Cuando la euforia abre el telón y el vértigo amenaza el equilibrio
Hay discos que arrancan como una estampida. Sin aviso. Sin cortesía. Psychedelic Porn Crumpets lanza Pogo Rodeo como quien prende fuego a un bidón de gasolina en mitad del desierto australiano. El arranque es feroz. El pulso se acelera. Todo vibra. Sin embargo, a medida que el álbum avanza, la energía inicial se transforma, muta, se dispersa. No es un colapso. Tampoco una traición. Es más bien una curva pronunciada que obliga a replantear expectativas.
Este octavo trabajo de la banda juega con esa tensión: la promesa de un clímax permanente frente a la realidad de un viaje irregular. Pogo Rodeo no busca la perfección geométrica. Prefiere el exceso, la imperfección y el riesgo. Ahí reside su encanto. También su talón de Aquiles.
«En cuanto dejas de aprender, te vuelves instantáneamente ignorante de lo que crean los demás y te conviertes en uno de esos que dicen que la música antigua era mejor. La música se está volviendo mucho más interesante; solo hay que seguir el ritmo y luego intentar aportar tu granito de arena» –Jack McEwan
Radiografía del disco: datos, sonido e instrumentación
Pogo Rodeo se publicó el 29 de octubre de 2025 a través de What Reality? Records / Marathon Artists. Se trata del octavo álbum de estudio de la banda australiana.
Grabado por Jack McEwan, mezclado por Michael Jelinek y masterizado por Ted Jensen, el disco se mueve dentro del rock psicodélico, con fuertes ramificaciones de garage, punk y blues eléctrico. Guitarras saturadas, fuzz omnipresente, bajos musculosos y baterías que alternan precisión quirúrgica con caos controlado. prioriza la sensación física del sonido por encima de la limpieza quirúrgica.
Formados en Perth (Australia), Psychedelic Porn Crumpets llevan más de una década moldeando una identidad propia dentro del circuito psicodélico contemporáneo. Liderados por Jack McEwan (voz y guitarra), el grupo ha sabido escapar del cliché revivalista para construir un lenguaje propio: riffs obsesivos, estructuras imprevisibles y una energía casi punk en directo. El resto de miembros son Luke Parish (guitarra), Danny Caddy (batería), Chris Young (teclista), y Jamie Reynolds (bajo). La banda ha evolucionado disco a disco sin renunciar a su ADN lisérgico. Pogo Rodeo confirma esa voluntad de seguir avanzando, aunque el trayecto no siempre sea recto.
En Pogo Rodeo resuenan sombras de King Gizzard & The Lizard Wizard, Tame Impala, la urgencia garajera de The Oh Sees, destellos de blues pantanoso y la psicodelia abrasiva heredera de The Stooges. No hay copia. Hay diálogo. La banda absorbe influencias y las escupe transformadas en ruido colorido y urgente.
¿Por qué Psychedelic Porn Crumpets y «Pogo Rodeo»?
Psychedelic Porn Crumpets no significa algo concreto; es más una broma privada convertida en marca, un guiño al humor psicodélico británico y una manera de decir desde el minuto cero que su música va de exceso, color y absurdo.
Pogo Rodeo, en cambio, es un título de fricción. Dos palabras que, juntas, describen una experiencia más que una idea cerrada. Por un lado, «pogo» remite al salto caótico del público en los conciertos punk y garage. Cuerpo contra cuerpo. Energía sin coreografía. Un movimiento vertical, repetitivo, casi tribal, donde no hay control real, solo impulso. El pogo es colectivo, visceral y desordenado. No se piensa: se ejecuta.
Por otro, «rodeo» alude al intento de dominar lo indomable. Subirse a un animal salvaje, resistir unos segundos, aceptar que la caída es inevitable. El rodeo es espectáculo, pero también riesgo. No gana quien controla para siempre, sino quien aguanta un poco más.
Unidos, Pogo Rodeo define el choque entre el descontrol y la ilusión de control. Saltar sin dirección mientras intentas mantenerte en pie. Exactamente lo que propone el disco: canciones que arrancan con violencia, se expanden, se desbocan y, en ocasiones, pierden el equilibrio.
También hay una lectura meta musical. El álbum funciona como un pogo prolongado que intenta sostenerse como un rodeo completo. El inicio es explosivo, casi perfecto. A medida que avanza, la energía se dispersa. No porque falle la intención, sino porque el propio concepto asume el desgaste.
Además, el título conecta con la filosofía de la banda: diversión sin solemnidad, exceso consciente, música entendida como experiencia física antes que como construcción intelectual. Pogo Rodeo no promete orden ni redención. Promete movimiento, sudor y una caída digna. En ese sentido, el nombre no es irónico ni gratuito. Es descriptivo. El disco es exactamente eso: un pogo convertido en rodeo. Un salto continúo intentando no salir despedido demasiado pronto.
El título funciona pues como una metáfora. Pogo alude al salto frenético, al impacto físico. Y rodeo sugiere dominio imposible, resistencia, caída asegurada. El disco se mueve justo ahí: entre el impulso visceral y el intento de controlarlo. No todo se mantiene en pie. Tampoco lo pretende.
Psicodelia visual en clave simbólica
La portada, obra de Tim Meakins, presenta parece un juguete mutante lanzado contra un fondo azul nuclear: un caballo‑perro de plastilina digital, patas enroscadas, crines amarillas como churros, pezuñas rosa chicle y ojos a punto de salirse. Es feísmo lúdico, muy en clave Psychedelic Porn Crumpets: humor ácido, exceso psicodélico y cero respeto por la anatomía.
Su trabajo suele presentar figuras caricaturescas de fuerza y poder, personajes en poses demostrativas, cuerpos que se estiran, se flexionan o se replantean en espacios imposibles, mezclando analogía y digitalización. Asimismo, explora conceptualmente cómo el cuerpo, la tecnología y la representación visual interactúan y se moldean mutuamente, generando piezas que son a la vez humorísticas, simbólicas y llenas de dinamismo formal.
Criatura mutante y energía «pogo»
El animal de la portada parece un caballo inclinado hacia delante, como si estuviera a punto de caer o de arrancar un salto absurdo, algo muy pogo: movimiento caótico, sin elegancia, pero con mucha energía. El modelado tipo plastilina 3D, con texturas brillantes y bultos redondos, refuerza la idea de juguete malformado, casi resultado de un niño hiperactivo mezclando piezas que no encajan. Eso encaja bien con el sonido de la banda: rock psicodélico hiper saturado, riffs que se doblan sobre sí mismos y canciones que parecen construidas a base de ideas tiradas unas encima de otras hasta formar un monstruo divertido.
Alrededor del animal hay pequeños recuadros blancos con garabatos negros (estrella, perro, espiral, formas abstractas), como stickers o símbolos sin manual de instrucciones. Esos iconos refuerzan la sensación de collage visual, como si cada símbolo fuera una pista de la locura que hay en las canciones: espirales (mareo), perro/caballo (bestia descontrolada). La portada funciona como metáfora visual del «mosh pit» psicodélico: un animal imposible girando en el aire, rodeado de símbolos, mientras tú intentas no caer del todo, pero también disfrutar del golpe.
La voz: urgencia, desgarro y actitud
La voz de Jack McEwan no busca virtuosismo. Prioriza actitud, urgencia y carácter. Canta como quien empuja una pared a punto de caer. Grita cuando hace falta. Susurra lo justo. Funciona como un instrumento más dentro del muro sonoro, nunca como un elemento dominante. Su voz es como otro pedal más. En Pogo Rodeo encaja perfecto con la estética de juguete mutante de la portada: tono juvenil, algo caricaturesco, pero capaz de pasar de la sonrisa stoner al desgarro melódico en cuestión de compases.
Jack canta en un registro medio‑agudo, con un punto nasal y arenoso que recuerda más a la tradición brit‑psych y al indie de los 2000 que al rock clásico de garganta rota. Suele aplicar doblajes y armonías sobre su propia voz, generando un efecto coral ligeramente descentrado que refuerza la sensación de mareo psicodélico. Ese color vocal le permite navegar por estructuras llenas de riffs en espiral sin competir en volumen con las guitarras; la voz flota por encima, más como textura melódica que como frontman de manual.
El fraseo de Jack tiende a ser rápido y melódico, con muchas sílabas encajadas en compases cortos, casi rapeados, pero siempre cantados, algo que se percibe en la etapa de su álbum Shyga! The Sunlight Mound (2021) y se prolonga en discos posteriores. Le gusta jugar con melodías ascendentes que estallan en estribillos muy pegadizos, herencia clara de su amor por The Beatles y Oasis: él mismo habla de querer escribir canciones beatlenianas con vibra feliz y mayor, pero retorcidas.
Producción y tratamiento de la voz
En estudio, la voz rara vez suena cruda: hay reverb psicodélica, delays y filtros que la integran en el resto del paisaje sonoro, más en plan instrumento extra que figura nítida y separada. Jack comenta que busca tonos cálidos de amplificador y un feeling más directo en las producciones, pero siempre manteniendo ese halo texturizado que evita que la voz se vuelva demasiado limpia. En el contexto hiper saturado de Psychedelic Porn Crumpets, esto funciona: la voz no es un faro de claridad sino un guía algo borracho que te va contando el viaje mientras todo alrededor se derrite.
Hedonismo, ironía y ruido
Como letrista, Jack mezcla imágenes absurdas, humor british y referencias cotidianas pasadas por ácido; ha citado influencias tan dispares como Monty Python, The Mighty Boosh y la tradición prog‑rock. Esa inclinación cómica se nota en su delivery: muchas líneas se cantan con guiño irónico, leve sonrisa en la forma de atacar las sílabas, lo que impide que la psicodelia se vuelva solemne. De ahí que Psychedelic Porn Crumpets no predica. Provoca. Su filosofía se basa en la celebración del ruido, la energía y el disfrute sin solemnidad. Pogo Rodeo no ofrece respuestas. Ofrece estímulos. Es música para liberar tensión, no para resolverla.
«La mayoría de nuestras canciones son sobre la vida como cualquiera puede identificarse con eso, por qué estamos aquí, qué demonios está pasando, nada de religión, solo una persona intrigada tratando de entender el mundo, ese tipo de cosas» –Jack McEwan
Una «playlist» de más a menos
Llegados a este punto, Pogo Rodeo deja de ser un concepto y se convierte en recorrido. Canción a canción, el disco despliega su verdadero carácter: arranques incendiarios, giros inesperados y momentos donde la energía se expande o se repliega sin pedir permiso. Aquí no hay una narrativa lineal ni una progresión cómoda. Cada tema actúa como una sacudida distinta dentro de un mismo impulso creativo.
El álbum se entiende mejor cuando se atraviesa sin mapas, atendiendo a cómo dialogan las guitarras, cómo el ritmo empuja o frena, y cómo la voz se adapta a cada clima. El orden no es casual. El impacto tampoco. A partir de aquí, las canciones hablan por sí solas y revelan tanto las virtudes como las fisuras de un trabajo que apuesta por el movimiento constante antes que por la estabilidad.
Un arranque demoledor
El disco arranca con Salsa Verde, un misil de rock psicodélico frenético que desata el caos desde el primer segundo. A continuación, Born In The A.D’s empuja el componente punk al frente, con guitarras abrasivas y una batería inclemente. Manny’s Ready To Roll introduce un groove más bluesy, apoyado en un bajo espeso y una cadencia hipnótica. The Real Contra Band refuerza la fórmula con estribillos incendiarios y una producción musculosa. Los cuatro temas son pura energía nuclear.
La meseta irregular
Hasta aquí el álbum parece imparable. Sin embargo, la llegada de Japan y Unconventional Daze desatan el freno y bajan la intensidad sin aportar una nueva narrativa sólida. El pulso se relaja en exceso. La irrupción de Texas Rangers recupera parte del brío con un enfoque más enfocado al country-blues electrificado, pero vibrante y directo que incendia la piel. Después, con Looniversal y Watermelon se vuelve a una psicodelia más dispersa, menos memorable. El cierre llega con Bowling With Tim y Heading To Fringe, dos temas correctos, bien producidos, pero incapaces de igualar el impacto inicial.
Validación y cierre
Comofortaleza del álbum destacaría su arranque demoledor. Cuatro primeros temas que rugen como los motores de F1 con fuel supersónico. La producción es potente y la identidad clara: onda expansiva de elevados megatones. Pero el globo se desinfla por su desigualdad en la segunda mitad del plástico. Falta continuidad y un clímax sostenido. Esperemos que la banda no quede atrapada en ese punto flaco. No es banda para baladas y suavidades melosas. Su poderío queda demostrado cuando desatan su artillería y revientan los oídos y los huesos.
En consecuencia, Pogo Rodeo no es un disco redondo. Pero tampoco lo necesita. Es un álbum honesto, físico y divertido. Un viaje que arranca a toda velocidad y llega a meta con el motor humeando. A veces, eso también es una forma válida de victoria. Como dice el propio Jack McEwan:
«A todos los adolescentes les digo que no se limiten a un solo género, y a los que se inician en la música que aprendan a grabarse y a tocar todos los instrumentos que puedan. Que no se comparen con las habilidades de otros artistas y que vayan a su propio ritmo
La vida es larga, cuantas más experiencias vivas, más se tendrá sobre qué escribir. Inspirarse en películas, pinturas, obras de teatro, historia, gente interesante y nunca dejar de aprender»
Temas predilectos: Salsa Verde, Born In The A.D’s, Manny’s Ready To Roll, The Real Contra Band y Texas Rangers

