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SQUID – O Monolith

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Se dice muy a menudo que el hombre teme lo que no comprende. Y por tanto, lo odia. Algo que incomoda y resulta desagradable o perturbador suele sentarle muy mal a nuestra mente. Es algo primario, algo básico, algo instintivo. Por ejemplo, existen unas figuras, llamadas Objetos Imposibles, que son representaciones de figuras tridimensionales cuya existencia es literalmente imposible. Los habéis visto en multitud de ocasiones, de hecho, la carrera del artista neerlandés M. C. Escher estuvo basada en este principio. Nuestro cerebro se crea un auténtico esguince tratando de comprender estas figuras. Es perturbador, no puede existir y a la vez existe, porque lo estamos viendo.

Ese mismo principio se puede aplicar al segundo álbum de Squid, este O Monolith (2023). Armonías disonantes, ritmos asincrónicos, arreglos obtusos. Parece música imposible. Pero sin embargo no es disonante, no es asíncrono y desde luego no es obtuso. Y esto se explica porque nuestras convenciones culturales cuadriculan nuestra percepción. Cualquier estructura que no sea un 4×4 —o en su defecto, un 3×4— nos resulta perturbadora. Ejemplos hay miles, como por ejemplo Vamos, de Pixies. Sufjan Stevens basa su discografía en compases 5×4 y por eso suena tan característico. ¿Y las armonías? Las inventaron los griegos. Matemáticos con túnica cuyas prácticas sexuales a muchos hoy día escandalizarían. Se ha reproducido este modelo durante milenios, y cualquier cosa que escape a este estándar suena exótico en el mejor de los casos. Suena satánico y sirve como pretexto para cometer crímenes, en el peor.

Por supuesto, O Monolith no llega a ese extremo. Sin embargo, supone un cambio de rumbo muy acertado por parte de la banda. Con su primer disco, Bright Green Field (2021), la banda quedaba encuadrada en una suerte de post-punk (o punk a secas) inconformista, comprometido y relativamente antisistema, burlón, y heredero de bandas como los primeros Stranglers. Es decir, un nicho claramente dominado por Shame, The Murder Capital o más tangencialmente los demoledores Idles. Es decir, es un espacio superpoblado en el que Squid podría destacar, pero en el que no inventaron nada nuevo. Pero O Monolith sirve como ruptura, como forma de destacar. Sirve como un enorme cartel de neón fucsia que dice “eh, mirad, somos diferentes, somos raros, y no sólo no nos importa, sino que lo fomentamos”

O Monolith es un monumento a lo perturbador. Es una colección de objetos imposibles musicales. Y por eso nos parece tremendamente atractivo. Las secciones de cuerdas y de metales, que en cualquier otro álbum crean un colchón y dibujan un paisaje reconfortante, bello y hermoso, sirven para acentuar un sonido asfixiante, claustrofóbico y temible. Temible porque nuestro cerebro está en una continua rebelión en cuanto suena el primer acorde. Squid explotan hasta el extremo los arpegios y las estructuras en los que Radiohead llevan viviendo desde Kid A (2000). Así de bueno es este O Monolith, que aguanta una comparación tan radical con Radiohead. Los metales recuerdan a los de The National Anthem, los desarrollos a Knives Out, los arpegios a Weird Fishes.

Y es que el primer golpe llega pronto, con la inicial Swing (in a Dream). Con Devil’s Den nos meten en la lavadora industrial de nuestra lavandería más cercana. Totalmente desubicados con los oboes y clarinetes, que normalmente son nuestros amigos, pero que ahora nos traicionan. Para cuando el disco deriva hacia The Blades, nuestra mente empieza a asumir que va a ser así siempre, que no hay forma de escapar y que hay que aceptarlo. Y de ahí hasta la última de las 8 canciones que lo componen. Lo que han hecho Squid es poner patas arriba cualquier planteamiento de la música popular, romper ese vínculo artístico y estilístico con bandas como Shame y alinearse en unos paisajes complejos, surrealistas y poco convencionales, más en la línea de Beak>, brindándonos sin duda uno de los álbumes menos convencionales, más extravagantes y a la vez sólidos y llenos de personalidad y carisma de lo que llevamos de año. Y posiblemente de lustro. Toda una sorpresa, un giro más o menos inesperado, porque los mimbres existían ya en el primer disco, pero no por ello menos impactante. Lo cierto es que el panorama musical necesitaba una banda capaz de asumir estos sonidos oscuros, penetrantes e inquietantes, al menos en el espectro de la música alternativa. Han explorado un mundo virgen en esta nueva generación de bandas y lo han hecho con decisión, con maestría y con un resultado inapelable.

Escucha aquí O Monolith de Squid

Guillermo Vázquez
Guillermo Vázquez
A veces escribo de música, a veces escribo de coches. Otras veces hago música. Pero la mayor parte del tiempo me quejo por cosas.
Se dice muy a menudo que el hombre teme lo que no comprende. Y por tanto, lo odia. Algo que incomoda y resulta desagradable o perturbador suele sentarle muy mal a nuestra mente. Es algo primario, algo básico, algo instintivo. Por ejemplo, existen unas...SQUID - O Monolith