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LANA DEL REY – BLUE BANISTERS

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Es complicado escribir una reseña de Lana del Rey. Sobre todo, por ser una influencia tan importante tanto en la vida personal como en la artística de quien escribe estas líneas. Es difícil separar lo sentimental -que no subjetivo- y lo objetivo. Y lo mejor del caso es que estoy convencido de que es una reacción bastante habitual entre los seguidores de la neoyorquina. El magnetismo de Lana del Rey, lo que la hace especial, es ser la voz de una generación absolutamente vilipendiada, una generación degradada por la crisis económica, una generación que ha visto truncados sus sueños, sus esperanzas y sus ilusiones y que ni siquiera ha sido responsable de ello.

Una generación totalmente superada, borrada e incluso objeto de mofa tanto propia como ajena. Hablo de los Millenials, por supuesto. Porque eso es Lana, y de eso va su universo, la persecución del sueño americano y de su lado oscuro, como hablaba en Without You, de su primer disco, Born to Die (2012), próximo a cumplir 10 años, esa absoluta y demencial obra maestra. De la nostalgia, de las relaciones tóxicas, la dependencia emocional, el profundo deseo de aceptación, la añoranza de figuras referentes, ya sean paternales o no; es la voz de una generación rota, y, al mismo tiempo, la demostración de que aún estando roto por dentro, podemos llegar a lugares hermosos, a pesar de haber pasado un auténtico infierno. Esa es la fortaleza, y la importancia de Lana del Rey, sin duda una de las artistas más influyentes de lo que llevamos de siglo. El tiempo dirá en qué constelación se situará.

Así que, diez años después de aquellas historias de anhelo de libertad como Ride, de ambientes sórdidos y extrañamente cómodos como Off to the races, pasando por la añoranza de su anterior, y sin embargo, peor vida, de Ultraviolence (2014), el pozo oscuro en la soleada Costa Oeste retratado en Honeymoon (2015), y alcanzando un cenit compositivo y de dimensiones catedralicias de sus dos obras más completas, Lust for Life (2017) y el increíble Norman Fuckin’ Rockwell (2019), donde además reivindica el costumbrismo americano, y en el que empieza a anticipar pinceladas de lo que es la Lana del futuro, que podemos ver en la etapa actual, con dos álbumes de 2021, Chemtrails over the Country Club y este Blue Banisters.

Blue Banisters nos muestra a una Lana que es más consciente que nunca de su categoría, del estatus y la imagen que representa. La influencia que los múltiples movimientos sociales en los que está envuelta la sociedad norteamericana (feminismo, Black Lives Matter) está más presente que nunca. Ese sentimiento de añoranza, las referencias a su padre, así como a su pasado (algo que también reflejó en Chemtrails over the Country Club, en, por ejemplo, White Dress) mezclado con una sensación de orgullo por todo lo conseguido, nos pintan un paisaje nuevo en su carrera. Se trata de un ambiente reconfortante, cuidado, sutil, con una técnica que sugiere una Lana en el pico de su capacidad interpretativa, y aún así, no tenemos claro que vaya a decaer.

La mayoría de cortes se nos presentan con lejanos arreglos de cuerda acompañando al sempiterno piano, durante la hora y pico que dura el disco, como nos tiene acostumbrados, jugando con melodías que ya hemos visto otras veces en su carrera, como en If you lay down with me, la homónima Blue Banisters, que sin duda es otro de los máximos exponentes de la etapa compositiva actual de Lana del Rey, o Thunder, que ha sido rescatada del fondo de algún disco duro de anteriores sesiones de grabación.

El disco languidece un poco a partir de la soberbia Wildflower Wildfire, dando ciertas señas de agotamiento en un trabajo que, no olvidemos, sale siete meses después del anterior disco, que, sin embargo, se antojaba más monótono y plano que Blue Banisters. Por supuesto, debemos mencionar el grandísimo featuring al que nos tiene habituados en todos sus álbumes, esta vez, nada más y nada menos que de Miles Kane, en Dealer, un corte tan sexy y elegante que hace que nos sintamos empequeñecer ante tanta belleza y nos planteemos si realmente somos dignos de respirar el mismo aire que ellos. Un monumento a lo cool. No somos dignos.

Así es Blue Banisters, un disco que no pretende dar un golpe en la mesa, sino que más bien hacernos sentir reconfortados, deja la sensación de que Lana del Rey es más libre que nunca para contarnos lo que ella quiera contarnos. Confrontar Off to the Races con Blue Banisters nos da una idea del camino recorrido ¿Puede que esto sea madurar? En cualquier caso, hemos madurado con ella todos aquellos que en 2012 no entendíamos cómo podía gustarnos tantísimo algo tan próximo al mainstream.

Pero es que ahí está el secreto, algo tan simple y a la vez tan complicado de conseguir: nadar entre las aguas de lo mainstream y lo indie, entre el jazz clásico y el Hip hop, entre el rock alternativo de los 90 y los clásicos británicos de los 60, entre Billie Holiday y Ke$ha. Entre Leonard Cohen y Hope Sandoval. Y en esta etapa, se deja entrever una Lana que hace lo que quiere, que todo lo que haga estará bien, y que vaya donde vaya, nosotros iremos con ella, y, al mismo tiempo, vayamos donde vayamos nosotros, ella siempre estará a nuestro lado.

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Guillermo Vázquez
A veces escribo de música, a veces escribo de coches. Otras veces hago música. Pero la mayor parte del tiempo me quejo por cosas.
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