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Skullcrusher – Quiet The Room

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Este otoño no era nada hasta que no llegó a él Quiet the Room de Skullcrusher. El LP debut de Helen Ballentine, artista afincada en Los Angeles, nos tiende la mano para retornar a la madriguera, a medida que nos preparemos para hibernar y reexaminar lo vivido este año, encontrando en los retazos del pasado una guía para seguir avanzando en la próxima primavera. Lo hace madurando el sonido folk que había presentado en sus primeros trabajos, abriéndolo a la experimentación y a nuevos elementos.

Where do you want to be? / Some place you cannot see, son las palabras que abren el disco con They Quiet The Room. Esta letra nos deja ya una pista de lo que viene: muchas preguntas, cierta disociación y un ansia por conectar con el mundo que nos rodea. El disco fue construido en torno a recuerdos de la infancia de Ballentine, en los que trata de encontrar la raíz de sus ansiedades y a redibujar aquellos momentos que el tiempo parece haber borrado. Este buceo, a su vez, se reafirma en la necesidad de encontrar un sentido de lugar en el presente.

Así, su sonido y letras oscilan entre lo etéreo y lo palpable, lo emocional y lo táctil, lo accesible y lo oculto. Nos encontramos con la vocación melódica y luminosa de Pass Through Me, la bucólica y galopante Outside, playing (que me recuerda al Bibio de Sleep on the Wind) o los contrastes entre las secciones de Window Somewhere o Lullaby in February, una nana que desciende quizás a uno de los puntos más oscuros sónicamente del disco. En You are my house, tema que cierra el disco, Ballentine establece un puente entre lo metafísico y lo físico. Si comienza siendo «una carta en tu pupitre, que contiene todas las soledades,» remata reiterando su corporalidad y su relación con el mundo y otros seres vivos: «hundo mis pies en ti, soy consciente de mi peso y la forma en la que te afecta.»

Las cortas letras de los temas bailotean entre lo descriptivo y lo evocador. Como susurros que aparecen y desaparecen entre capas de instrumentos, Ballentine recita las canciones. Las palabras se repiten y a cada vuelta ganan intensidad. Escenas hogareñas, inocentes o costumbristas -como un viaje en coche o una despedida familiar- desencadenan un torrente de pensamientos: sobre la ira, la distancia, la impotencia… y, en última instancia, la incapacidad de encontrar respuestas. De repente, un interludio instrumental. O un tema de 37 segundos: Could it be the way I look at everything?, se pregunta Ballentine en el ecuador del disco.

A la guitarra que predominaba en los primeros trabajos de Skullcrusher, se suman nuevos elementos como el teclado, alguna sección de cuerdas, un banjo ocasional, grabaciones de campo y la pulsión de los drones que otorga cierto elemento de distopía. Los elementos sonoros se entretejen de distinta forma en cada tema, logrando construcciones intrincadas y elegantes, que otorgan a cada pieza una personalidad sónica y emocional única.

En definitiva, Quiet the Room es la génesis emocional del otoño. El retrato musical de una lucha por erigirse entre el recuerdo y lo real, o por construir, más bien, una propia versión de lo real a partir del recuerdo. Skullcrusher consigue momentos de verdadera belleza a través de una producción ensoñadora a la par que enérgica, que sabe donde dejar espacio para flotar, y donde comandar el ritmo, ya sea con unas secuencias de banjo punteado o una sección de cuerdas en crescendo.

Escucha aquí Quiet the Room de Skullcrusher

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