Estaba aún en el instituto cuando escuché por primera vez Plug In Baby en un reproductor de mp3 a pilas, y aun así algo se movió dentro de mí de una manera que ningún grupo posterior ha logrado repetir. Ese es el conflicto —y también el punto de partida— de escribir sobre The Wow! Signal (2026), el décimo disco de Muse: no hay manera de acercarse a él con distancia clínica cuando los de Devon han sido la banda sonora de media adolescencia. Lo digo para que se entienda desde dónde escribo, y también para explicar por qué en esta reseña prescindiré de cierta indulgencia.
Por supuesto, si nos fijamos en el título como carta de presentación, este no es casual. En agosto de 1977, el radiotelescopio Big Ear de la Universidad Estatal de Ohio captó una señal de radio de banda estrecha tan intensa y tan anómala que el astrónomo Jerry R. Ehman escribió, casi sin pensarlo, un simple «Wow!» al margen del informe. Setenta y dos segundos que nunca se volvieron a repetir, que nadie ha podido explicar del todo, y que desde entonces funcionan como la metáfora perfecta para cualquiera que busque algo extraordinario en medio del ruido. Bellamy, que lleva coqueteando con el espacio y las conspiraciones desde Origin Of Symmetry (2001), no podía dejar pasar la ocasión, y esta vez la excusa cósmica no se queda en decorado: el disco entero está construido como una sola conversación con esa señal, un intento de mandar algo al vacío y esperar, sin ninguna garantía, que alguien responda al otro lado.
Hay que situar el disco en su contexto para entenderlo del todo. Muse llegaba de una racha que a los fans más veteranos nos costó digerir: The 2nd Law (2012) marcó un antes y un después, el momento en que el grupo empezó a ceder terreno a un tono más blando, más electrónico, más pulido de lo que uno esperaría de una banda que se ganó su fama a base de riffs imposibles, líneas de bajo memorables, y teatralidad desmesurada. No fue un giro sin motivo —el disco tenía un concepto sobre la deshumanización militar que le daba sentido a esa frialdad—, pero para quien había crecido con la desmesura orgánica de Origin Of Symmetry (2001) o Absolution (2003), algo se había perdido por el camino: la sensación de que detrás de cada estribillo grandilocuente había un cuerpo humano sudando e interpretando, no un sintetizador programado para emocionar. Simulation Theory (2018) llevó esa deriva aún más lejos, hundida en sintetizadores ochenteros y una estética de videoclub que funcionaba mejor como pose que como fórmula para articular un disco. Will Of The People (2022) no hizo sino confirmar la sospecha: la maquinaria seguía funcionando, los directos seguían siendo arrolladores —lo sé porque he vivido unos cuantos, y siguen siendo de lo más espectacular que existe sobre un escenario—, pero el alma de las canciones se había quedado en algún punto del camino, sustituida por un cinismo político que sonaba más a eslogan que a convicción. A eso se suma ahora la vida personal de Bellamy, que escribió buena parte de estas canciones en plena ruptura con la modelo Elle Evans, hasta el punto de cancelar fechas de gira en Sudáfrica, India y Emiratos Árabes para priorizar su vida familiar.
Lo primero que sorprende es la producción. Dan Lancaster, habitual de directos de la banda y responsable de afilar el sonido de Bring Me The Horizon, se sienta por primera vez en la silla de productor de un álbum de estudio de Muse, junto a Aleks von Korff. El resultado es un disco más compacto, casi austero para los estándares del trío: diez canciones en apenas 45 minutos, sin la sensación de relleno que lastraba sus últimos trabajos. Y ese formato ajustado favorece algo que The Wow! Signal tiene y que sus tres predecesores habían desdibujado por el camino: un arco. No es un disco de canciones sueltas cosidas por un título bonito, sino una historia que avanza, de la soledad a la búsqueda y de ahí a una especie de paz resignada.
The Dark Forest abre el disco como una secuela directa de Knights Of Cydonia, con esas cuerdas que galopan mientras Bellamy declara la intención del álbum: lanzar un pulso hacia el vacío, tender una mano a quien esté solo. Es un gesto de manual, sí, pero funciona porque por fin vuelve a sonar sincero, y como carta de presentación es de las más eficaces que ha escrito la banda en años: en menos de cuatro minutos resume todo lo que promete el resto del disco sin necesidad de gastar sus mejores cartas de golpe, y planta la pregunta que el álbum entero tardará cuarenta minutos en responder. Le sigue Nightshift Superstar, que se permite un giro disco-funk que en cualquier disco anterior hubiese sonado a capricho fuera de lugar y que aquí, sin embargo, se convierte en una de las sorpresas más gratas del lote: el bajo de Wolstenholme se adueña de la canción con un groove que no tenían tan claro desde hace lustros, y aunque el cambio de registro pille a contrapié a quien busque solo riffs de manual, cuesta no rendirse a lo bien que le sienta a Muse soltarse la corbata de vez en cuando —es, de hecho, el único momento del disco en que la búsqueda se disfraza de celebración antes de volver a ponerse seria—. Es la prueba de que Lancaster ha sabido meter mano sin capar el instinto naturalmente excesivo de la banda.
Shimmering Scars va por otro camino, más balada de estadio que otra cosa, con Bellamy exhibiendo un falsete que a estas alturas de carrera sigue sonando asombrosamente intacto; no es de lo más arriesgado del lote, pero cumple su función de bálsamo entre bloque y bloque, la primera grieta de vulnerabilidad tras el músculo inicial.
El tramo central es donde el disco se juega su credibilidad, y donde el arco empieza a tensarse de verdad. Cryogen es, sencillamente, de lo mejor que ha grabado Muse en la última década: ese riff que parece tejer hilos con Plug In Baby antes de desviarse hacia un estribillo de escala Absolution (2003) no es un guiño perezoso a la nostalgia, sino una canción que sabe exactamente cuándo contener la adrenalina y cuándo soltarla del todo, con un quiebre final más metálico que deja el pulso a mil; en la lógica del disco, es el momento en que la búsqueda se vuelve desesperada, casi física. Es de esas canciones que uno pone en bucle sin darse cuenta.
Hexagons, inspirada en la tormenta hexagonal de Saturno, es también de lo mejor del lote: un riff de guitarra que se construye poco a poco, se retira justo antes de asfixiar y vuelve con armonías vocales que sí, otra vez, quieren remitir a Citizen Erased o Butterflies And Hurricanes, mientras Bellamy admite sentirse acechado por futuros que no puede evitar; el disco en este punto toma un matiz más introspectivo.
No hay vergüenza en admitir que Muse se está citando a sí misma. La pregunta es si eso basta para hacer un disco memorable por derecho propio, y ahí las opiniones se dividen.
The Sickness In You & I apuesta por una energía más contenida y estructural, casi de rock progresivo clásico, dejando que Wolstenholme y Howard construyan el armazón mientras Bellamy se permite cantar sin gritar, algo que llevaba años sin pasarle; es de las canciones que mejor envejecerán del lote, precisamente porque no busca deslumbrar a la primera escucha, y marca el punto en que el disco deja de suplicar contacto y empieza a aceptar la posibilidad de no encontrarlo.
Y luego está Unravelling, el primer single que lanzaron hace justo un año, que en el contexto del disco entero brilla mucho más de lo que dejaba entrever cuando salió suelta: la tensión entre estrofa contenida y estribillo que estalla está resuelta con un oficio que a la banda le costaba encontrar en sus últimos trabajos, y funciona como puente perfecto entre lo antiguo y lo nuevo, la prueba de que sabían exactamente hacia dónde querían tirar antes de que el disco entero tomara forma.
Porque no todo funciona igual; Hush, el dúo con Ellie Goulding, es la apuesta más arriesgada del álbum y también la más discutible: las voces encajan mejor de lo esperado, pero el resultado suena más a ejercicio de estilo que a canción con vida propia, aunque encaje en el relato como el instante de conexión real, humana, antes del desenlace.
Por su parte, Be With You recicla la vena dubstep-orquestal de The 2nd Law (2012) con una sinceridad romántica que a ratos conmueve y a ratos empalaga. Y Space Debris, el cierre, es de lo más contenido que ha grabado la banda en años: una balada espacial y despojada donde Bellamy compara el amor con basura espacial flotando a la deriva. Irónico, teniendo en cuenta que es el momento en que Muse suena más terrenal de todo el disco, y el punto exacto donde se cierra el círculo que abrió The Dark Forest: el pulso se lanzó, algo respondió, y ahora solo queda dejarlo ir. De la señal a la despedida en diez canciones justas; pocas veces un disco de Muse ha sabido dónde empezar y, sobre todo, dónde terminar.
Y hablando de directos: la gira que acompaña al disco tiene algo de rompecabezas incompleto. «The Wow! Signal Europa Tour» arrancará en noviembre por Manchester y Londres, pasará por Berlín, Milán, Düsseldorf, París, Ámsterdam, Montpellier y Zúrich, y en ese recorrido tan cuidado por el continente hay una ausencia que a los fans españoles nos ha sabido a poco: ni una sola fecha confirmada en España…al menos por ahora. Toca cruzar la frontera si uno quiere verlos este año, algo que hace todavía más extraño el hueco cuando se recuerda lo bien que les sentó Madrid la última vez que pisaron un festival aquí. Con el disco recién publicado y la gira aún dibujándose entre Norteamérica y Europa, cuesta no guardar la esperanza de que la lista de fechas se amplíe antes de que acabe el año. Sería, cuando menos, coherente con un álbum que habla tanto de señales que tardan en llegar.
¿Me ha hecho sentir este disco lo mismo que sentí la primera vez que escuché Absolution (2003) o Black Holes and Revelations (2006)? No, y sería absurdo pedirle eso a una banda con más de veinticinco años de carrera. Para evaluarlo con justicia, hay que poner las cosas en perspectiva: no está a la altura de Origin Of Symmetry (2001) ni de Absolution (2003), que siguen ocupando la cúspide, ni tiene la ambición de estadio perfectamente calibrada de Black Holes and Revelations (2006), el disco con el que más diálogo mantiene. Pero deja muy atrás a los tres que le preceden: supera con comodidad el frío conceptual de Drones (2015) , el disfraz sintético de Simulation Theory (2018) y el cinismo de manual (si puede llamarse así) de Will Of The People (2022).
Si hubiera que colocarlo en la línea temporal, The Wow! Signal ocuparía ese cuarto o quinto puesto que separa lo imprescindible de lo simplemente muy bueno, y para una banda con esta trayectoria, quedarse ahí después de una década de tropiezos ya es, en sí mismo, una hazaña. Lo que sí logra, y ninguno de esos tres discos anteriores consiguió, es sonar como Muse sin sonar a caricatura de Muse. Hay bombardeo, hay teatralidad, hay ese gusto por lo desmesurado que algunos seguirán encontrando insufrible.
Pero también hay, por primera vez en mucho tiempo, la sensación de que detrás del artificio sinfónico-metálico hay alguien intentando decir algo verdadero.Puede que no volvamos a captar una señal tan nítida como la que grabó aquel radiotelescopio en 1977: setenta y dos segundos, y después silencio, para siempre, por mucho que se haya intentado su réplica. Hay algo de eso en la relación de cualquier fan veterano con una banda que casi 30 años en activo: uno pasa media vida esperando que vuelva a repetirse aquella insólita sensación de que cada disco era una obra de arte, sabiendo de antemano que probablemente no ocurrirá.
The Wow! Signal no es, por eso, esa repetición milagrosa. No tiene la ferocidad brillante y adolescente de Showbiz (1999) u Origin Of Symmetry (2001) ni la ambición desbordada de Black Holes And Revelations (2006) o Resistance (2009), y sería deshonesto fingir lo contrario solo porque uno quiere que la historia termine bien. Pero mientras dure el pulso, y este disco dura los 45 minutos justos para no desgastarse, vale la pena tender la mano hacia el vacío. Setenta y dos segundos bastaron una vez para cambiar la astronomía; quizá cuarenta y cinco minutos basten esta vez para recordarnos por qué, alguna vez, quisimos escuchar el espacio con tanta atención.

