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PROJECTOR – Contempt

Desprecio y distorsión: la autopsia emocional de la banda

Hay discos que no te preguntan cómo estás, te arrastran directamente a la escena del crimen emocional y te dejan allí, con los oídos zumbando y una sonrisa rara en la boca. Contempt, segundo largo de PROJECTOR, funciona exactamente así. Este trabajo es un trip atropellado entre la autodestrucción, la ironía y una especie de romanticismo que solo florece cuando ya se ha quemado todo lo demás. La banda de Brighton ha decidido dejar de ser una promesa para convertirse en una amenaza sonora real.

Contempt gira alrededor del desprecio. Hay rabia social pero el foco principal está en esa voz interna que te recuerda todas las veces que la has errado, todos los días que has vivido como si fueses un personaje secundario en tu propia vida. El disco convierte esa sensación en lenguaje, y ese lenguaje en riffs, en ritmos quebrados, en melodías que dudan entre abrazarte o empujarte escaleras abajo. No es un disco de citas fáciles. Es más bien la foto movida de todas esas influencias chocando en mitad de una autopista nocturna.

Créditos y fabricación del caos

El álbum vio la luz el 3 de octubre de 2025 bajo el cobijo de Alcopop! Records. Este sello siempre apuesta por artefactos defectuosos y brillantes, algo que encaja con la filosofía del trío. La grabación se realizó prácticamente en directo con Ben Hampson tras los mandos, buscando capturar la claustrofobia de una sala pequeña. La masterización corrió a cargo de Katie Tavini en Weird Jungle, asegurando que cada pico de distorsión tuviera su lugar. La portada, de estética minimalista y cruda, refleja esa frialdad quirúrgica del desprecio.

En el plano lírico, Contempt funciona como un diario arrancado y reordenado después de un ataque de ira. Las canciones están llenas de imágenes de colisión, de cuerpos que se chocan, de migrañas que ocupan todo el campo de visión, de fantasmas que siguen doliendo, aunque ya no estén. No hay grandes discursos, sino frases que parecen salidas de notas del móvil escritas a las tres de la mañana, cuando has cruzado la línea entre la autocrítica y la autoflagelación.

La ironía es una herramienta constante. Las pistas hablan de desesperación, pero se permiten bromear con ella, apoyarse en estribillos que se cantan con furia, pero también con cierta sonrisa torcida. Ese equilibrio es clave: sin humor, el disco sería un hundimiento; sin gravedad, sería solo pose. Aquí, en cambio, lo que se escucha es a una banda riéndose de su propia miseria porque es eso o romper algo.

«Queríamos que el disco sonara como una habitación en la que no quieres estar, pero de la que no puedes salir. Hay mucho de nosotros en ese desprecio» —Lucy Sheehan

Un muro de sonido entre el «post-punk» y el «shoegaze»

La banda proviene de esa costa inglesa donde el mar parece tener siempre resaca y la escena alternativa vive como si la noche no terminara nunca. En sus primeros pasos, el grupo ya jugaba con ganchos pop y energía ruidosa. Sin embargo, en Contempt suben la apuesta de forma drástica. El disco está construido sobre el trío Edward EnsburyLucy SheehanCal Marinho, con Rowan entrando como refuerzo reciente y Angus como batería invitado en vivo, y no como miembro estable del álbum. Juntos catalizan un sonido que bebe del britpop pero masticado por una trituradora industrial.

El estilo de la banda se sitúa en un eje anómalo. Aquí se cruzan el post-punk más anguloso con un shoegaze de cristales rotos y el grunge noventero. Algunos críticos ven un equilibrio perfecto entre sinceridad e ironía. Es fácil detectar la influencia de Pixies o My Bloody Valentine en la forma de cortar las canciones con cuchilladas de silencio. No obstante, también hay una sensibilidad pop que mira hacia los estribillos heridos de los noventa. En ciertos pasajes, incluso rozan la épica de Oasis, aunque de una forma mucho más disruptiva y sucia.

Voces: dualidad y conflicto

Uno de los pilares maestros sobre los que se levanta Contempt es, sin duda, su arquitectura vocal. Aquí no encontramos armonías complacientes ni la búsqueda de una afinación pulcra que esconda las costuras. Al contrario, la voz de Lucy Sheehan actúa como un cable de alta tensión pelado. Su registro es un prodigio de la contradicción. Posee un desapego casi cínico, una frialdad de quien observa un accidente desde la distancia, pero es capaz de transformarse en una urgencia visceral en cuestión de milisegundos. Sheehan no se limita a entonar; utiliza el aire de sus pulmones para transmutar de un susurro crítico, casi conspiranoico, a un grito exasperado que parece nacer del mismo centro de la migraña que describe el álbum.

Por otro lado, la presencia de Edward Ensbury no debe entenderse como un simple apoyo o una segunda voz tradicional. Ensbury ofrece una réplica rugosa, una sombra que a veces se superpone a la de su compañera y otras parece discutir con ella desde el fondo de la mezcla. En algunos cortes ambos se lanzan frases como si fueran objetos punzantes. Esta dualidad refuerza constantemente el mensaje de desconexión emocional que articula todo el trabajo. Es, en esencia, una interpretación dramática de la alienación moderna. Las voces parecen dos fantasmas habitando una misma habitación, compartiendo los mismos miedos, pero siendo incapaces de mirarse a los ojos.

Esta pelea vocal es la que otorga a PROJECTOR ese toque distintivo frente a otras bandas de la escena actual. Mientras muchos grupos de post-punk optan por un estilo hablado o monótono, el trío de Brighton prefiere la confrontación. Es una lucha de poder donde nadie gana, pero el oyente se queda con la sensación de haber presenciado algo prohibido. La voz no es solo un vehículo para la letra, es el mapa de un conflicto interno que estalla en cada estribillo.

«Siempre hemos sido conscientes de la disonancia en nosotros y en nuestra música. Probablemente, como la mayoría de los músicos cínicos, amamos las cosas bellas, pero no podemos disfrutarlas sin destrozarlas» –Lucy Sheehan

El desprecio según Godard y Ballard

El título del esférico no es una elección azarosa ni un simple guiño cinéfilo. Contemptbebe directamente de la atmósfera de Le Mépris (1963), la obra maestra de Jean-Luc Godard. Sin embargo, mientras el director francés exploraba el desmoronamiento de una relación bajo la luz del sol del Mediterráneo, el trío de Brighton traslada esa erosión a un sótano húmedo y lleno de distorsión. El desprecio aquí no se dirige tanto hacia el «otro», sino que se repliega hacia el interior. Es un desprecio autoinfligido, una mirada ácida frente al espejo que cuestiona cada decisión tomada.

Esta narrativa convierte el álbum en un mapa de la autocompasión y la rabia contenida. PROJECTOR utiliza la estética de la película —esa tensión insoportable entre lo que se dice y lo que se calla— para articular su propio discurso sobre la alienación moderna. No estamos ante un disco de odio social al uso, sino ante una autopsia emocional realizada en vivo. Las letras funcionan como un diario arrancado de cuajo, donde la lucha contra esa voz interna que te recuerda tus fracasos se convierte en el motor principal de cada canción.

De Yeats a Los Simpson: el «collage» del absurdo moderno

Lo que realmente otorga una dimensión única a la propuesta de PROJECTOR es su capacidad para mezclar la alta cultura con el detrito del consumo televisivo. En sus estrofas, la solemnidad de los versos de W.B. Yeats o la profundidad de la mitología griega chocan de frente con referencias a Los Simpson. Esta amalgama no es gratuita; refleja perfectamente el estado mental de la generación actual: un bombardeo constante de información donde lo trágico y lo banal ocupan el mismo espacio en nuestra pantalla y en nuestra psique.

La banda utiliza estas referencias para subrayar la desconexión emocional. Citar a un poeta clásico para hablar de un vacío que solo se llena con comida rápida o humor absurdo es, en sí mismo, un acto de post-punk. Es la representación del cerebro quemado por la sobreestimulación. En temas como S.O.M.O.D., esa sensación de ser observado y juzgado se vuelve casi física, como si viviéramos en un episodio de dibujos animados que ha tomado un giro siniestro y existencialista.

El universo Ballard: la colisión como catarsis

Otro de los pilares que sostienen este templo de ruido es la influencia de J.G. Ballard, específicamente su perturbadora novela Crash. Al igual que en el libro, PROJECTOR encuentra una belleza terrible en la colisión. La idea del choque —ya sea entre dos personas, entre dos coches o entre el individuo y la sociedad— recorre pistas como Collision. Para el grupo, el impacto es la única forma de sentir algo real en un mundo anestesiado.

Esta visión ballardiana se traslada a la instrumentación: las guitarras no solo suenan, sino que impactan. El mensaje es claro. La modernidad es un accidente a cámara lenta y nosotros somos los pasajeros que han olvidado cómo frenar. La filosofía de Collision lo deja grabado a fuego con una claridad espeluznante:

«Buscamos el impacto porque el roce ya no nos quema. Somos metal contra metal, intentando recordar qué era lo que nos hacía humanos antes de convertirnos en chatarra»

En definitiva, la temática de Contempt es una invitación a mirar de frente al abismo de la vida moderna. Es un trabajo que acepta el absurdo no como una derrota, sino como la única verdad honesta que nos queda. No hay redención al final del camino, solo la honestidad brutal de quien se reconoce perdido en medio del naufragio y, aun así, decide seguir cantando.

Narrativa de un naufragio: la «playlist»

La escucha comienza con la urgencia de The Sham! The Sham! The Sham!, un tema que entra como una patada. Habla sobre la farsa de interpretar un papel social, gritando frases como «¡Soy un fraude, soy un fraude!». Mientras el asfalto quema, pasamos a Collision, donde el riff se siente como un choque frontal que nadie quiso frenar. La letra explora relaciones que solo se comunican mediante impactos, sentenciando: «No podemos evitar el roce, solo el incendio».

La resignación llega envuelta en papel de regalo con It Surely Has Been Hell. Es un hit engañosamente amable con un estribillo que se pega a la piel mientras describe un infierno personal: «Ha sido un infierno, de verdad, pero al menos el paisaje era bonito». Sin darnos cuenta, el dolor físico se vuelve música en Migraine, una pista que comprime el cráneo con ritmos a trompicones y un mantra saturado que dice «Sácame de mi propia cabeza».

El disco baja la guardia en Phantom Limb, tratando ausencias que siguen doliendo como miembros amputados: «Siento que todavía estás aquí, aunque el espacio esté vacío». Este nihilismo se vuelve casi divertido en O Well, un himno de hombros caídos para cantar mirando al techo. El tramo final se vuelve paranoico con S.O.M.O.D. y la extraña esperanza de Hope Springs Eternal, que nos advierte: «La esperanza es solo otra forma de mentirse a uno mismo».

El ritual laico se cierra con Communion y la ironía festivalera de Happy To Be Here. Finalmente, el álbum nos deja con una pregunta incómoda en Who Loves You, Baby?, un monólogo frente al espejo que suena a derrota dulce. En este tema final, la voz se quiebra al traducir la soledad en palabras: «¿Quién te va a querer ahora que has roto todos los espejos?».

Cerrando el espacio

Contempt no es un álbum diseñado para quienes buscan una redención fácil o un final feliz de película comercial. En lugar de ofrecer soluciones masticadas, PROJECTOR ha trazado un mapa sonoro que describe el proceso de seguir adelante cuando ni siquiera tienes claro si quieres hacerlo. No hay promesas de luz al final del túnel, pero sí la certeza de que no eres el único que camina a oscuras. Existe una belleza extraña y casi violenta en estos restos del naufragio: se percibe en cómo las guitarras encuentran armonías imposibles entre la distorsión y en cómo el ruido se convierte en el único lenguaje capaz de explicar el vacío.

La banda ha entregado un disco corto, despojado de cualquier relleno innecesario y grabado con las tripas en la mano. Al optar por esa captura casi en directo, el trío ha logrado que las canciones respiren, sufran y suden junto al oyente. Es un trabajo que huye del pulido artificial de la industria moderna para abrazar la imperfección. En ese sentido, la producción de este esférico actúa como un espejo roto: no devuelve una imagen perfecta, pero sí una que es dolorosamente real.

En última instancia, este segundo largo se postula como un refugio necesario para quienes están cansados de fingir que todo va bien. Mientras la escena de Brighton sigue escupiendo bandas con una urgencia envidiable, PROJECTOR consigue elevarse por encima del ruido genérico gracias a una vulnerabilidad acerada. Escuchar estas pistas es aceptar que «el desastre es parte del diseño» y que, a veces, la única forma de sanar es dejar que la frecuencia del bajo te atraviese el pecho hasta que no quede nada más que el presente.

Escucha aquí «Contempt» de PROJECTOR

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Carlos Flaqué Monllonch
Carlos Flaqué Monllonchhttps://crazyminds.es/author/carlos-flaque/
Hablar de uno mismo no es tarea fácil, aunque muchas veces las circunstancias pidan hacerlo, como es el caso. Se pueden contar muchas cosas, pero quizás lo más importante es abrazar la vida con positividad. La música permite esto y mucho más. Me gusta escribir sobre bandas y estilos que aportan puntos de vista diferenciales, que exponen alternativas atípicas frente los sistemas convencionales, bien por sonido, concepto o actitud. Por tanto, mi función en Crazyminds es romper las reglas estandarizadas, y poner en primer plano las bandas que suelen permanecer en el universo underground. De ahí que sea, con orgullo, el «bicho raro» del equipo. El rock siempre ha sido símbolo de cultura y libertad. ¿Qué más puedo contaros de mí? Simplemente deciros que soy adicto a la música de múltiples géneros, no importa lo "raros" que sean, pero, sobre todo, amo mi profesión: periodismo y comunicación gráfica, herramientas que me permiten abrir muchas puertas, conocer gente diversa, intercambiar, aprender, transmitir y generar proximidades. Las nuevas tecnologías permiten múltiples puentes e interacciones. Así que nada de excusas y manos a la obra… Sin transgresión, no hay cambios ni progreso.