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NASTYJOE – The House

Abrir la puerta de una mente ajena siempre conlleva el riesgo de perderse en pasillos que no nos pertenecen. Hay algo intrínsecamente voyerista en el acto de escuchar un primer larga duración, especialmente cuando se presenta como un plano arquitectónico de la psique. Desde las entrañas francesas de Burdeos, emerge una estructura sonora que no busca el refugio, sino el enfrentamiento. No es una construcción de ladrillo y mortero, sino de reverberación y nervio.

Es un espacio donde el aire pesa y las sombras tienen una textura eléctrica. Aquí, el eco de los pasos se confunde con líneas de bajo que parecen excavar cimientos en el pecho del oyente. El debut que hoy nos ocupa es una invitación a recorrer estancias donde el orden es una utopía y el caos interno se manifiesta en cada rincón. Bienvenidos a una propiedad que, aunque habitada por fantasmas del pasado post-punk, respira una urgencia absolutamente contemporánea.

Los cimientos de una obra maestra

La edificación de esta pieza sonora no ha sido un proceso al azar. Para entender las dimensiones de The House, disco lanzado el 16 de enero de 2026 a través de Play Two/ M2L Music & A Tant Rêver Du Roi Records, es fundamental desglosar el equipo de ingenieros y artesanos que levantaron sus muros. Bajo el amparo de una alianza estratégica entre sellos que respiran independencia, el proyecto tomó forma definitiva en los primeros días del año.

La mano de Baptiste Leroy es la que otorga esa cohesión necesaria. Su experiencia con formaciones como Structures o Johnny Jane se filtra en la nitidez con la que cada instrumento ocupa su lugar, evitando que el ruido nuble la intención. Es una producción que respeta el espacio, permitiendo que las texturas respiren antes de que la siguiente ola de distorsión las consuma.

La metamorfosis del caos

La trayectoria de NASTYJOE es la historia de una metamorfosis constante. Surgidos de la efervescente escena de Burdeos, la banda no tardó en destacar por una capacidad inusual para hibridar la aspereza del indie rock más británico con la elegancia melancólica francesa. Sus primeros pasos, marcados por EPs que ya daban pistas de una ambición mayor, fueron el campo de pruebas para lo que hoy se consolida como un cuarteto inquebrantable.

A lo largo de los últimos años, han sabido depurar su sonido, alejándose de los clichés del género para abrazar una identidad propia. El camino no ha sido lineal. Cambios en la formación y la búsqueda de una voz auténtica los llevaron a encerrarse para dar vida a este concepto habitacional. Hoy, la banda se presenta con una madurez que desafía su condición de debutantes en el formato de álbum completo.

El equilibrio de fuerzas dentro de la banda es lo que permite que la casa no se derrumbe bajo su propio peso emocional. Cada miembro aporta una viga esencial a la estructura: Robin Rauner (el arquitecto principal. Su voz y guitarra dictan el tono emocional del disco). Bastien Blanc (quien aporta las texturas y los matices desde la guitarra y los coros). Nicolas Acquaviva (el pulso constante al bajo, fundamental para la sección rítmica). Y François Garcia (la fuerza motriz tras la batería, cuya pegada define la urgencia del álbum).

«El nombre NASTYJOE viene del gato del baterista, que se llamaba Joe y tenía tendencia a meterse en líos. Para el título del álbum, queríamos expresar la idea de envejecer y luego mirar con ojos de adultos lo que una vez vimos con ojos de niños. Nos pareció bastante simbólico que la casa sirviera como catalizador de recuerdos. Además, para la grabación, estábamos en una casa antigua y capturamos recuerdos allí» –NASTYJOE

El esqueleto sonoro

El sonido de esta banda se asienta sobre una base de hormigón armado donde el post-punk se encuentra con el indie rock de los noventa. Hay una herencia clara de bandas como The Cure en el uso de las atmósferas y los efectos de modulación en las guitarras. Sin embargo, la agresividad rítmica y la entrega lírica nos remiten directamente a la nueva ola encabezada por Fontaines D.C. o incluso a la herencia melódica de Blur.

La instrumentación apuesta por la crudeza. No hay adornos innecesarios. Las guitarras de Rauner y Blanc se entrelazan en un baile de chorus y overdrive que crea una sensación de amplitud y claustrofobia al mismo tiempo. El bajo de Acquaviva no se limita a seguir la tónica; es un instrumento melódico que guía al oyente por los pasillos más oscuros. Por su parte, Garcia mantiene un ritmo motorik en ocasiones, dotando al conjunto de una energía cinética imparable.

Un lamento entre los muros sónicos

El análisis de la voz de Robin Rauner merece una mención aparte. Rauner posee un registro que transita entre el susurro confesional y el grito desesperado de quien se queda sin oxígeno. Su interpretación es puramente narrativa. No busca la perfección técnica en la afinación, sino la transmisión exacta de una emoción que suele ser incómoda.

A ratos recuerda a la cadencia de Grian Chatten, con ese fraseo que parece escupir las palabras con cierta urgencia poética. En los momentos más densos del álbum, su voz se sumerge en capas de reverb, convirtiéndose en un instrumento más que flota sobre la mezcla. Es una voz que suena cansada pero resiliente, perfectamente adecuada para el concepto de una casa mental llena de recuerdos que se niegan a ser archivados.

Una ventana al interior

La imagen que envuelve The House es una declaración de intenciones visual. Observamos una estancia en penumbra, dominada por una ventana que da a un jardín nocturno. En el interior, una figura humana cubierta completamente por una textura roja brillante, similar a la de una bola de espejos, se yergue como un intruso o quizás como el único habitante legítimo.

El contraste entre el azul gélido del exterior y el rojo ardiente de la silueta crea una tensión inmediata. Esa figura reflectante representa el yo fragmentado; alguien que brilla bajo una luz externa pero que oculta su verdadera forma tras mil facetas. La cortina traslúcida y el humo que parece emanar de la nada refuerzan la idea de lo efímero y lo onírico. Es la representación visual perfecta del caos interno en un entorno aparentemente doméstico.

La arquitectura del Ser

El álbum está concebido como una casa mental. No es una metáfora nueva, pero la ejecución de la banda le otorga una frescura perturbadora. Cada una de las diez pistas funciona como una habitación distinta. Algunas son luminosas y amplias, donde los recuerdos fluyen con cierta nostalgia. Otras son sótanos oscuros, armarios donde se guardan secretos y pasillos donde el tiempo parece haberse detenido. Este enfoque permite que el disco sea una experiencia inmersiva. No estamos ante una colección de canciones, sino ante un recorrido vital. El oyente se ve obligado a transitar por estancias de arrepentimiento, ansiedad, deseo y, finalmente, aceptación. Es un fragmento del ser expuesto sin filtros, donde cada acorde es un clavo que sostiene una parte de la memoria.

Recorrido narrativo por las habitaciones

El viaje comienza con Strange Place. Es el vestíbulo. Una entrada que nos descoloca con su ritmo sincopado y una atmósfera que nos advierte que no estamos en terreno seguro. Es la sensación de entrar en una casa conocida que, de repente, se siente ajena. La transición hacia el tema homónimo, The House, es fluida. Aquí se asientan los pilares del sonido del disco. Es el corazón de la estructura, donde la letra nos sumerge en la obsesión por el espacio que habitamos mentalmente.

Al avanzar, tropezamos con Dog’s Breakfast. El título, un término coloquial para referirse a un desastre total, describe perfectamente la habitación del caos. La instrumentación es más errática, reflejando esa desorganización interna. Le sigue Worried For You, una estancia más íntima, quizás el dormitorio, donde la vulnerabilidad se hace presente. Rauner canta con una ternura áspera, recordándonos que incluso en el caos hay espacio para la preocupación por el otro.

En el ecuador del álbum encontramos Hole In The Picture. Es el momento en que nos damos cuenta de que falta algo. La letra habla de ausencias: «Hay un agujero donde solía estar tu rostro / una marca en la pared que el tiempo no borra». La música se vuelve más densa, casi asfixiante, antes de dar paso a Wire. Esta pista es el sistema nervioso de la casa. Es eléctrica, directa y con una línea de bajo que acelera las pulsaciones.

Llegamos entonces a la pieza central dividida en dos partes: Things Unsaid, Pt. I y Things Unsaid, Pt. II. Son el sótano de la casa. En la primera parte, el silencio pesa más que las notas. Es una acumulación de tensiones. En la segunda, el estallido es inevitable. Es la liberación de todo lo que se mantuvo guardado por miedo o por orgullo. La letra es desgarradora: «Las palabras que callamos son las que terminan quemando el techo».

El tramo final se inicia con Blood in the Back. Es una habitación oculta, quizá el jardín trasero donde se entierran los errores. El sonido es más oscuro, con matices de gothic rock. La tensión no disminuye, sino que se transforma en una aceptación sombría. Finalmente, el disco cierra con Cold Outside. Es la puerta de salida. La canción nos expulsa de la casa hacia un exterior gélido pero necesario. Es el final del viaje introspectivo, dejándonos con una sensación de vacío y claridad al mismo tiempo.

El refugio de distorsión

The House es un triunfo del post-punk moderno. NASTYJOE ha logrado construir un refugio para los que se sienten extraños en su propia piel. No es un disco fácil, pero es una obra necesaria que confirma a la banda como una de las voces más interesantes del panorama actual. Han tomado las influencias de los grandes y las han pasado por el tamiz de su propia angustia, entregando un álbum que se queda grabado en las paredes de nuestra propia mente mucho después de que la última nota deje de sonar. En definitiva, NASTYJOE transforma en poesía lo que no queremos ver, sacando a la luz nuestra esencia negativa. Un desarrollo antipersonal para una comunión sombría.

Escucha aquí «The House» de NASTYJOE

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Carlos Flaqué Monllonch
Carlos Flaqué Monllonchhttps://crazyminds.es/author/carlos-flaque/
Hablar de uno mismo no es tarea fácil, aunque muchas veces las circunstancias pidan hacerlo, como es el caso. Se pueden contar muchas cosas, pero quizás lo más importante es abrazar la vida con positividad. La música permite esto y mucho más. Me gusta escribir sobre bandas y estilos que aportan puntos de vista diferenciales, que exponen alternativas atípicas frente los sistemas convencionales, bien por sonido, concepto o actitud. Por tanto, mi función en Crazyminds es romper las reglas estandarizadas, y poner en primer plano las bandas que suelen permanecer en el universo underground. De ahí que sea, con orgullo, el «bicho raro» del equipo. El rock siempre ha sido símbolo de cultura y libertad. ¿Qué más puedo contaros de mí? Simplemente deciros que soy adicto a la música de múltiples géneros, no importa lo "raros" que sean, pero, sobre todo, amo mi profesión: periodismo y comunicación gráfica, herramientas que me permiten abrir muchas puertas, conocer gente diversa, intercambiar, aprender, transmitir y generar proximidades. Las nuevas tecnologías permiten múltiples puentes e interacciones. Así que nada de excusas y manos a la obra… Sin transgresión, no hay cambios ni progreso.