido exquisito, delicado y al mismo tiempo potente y sobrecogedor. Es como una historia de amor romántico, un flechazo, algo que recordaremos siempre, algo que nos sentimos muy afortunados de haber vivido, haber asistido a esta revelación. Ahora sólo queremos ver a dónde pueden llegar, que seguro será muy alto. De momento, tan alto como los puestos de cabeza de lo mejor de 2022, y del contador de reproducciones de nuestro servicio de streaming favorito.

Escucha aquí el disco de King Hannah

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Guillermo Vázquez
Guillermo Vázquez
A veces escribo de música, a veces escribo de coches. Otras veces hago música. Pero la mayor parte del tiempo me quejo por cosas.
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KING HANNAH - I'M NOT SORRY, I WAS JUST BEING ME Seguro que todos los ávidos lectores de esta página tenéis la música como una afición muy recurrente en vuestras vidas. De hecho estamos seguros de que es algo más que una afición. No queremos decir “pasión” por sonar a telenovela turca o por parecer...