El ocaso del verano llegó con Hickey (Ourness / Capital Records, 2025), el segundo larga duración de Royel Otis. Prometía ser la banda sonora idónea para esa melancolía dulce de finales de agosto, cuando la vuelta a la rutina acecha, todavía amable. Sin embargo, el brillo del disco se apaga demasiado pronto.
Royel Maddell y Otis Pavlolic han acusado el escaso año y medio transcurrido desde PRATTS & PAIN (Ourness, 2024), un debut bastante atractivo gracias a sencillos como Oysters In My Pocket o Sofa King. A estos se sumaron las versiones virales de Murder on the Dance Floor y la sublime Linger de The Cranberries. Todo ello generó una considerable expectación por la banda. Con Hickey prometía llegar el salto de calidad capaz de consolidarlos, pero deja tras de sí un regusto amargo. Suena más a la repetición de un indie pop y new wave que no dan más de sí que a una evolución real.
Lo corrobora i hate this tune, que abre el LP con un sonido correcto: guitarras vibrantes, percusión animada y un estribillo inmediato. Entretiene, sí, pero no emociona. Esta será la constante durante los 40 minutos de duración de Hickey. Más envoltorio que sustancia, con brochazos imprecisos y superficiales de digestión rápida.
Lo mismo ocurre con car o torn jeans. Presentan una producción pulida hasta lo aséptico. Son luminosas y accesibles y podrían haber triunfado en los 2000, entre los primeros trabajos de The Strokes, Two Door Cinema Club y Phoenix. Hoy se quedan en temas demasiado previsibles. Sin un giro personal, Royel Otis parecen obsesionados con sonar frescos, pero acaban eclipsados por los ecos de aquel indie festivalero.
El gran tropiezo de Hickey llega con moody. La primera escucha es irresistible, con ese sonido ligero y divertido, pero se acaba turbando con el estribillo: my girl´s a bitch when she´s moody. La caricatura obsoleta pone en primer plano un cliché rancio e inmaduro que empobrece la narrativa del disco entero, que ya cojeaba. La polémica elección no hace sino que patinen y tropiecen de nuevo.
Uno de los pocos cortes que se eleva sobre la media es who´s your boyfriend. Madell y Pavlolic encuentran un equilibrio más dinámico entre riffs, voz y percusión. Una muestra de lo que podrían conseguir si tuviesen más ambición y no fuesen a lo seguro. Además, porque potencial tienen y lo han demostrado en directos notables, como este verano en el Madcool o el año pasado en La Sala del Movistar Arena de Madrid.
El tramo final ofrece más destellos, aunque persiste la irregularidad. El tempo más sombrío de she´s got a gun funciona como disruptor de la ligereza previa. Las capas de guitarras, entrelazadas con la percusión, es uno de los momentos más interesantes. Parecía que se iban a animar a abandonar la zona de confort, hasta que se refugian de nuevo en lo cómo con more to lose. Y en lugar de revertir la deriva con un epílogo íntimo e impactante, la tibieza de jazz burger la convierte en un eco anecdótico de lo que podría haber sido.
La cicatriz sentimental que prometía el nombre del disco —ese «chupón» convertido en metáfora— se ha quedado en un simple rasguño. El mayor mérito de Hickey es su inmediatez. Royel Otis fabrican temas en los que resulta muy fácil adentrarse, con riffs llamativos y estribillos que enganchan. Ahora bien, esa virtud es su mayor condena. La sensación final es la de haber subido a un carrusel: divertido, pero repetitivo. Hay destellos del talento de los australianos, aunque la grandeza sigue latente en las profundidades mientras ellos insisten en nadar en la superficie.

