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KORELESS – AGOR

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Esa naturaleza que crece en el brutalismo, ese milagro verde que se descubre dentro de la monotonía, es la imagen con la que Lewis Robert nos presenta Agor, un breve disco que con sus poco más de 32 minutos de duración (donde podríamos debatir si se está acomodando o no esa tendencia de mini-LP en la industria), nos empuja hacia su ralentí sensorial, con el que finalmente su brecha se hace visible en la escena club para nuestros oídos. Esas primeras grietas comenzaron a aparecer hace ya más de ocho años, las raíces de Yugen (2013) se habían ido acumulando con el tiempo tras la pared de hormigón, y que, gracias a ellas, han ido germinando las diez pistas que siembran este minucioso largo.

El galés se obsesionó compulsivamente con terminar esta premisa de electrónica ambiental, de post-dubstep y brillos clásicos, tiempo con el que la frustración y el deseo se dieron espacio y dilataron la salida de este destacado álbum. Apadrinado por el sello Young (anteriormente Young Turks), refugio de Jamie XXFKA TwigsSampha, entre otros, se hace hueco para mostrarnos su visión del dance alternativo, experimentando con las iteraciones rítmicas. El primer brote en aparecer fue Black Rainbow, una pista directa hacia esas esporádicas asperezas, frecuentes en sus temas, como sílabas de emergencia, encumbrando la catarsis y la caída constante por el terraplén de beats, usando como estribillo ese puntillismo de muestras de palabras, siendo ya la señal de Koreless. Designándose así, en algo habitual y frecuente, como esa melancolía de pasar la mano por una verja metálica y residencial, dejándote llevar con tus dedos y golpeando el enrejado de manera constante, uno tras otro, sílaba tras sílaba, donde la impaciencia se aminora y acelera, con ese ímpetu para evadirte físicamente en la nostalgia terrenal.

Pero más allá de esa notable añoranza, también se deja polinizar por la experimentación en el interludio Primes, una oda a esas pulsaciones eléctricas que nos recuerdan tanto a los timbres y trabajos de Ryoji Ikeda, un escueto pasaje que nos encauza hasta llegar a la dupla de White Picket Fence y Act(s). En la cual intenta imitar ese patrón de movimientos, pero ahora con un grácil lirismo, donde Robert trata de endurecer esa voz femenina nebulosamente artificial. Un canto celestial carente de personalidad acompañado por un clavicémbalo, donde el joven galés hace resurgir un latido texturizado, añadiendo capa sobre capa y destelleando en la oscuridad, pero sin terminar de adueñarse de esa mecánica otra vez. Marchitando esta fugaz sensación y funcionando tan sólo en el momento en que comienza a deshacerlo, ablandándolo y convirtiéndolo en una simple respiración hasta el otro gran tallo de Agor.

Siempre respaldándose en ese equilibrio emocional donde tienen cabida la euforia y la inquietud, Joy Squad se nos mostraba como segundo single a rebufo de ese negro arco iris, reconduciéndonos fácilmente a esos patrones vocales planos que nos tiene ya acostumbrados, otorgándoles esa plasticidad en el tiempo, y esculpiendo orgánicamente un himno que podremos tararear fácilmente durante varios despertares. Consolidando, de este modo, su énfasis por las piezas energéticas con sus roturas y estallidos big-beat.

Y es que Frozen combina perfectamente con el descongelamiento de estas palabras estancadas, aplicando esa calidez en el tratamiento vocal que, junto con el clasicismo y la experimentación rítmica a la de un metrónomo por momentos, avanzará cómodamente hasta Shellshock, uno de los gruesos retoños que aún no conocíamos con anterioridad. Aquí se vuelve a desentumecer el álbum con la repetición acelerada de sílabas, siempre tropezando de forma magistral mientras va limando un trance a lo hipnótico, para finalmente disiparse y convertirse en Hance. De percusión más esquelética y hueca, es una escueta pista melódica y antesala que nos abrirá las puertas hasta el reino de Strangers. Allí donde el paciente galés, se atreverá a digitalizar una serie de coros que humedecerán las hierbas de Agor, un heroico epílogo y una emoción más inocente que nos dejará con ganas de más bucles e iteraciones.

Robert Lewis habrá comprendido que la perfección es difícil conseguir. Ese esfuerzo tenaz y obsesivo para alcanzar el disco perfecto no siempre va ligado con la experimentación de diferentes estilos para conjugar esa frase completa. Sino que, a veces, con unas pequeñas sílabas de primer instinto, son capaces de hacer florecer toda una pared de hormigón. Porque quizá Agor no es esa obra maestra que todos esperábamos, pero sí es un primer paso para comenzar a ver florecer ese césped de la campiña galesa, e imaginarnos el futuro de esta promesa electrónica.

Escucha aquí Agor de Koreless

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Alicia Escribano
Paisajista sonora y emocional, que colecciona sonidos de este mundo. Ladrona que atesora diamantes electrónicos y experimentales, para sacar su brillo más iridiscente.
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