Dentro de un panorama musical verdaderamente abrumador, con novedades infinitas, cada vez cuesta más sorprenderse. Buenos discos que se escapan por el hastío de escarbar entre tanto ruido, la escasez de tiempo de ocio, las triquiñuelas de los algoritmos. Menos mal que, de vez en cuando, aparece un trabajo que reclama calma, atención y consigue reconciliar música y emociones.
La artífice ha sido Phoebe Bridgers. Tras seis años desde el deslumbrante Punisher (2020, Dead Oceans), la californiana apenas había publicado música en solitario, más allá de la fantasía que fue tenerla de vuelta en 2023 junto con Lucy Dacus y Julien Baker para disfrutar de boygenius y su the record. Este agosto, en plena leo season, ha visto la luz Lost Weekend (2026, Dead Oceans), su ansiado tercer disco de estudio.
Y seis años son muchos, especialmente para alguien que logró hacer memorable el 2020 más que por mascarillas y confinamientos. Punisher fue definitorio para la música alternativa y catapultó a Bridgers como una voz clave en la escena. Tras ella, hubo una eclosión de artistas que se vieron enormemente influidos por la estela que inició, como Lizzy McAlpine, Searows o Leith Ross, pero no hay nadie que se mueva como Phoebe en las aguas de ese indie folk y pop completamente íntimo y visceral.
Más allá de esa influencia, ella estaba ocupada ampliando su propio universo con colaboraciones con Taylor Swift, SZA o Paul McCartney, y convirtiendo a boygenius, junto con Dacus y Baker, en un supergrupo mucho más grande que el proyecto de culto con el que se presentaron en 2018. Conviene recordar que con the record ganaron tres Grammys y Bridgers volvió a casa siendo la artista con más premios de la noche.
Por ello, el lanzamiento de Lost Weekend llegaba acompañado de una pregunta inevitable: ¿qué se puede esperar de Phoebe tras Punisher? La respuesta es no volver atrás. Este álbum no es un Punisher 2.0. ni pretende serlo en ninguna de las 16 canciones que lo componen. De hecho, el aura del álbum se acerca más a la de su debut, aquel magnífico Stranger In The Alps (2017, Dead Oceans), con territorios más ambientales y fantasmagóricos. Se nota la gran maduración compositiva que hay detrás y se aleja incluso más de una inmediatez que nunca le ha interesado. Juega con vocoders, indie folk, americana, pop alternativo, shoegaze y sintetizadores. La producción de Tony Berg, Jack Antonoff, Alex G y la propia Phoebe es de lo más destacable de todo el disco, rica en matices y poniendo en valor el trabajo a fuego lento. Las guitarras acústicas brillan entre mandolinas, armónicas y capas de más diseño sonoro con toques distorsionados y electrónicos.
Justo ahí está una de las claves de Lost Weekend: el crecimiento de Bridgers sin perder su identidad. Sin serlo, el disco parece la última pieza de una trilogía, con la voluntad de llevar su música hacia otros lugares. Desde la primera pista, “The Outside”, en la que su voz se cuela entre el vocoder para generar una sensación de extrañamiento que recorre todo el álbum, parece querer tomar distancia de la imagen que se ha construido a su alrededor. Un inicio críptico, lleno de silencios y perspectivas, que funciona como una declaración de intenciones. También alude a recuerdos con sus compañeras de boygenius y a la muerte de su padre, uno de los principales ejes del disco: «Crying in a suit and tie / But you should see the other guy / One more time for old time’s sake / I’ll watch him get carried away».
La dedicatoria «For dad» en la versión física disipa cualquier duda y continúa explorando en canciones una relación marcada por la distancia y las contradicciones. En “Still Standing” recupera recuerdos de su infancia para ofrecer una aceptación incómoda de una ambivalencia que convive en ella: querer a alguien y no perdonarlo, echarlo de menos y seguir enfadada con él. Es uno de los grandes aciertos de las letras del álbum y, probablemente, uno de sus momentos más difíciles. Por otra parte, “Never Going Back” funciona como un interludio donde un audio con la voz de su padre afianza la sensación de que el duelo no deja de ser una fluctuación, casi nunca amable, entre diferentes puntos de vista y la lucidez a la que desemboca. El contraste entre la insistencia de la canción en no volver atrás y esa voz que irrumpe desde el pasado es devastador.
Todo ello da forma al fondo personal de Lost Weekend sin caer necesariamente en un matiz confesional en el sentido más amarillista. Y es precisamente aquí donde conviene escapar de la banalización que supone encasillar a Phoebe Bridgers en la etiqueta de sad girl music. Lleva años peleándose, aunque sea de manera indirecta, con una caricatura que parece definirla antes incluso de haberse parado a escucharla. Es una escritora extraordinaria que no necesita gritar que algo es emocionante: le basta con la precisión con la que lo cuenta. Dicha etiqueta, además, resulta especialmente injusta cuando se trata de mujeres. Las reduce a arquetipos simples y deja de reconocerlas por su valía, empañada también por el ruido mediático alrededor de sus vidas privadas.
A veces es inevitable buscar guiños autobiográficos en las canciones, como ocurre en “As Above”. Los versos «I’ve never been afraid of heights / Now, I don’t want to live forever / but I don’t wanna die» trazan un paralelismo exacto con el tema “Afraid of heights” del EP the rest de boygenius. Funciona como una conversación con aquella otra versión de sí misma, pero hay un gesto más bonito hacia su pasado. Por mucho que quisiera dejar atrás la sombra de Punisher, “Graceland Too” reaparece en este disco. Su melodía se cuela en “Liberty Tree” y en “Lost Parade”. Puede que no sea un homenaje nostálgico, pero más de una sonrisa se dibujó al reconocer esas notas.
“Bobby” rompe la estela del duelo. Tras una pérdida, no todo gira alrededor de la misma. Bridgers se permite cantar sobre un enamoramiento que puede que sea «the end of wanting», entre notas irónicas y vulnerables. El contraste es la bella “The Governor’s Waltz”, con la que devuelve la intimidad a un terreno más extraño. Ofrece la cara de una ruptura en la que reconoce su parte de culpa y ofrece la solución, que es separarse: «I’m next to you, you’re next to nothing / You promised that you’d never leave / But maybe you’ll do it for me». De nuevo, nos damos de bruces con la virtud de la artista: escribe sobre algo tan universal, pero parece que acaba de diseñar una habitación que solo ella conoce.
A medida que Phoebe ahonda en su arte, más amplía las brechas en sí misma y necesita un lienzo más grande para explorarlas. En este sentido, Lost Weekend cumple esta premisa con creces, si bien mantiene el ambiente íntimo que siempre evoca su música. “Haunted” sorprende con banjos y armonías cautivadoras, mientras que «I can’t wait» es uno de los puntos álgidos del disco, un dueto con Son-John Johnson, cuya voz, sospechosamente, se parece a la de Cameron Winter, de Geese.
Cuando parecía que el disco ya había soltado todo lo que necesitaba, llega la reprise homónima. Un eco del hilo narrativo de las canciones previas que, después de atravesarlas, parecen haber mutado. Cierra el círculo dejando el poso de que Lost Weekend, al fin y al cabo, no es un intento de recuperar lo perdido, sino la constatación de que el tiempo transforma la manera en la que lo recordamos. Además, incluye versos brillantes para recordar por qué es una de las compositoras más cautivadoras del panorama actual: «Now I can’t see any star in the sky / When a dream comes true, a fantasy dies».
Sin grandes proclamas ni ruido, Phoebe Bridgers ha regresado por todo lo alto. Lost Weekend confirma lo mucho que le queda por decir y que no dejará de encontrar nuevas formas de decirlo. Esa es la gran noticia: el tiempo pasado no lo ha perdido, sino que ha ganado nuevas facetas. El resultado está a la altura de su mejor trabajo. Merece que le hagamos caso y que, por una vez, paremos, nos perdamos y dejemos que el disco nos encuentre.

