«I’m proud and scared of this album. There’s nowhere to hide. I believe that putting the deepest parts of ourselves to music is what sets us free»
Lorde, newsletter
El verano de 2024 se vio a través de una lente verde lima. Charli XCX se coronó como reina indiscutible, pero compartió el trono con algunas artistas gracias a los remixes de brat and it’s completely different but also still brat (2024). Entre ellos, el más aclamado fue Girl, so confusing, y, sin saberlo, el ya mítico «Girl, you walk like a bitch» y los demás versos de Lorde dieron pistas de lo que sería el nuevo trabajo de la neozelandesa.
Tras cuatro años de espera, manteniendo el patrón temporal entre lanzamientos, Lorde regresa con Virgin (2025), su cuarto disco de estudio tras Solar Power (2021), buen LP con tintes de pop psicodélico, acústico y naíf, que, quizás, resultó demasiado vanguardista en ese momento para encajar. No era para menos teniendo en cuenta el sobresaliente Melodrama (2017). Sigue siendo su mejor trabajo, después del debut con Pure Heroine en 2013. De todas maneras, la relevancia de la artista nunca estuvo en duda y este año vuelve por todo lo alto.
El primer adelanto, What was that, podría haber sido perfectamente un sencillo perdido de la era de Melodrama. Recupera el synth pop brillante de Supercut y Green light, con una electrónica cuidada, pegadiza a la par que minimalista, con letras exasperadas que marcan el devenir del disco: el renacer de Lorde.
Eso sí, Virgin no es ninguna secuela. Ella Marija Lani Yelich-O’Connor se muestra más vulnerable que nunca. Dialoga con sus trabajos previos para marcar un punto de inflexión en su trayectoria. Ofrece una radiografía cruda, tan visceral como la imagen de la portada.
La percutora Hammer abre el disco con un estallido eufórico, diluido en los siguientes temas, con el que deja clara la libertad vital que define su etapa actual: «I mighta been born again / I’m ready to feel like I don’t have the answers». No hay himnos radiantes pensados para el mainstream: hay detalles, dardos, emociones sin filtros. Lorde da la cara y pone el cuerpo en primer plano. La pelvis radiografiada, con un DIU, y el título del álbum evocan connotaciones sexuales, explícitas en versos como «My mercury’s raising / Don’t know if it’s love or if it’s ovulation» o «You tasted my underwear». Sin embargo, estas líneas son la excepción. Lo que Lorde busca es hablar de un estado de inocencia, exploración y (re)descubrimiento.
El trasfondo de Virgin es una reflexión sobre su identidad, marcada por experiencias complejas como un TCA, dismorfia corporal, mommy issues y un embarazo no deseado. Por ello, las 11 canciones se sienten como cicatrices: breves, directas e intensas. La ausencia de artificios superficiales se agradece. Este pop testimonial honesto es su gran baza.
Jim-E Stack y Dan Nigro toman los mandos de la producción que, hasta ahora, dominaba Jack Antonoff. El cambio le ha sentado bien. Lorde apuesta de nuevo por la electrónica, con bases programadas y destellos sintéticos entre los que su voz —más grave y oscura que antes—, emerge como protagonista. Brilla sobremanera con los bucles de autocoros, como en Shapeshifter, donde parece que las voces de su cabeza le susurran.
Clearblue es otro punto álgido. Funciona como interludio con vocoder, recordando a las baladas de Bon Iver, como ‘715 – Creeks’ o ‘Woods’. Aquí encapsula lo más crudo de Virgin. Escupe el miedo a un posible embarazo no deseado del que finalmente anuncia satisfecha «I’m free». Recientemente ha declarado que no es capaz de escuchar la grabación por las duras implicaciones emocionales.
Justin Vernon también aparece en los créditos de David, el corte final. Lorde se sume en un «Dark day» que perdió todo el azul de ‘Oceanic feeling’. Reflexiona sobre su carrera con versos como «Was I just young blood to get on tape?» y, entre unos sintetizadores en descenso, se pregunta: «Am I ever gon’ love again?».
La identidad femenina y no binaria (temática que explora en Hammer y Man of the Year), es otro de los hilos conductores del trabajo. Además de en Clearblue, la maternidad aparece de forma recurrente, siendo Favourite Daughter la más significativa. Confiesa haberse sentido «My mama’s trauma», como una actriz buscando sin descanso la aprobación materna. A fin de cuentas y después de tantos años, sigue siendo vulnerable y así lo condensa en GRWM «I guess you finally know who you wanna be / A grown woman in a baby tee».
Charli ya lo había anunciado: se venía un Lorde summer. No se equivocó. La neozelandesa, por mucho que pueda caerse en la etiqueta tan manida de madurez artística, ha entregado algo superior a eso. Ya no es la adolescente de 16 años que maravilló al mundo con Royals y cuenta todo lo que ha pasado desde ese momento. Por eso, Virgin no es un disco amable, ni busca complacer. Es un LP crudo, obsceno en su sinceridad, pero necesario para el renacer de la artista. Una prueba más de que Lorde convierte su música en un refugio universal.

