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Squirrel Flower – Say a Prayer to the Gods of Getting Going

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El vacío y los asideros del asfalto

Hay momentos en la historia en los que uno no sabe dónde apoyar los pies. Tampoco dónde agarrarse con las manos. El mundo sigue avanzando mientras nosotros permanecemos suspendidos en una especie de estación sin horarios, mirando cómo pasan los trenes sin saber cuál debemos tomar. Vivimos rodeados de objetos, personas, pantallas y ruido. Sin embargo, nunca ha resultado tan difícil sentirse realmente acompañado. Todo parece diseñado para acelerar. Para llegar antes. Para consumir más deprisa. Para eliminar cualquier incomodidad del camino. Y quizá por eso existan discos como este.

Squirrel Flower, el proyecto de la estadounidense Ella Williams, vuelve a poner el motor en marcha con Say a Prayer to the Gods of Getting Going, no para escapar sino para averiguar qué queda de nosotros cuando abandonamos el lugar conocido. Carreteras interminables, ciudades oxidadas, paisajes que parecen no terminar nunca y una voz que busca respuestas mientras conduce. Say a Prayer to the Gods of Getting Going apareció el 21 de agosto de 2026 a través de Polyvinyl Record Co. Es su cuarto álbum de estudio para el sello y su sexto trabajo de larga duración. Once canciones. Treinta y cinco minutos y medio. Una colección nacida de carreteras secundarias, polvo, silencio, movimiento y esa sensación de conducir sin saber del todo hacia dónde.

Una oración antes de girar la llave

El nuevo trabajo comienza allí donde terminó su anterior álbum, Tomorrow’s Fire (2023). No es una continuación convencional. Es más bien como volver a una carretera después de haber dejado atrás una ciudad en llamas. Williams escribió más de treinta canciones durante el proceso. Algunas terminaron en el disco. Otras quedaron fuera. El resultado no busca una uniformidad artificial. De hecho, la propia artista reconoce que la cohesión estilística no era su prioridad. Quería variedad, pero sin perder el hilo de su identidad.

El álbum fue grabado en Merry Meadow, en Door County, Wisconsin, y posteriormente trabajado en Drop of Sun Studios, Asheville, Carolina del Norte. Williams produjo el disco junto a Alex Farrar, Seth Engel y Jack Henry Lickerman. Farrar asumió también la mezcla y Bob Weston realizó la masterización.

La grabación posee algo de viaje físico. Primero una banda reunida en Wisconsin para tocar en directo. Después, el material viaja hasta Asheville para ser reconstruido y afinado. El propio proceso termina reflejando el espíritu de las canciones: movimiento, transformación y búsqueda de un lugar donde todo pueda finalmente encajar.

El reparto instrumental es enorme. Williams aparece en todas las pistas con voz, guitarra, Fender Rhodes, acordeón, flauta dulce y percusión. Farrar aporta bajo, guitarra, batería, piano, teclados y percusión. Seth Engel, Jack Henry Lickerman, Andy Krull y Dave Hartley amplían el armazón. Dimitri Giannopoulos, Sofia Jensen, Clay Frankel, Seth Kauffman, Jameson Williams, Jesse Williams, Nate Williams, Chris Simmons y Book Not Brooke completan un reparto que convierte el disco en algo mucho más colectivo de lo que podría parecer a primera escucha.

La flor de ardilla que recorre la noche

Ella Williams creció en Boston y comenzó a cantar en el Boston Children’s Chorus. Aprendió guitarra y teoría musical antes de entrar en la escena DIY de la ciudad durante su adolescencia. El nombre Squirrel Flower, que había utilizado desde niña, terminó convirtiéndose en su identidad artística. Más tarde, durante sus años universitarios en Iowa, publicó sus primeras canciones y encontró en los enormes espacios del Medio Oeste una fuente fundamental de inspiración. Desde entonces, su música ha mantenido una relación casi física con el territorio. Boston, Iowa, Chicago, carreteras, pueblos, lagos, desiertos. Lugares que no funcionan como simple decoración, sino como personajes.

En Say a Prayer to the Gods of Getting Going esa relación se vuelve todavía más profunda. Williams ha explicado que escribió la canción titular en el desierto del sur de Nuevo México. Allí podía contemplar enormes cadenas montañosas y sentir, según sus propias palabras, pasado, presente y futuro al mismo tiempo. Quería convertir esa sensación de pequeñez ante un paisaje gigantesco en sonido. La carretera, por tanto, no es una metáfora añadida desde fuera. Forma parte de su manera de entender la música.

Guitarras entre el polvo y el horizonte

Musicalmente, el álbum se mueve por una frontera donde el indie rock, el folk, el country y el heartland rock se contaminan mutuamente. Pero sería demasiado sencillo llamarlo simplemente un disco acústico. Hay guitarras eléctricas que cortan el aire, bajos profundos, baterías que aparecen como motores lejanos, Fender Rhodes, acordeón, viola, violonchelo y teclados. La producción de Farrar permite que convivan la fragilidad y el ruido.

En ciertos pasajes, las cuerdas eléctricas rugen como un huracán eléctrico. En otros, desaparecen casi por completo para dejar espacio a la respiración de Williams. La propia artista explicó que Farrar la animó a recuperar una música folk etérea pero arraigada, espaciosa y texturizada. También quería que la voz sonara natural, sin la sensación de estar atrapada dentro de un estudio. Buscaba algo parecido a tener la interpretación directamente en los oídos, con la energía de un concierto.

El contraste resulta fundamental. Helicopters, por ejemplo, retrata el trayecto entre Chicago y las dunas de Indiana. Williams describe aquel paisaje como una mezcla extraña de industria y belleza. Fábricas, carreteras y contaminación conviven con algo sublime. Musicalmente quiso traducir esa contradicción mediante guitarras crujientes, feedback y tensión. Es exactamente el tipo de belleza incómoda que recorre todo el álbum.

Una voz que no necesita gritar

La voz de Williams es el centro de gravedad. Su registro puede parecer frágil, pero nunca resulta débil. Tiene una cualidad elástica que le permite pasar de una proximidad casi hablada a un canto amplio y luminoso. La producción deja espacio alrededor de su garganta. No la encierra. En Say a Prayer to the Gods of Getting Going esa voz adquiere una dimensión particularmente humana. No interpreta desde la distancia. Parece estar sentada en el asiento delantero mientras nosotros viajamos detrás. Hay momentos en los que se vuelve casi espectral. Otros exigen una mayor tensión y permiten que aparezcan registros más altos.

Foot Thick Ice es especialmente reveladora: Williams comienza contenida y termina atravesando una pared de distorsión con una intensidad vocal que rompe la calma anterior. Pero quizá lo más importante sea su capacidad para contar sin teatralizar. Williams no necesita convertir cada emoción en un acontecimiento. Puede cantar una frase cotidiana y dejar que el contexto haga el resto. Esa naturalidad explica buena parte de la fuerza del disco.

Una portada como puerta de entrada

La imagen de la portada, acreditada a Daniel Topete y Jackson James, muestra una carretera negra que atraviesa un paisaje verde hasta desaparecer en el horizonte. A ambos lados se extiende una vegetación alta, casi salvaje. Sobre ella aparece un cielo azul y blanco de aspecto pictórico, irregular, casi como si hubiese sido extraído de un cuaderno de viaje. Sin embargo, hay un elemento que domina toda la composición: una extraña rueda blanca provista de alas que flota sobre la carretera.

No sabemos si existe una explicación oficial para esa figura y, por tanto, no conviene atribuirle una intención concreta. Pero visualmente resulta imposible ignorarla. La rueda representa movimiento. Las alas sugieren libertad. Y ambas cosas aparecen suspendidas exactamente sobre la carretera. Es como si el viajero tuviera un pequeño dios encima de la cabeza antes de emprender el camino.

La negra carretera no representa solamente desplazamiento. Representa la necesidad de ponerse en marcha cuando todavía no sabemos hacia dónde vamos. Es como una herida que atraviesa el campo. La última canción, Weightless, Untethered, remata esta sensación: primero la rueda que permite avanzar y después la posibilidad de quedar sin peso, sin estar atado.

La carretera no representa únicamente libertad. También es una respuesta al inmovilismo, a ese momento en que quedarse quieto puede resultar más doloroso que avanzar sin rumbo Williams convierte el movimiento en una necesidad casi espiritual: no siempre sabemos hacia dónde vamos, pero a veces necesitamos arrancar para descubrirlo

Vidas que pasan y no vuelven

Este es el verdadero corazón del álbum. Cada canción es como un «archivo viviente de un momento o un lugar». No pretende detener el tiempo. Quiere guardar pequeños fragmentos antes de que desaparezcan. Williams contó que el título apareció al abandonar una cabaña aislada de un amigo en Vermont. Después de un periodo de aislamiento, sintió que salir de allí y regresar al mundo social requería una especie de oración a los dioses de ponerse en marcha. Pero moverse puede ser libertad, pero también huida. Quedarse puede ofrecer refugio, y a su vez, convertirse en una jaula. Todo el álbum vive dentro de esa grieta.

El disco no romantiza la vida en movimiento. Marcharse significa dejar atrás personas, lugares y certezas. Por eso resulta tan revelador el contraste entre ponerse en marcha y permanecer quieto. La verdadera libertad puede ser también una forma de intemperie Estar libre significa, en ocasiones, no tener nada a lo que agarrarse

Once paradas para no perder el norte

El álbum comienza con Say a Prayer to the Gods of Getting Going, una pieza amplia y casi ceremonial que parece el instante anterior a girar la llave. Es una invocación al movimiento, pero también una aceptación de que ponerse en marcha implica abandonar algo. Cleveland introduce inmediatamente la dimensión geográfica. La ciudad deja de ser un punto en el mapa para convertirse en una coordenada sentimental. Escrita junto a Nate Williams, la canción habla de distancia y perspectiva mientras la instrumentación abre el espacio.

Después aparece Not Me, pieza que explora la tensión entre la independencia emocional y la inevitabilidad del deseo. Por un lado, refleja un intento de autosuficiencia y desapego («sol del desierto, nunca necesité a nadie»), defendiendo una libertad individual donde uno toma lo que puede de la vida. Por otro lado, la presencia constante de la otra persona en los sueños y la insistencia del estribillo —«yo no»— actúan como un escudo protector: una negativa rotunda a ceder por completo o a aceptar las reglas de un juego afectivo que el narrador prefiere mantener a distancia. Seguidamente, Helicopters lleva el viaje hacia el paisaje industrial. Las guitarras se tensan y el feedback parece contaminar el aire. Es una canción sobre mirar un territorio contradictorio y descubrir que la belleza también puede surgir entre fábricas y contaminación.

Entre el asfalto y el hielo

A continuación, Highway Woman introduce una de las figuras centrales del disco: la mujer de carretera, independiente, difícil de atrapar. Williams ha explicado que la canción apareció con una naturalidad especial, como si simplemente hubiera tenido que dejarla pasar a través de ella. Esa sensación casi espiritual encaja perfectamente con la figura alada de la portada.

Entonces llega Reelin, probablemente una de las piezas donde mejor se resume el conflicto del álbum. Williams partió de una vieja factura de peaje de Kansas que había guardado y convirtió aquel objeto cotidiano en una canción sobre el tira y afloja entre la domesticidad y el desmoronamiento: «Cuando tenga 30 voy a tener un marido y un jardín, un plan, buenas intenciones y buen crédito hasta que las cosas malas me llamen de nuevo». Existe el deseo de tener casa, jardín, estabilidad y una vida ordenada. Pero también aparece esa voz interior que pregunta cuánto tiempo podríamos soportarlo antes de volver a marcharnos.

Foot Thick Ice endurece el paisaje. El título ya contiene una advertencia. Caminar sobre hielo fino significa avanzar sabiendo que cada paso puede terminar mal. Musicalmente, la canción comienza contenida y va acumulando tensión hasta que las guitarras rompen la superficie.

Sick Tooth es una pequeña descarga de apenas un minuto y cuarenta segundos. Una miniatura nerviosa que pasa rápidamente y deja una molestia parecida a la que anuncia su título. Funciona como una radiografía de la disonancia entre los cambios superficiales y el dolor interno que no cede. Mientras el entorno evoluciona y se renueva, la constatación de que «eso no cambia nada» revela un estancamiento emocional profundo: las circunstancias externas cambian, pero las heridas reales siguen intactas.

El horizonte sin asideros

Con Fought a Hornet llegamos a uno de los momentos más particulares. Williams escribió la canción durante una estancia solitaria en una cabaña de Vermont, donde pasó varios días aislada, leyendo a Rilke y tocando una guitarra clásica de su abuelo. La pieza nace de ese aislamiento y posee una cualidad casi primitiva. Surfing USA vuelve a abrir el horizonte. El título juega con una idea reconocible de la cultura estadounidense, pero Williams la transforma en otra cosa: un viaje por los paisajes de los Grandes Lagos, donde la libertad vuelve a aparecer mezclada con cierta melancolía. Y entonces llega Weightless, Untethered. No son dos canciones. Es una sola. Y su título parece la conclusión perfecta: sin peso, sin estar atado. Después de todo el viaje, el viajero podría finalmente haber dejado atrás aquello que lo retenía. Pero también podría haberse quedado sin ningún lugar donde sujetarse.

El dios de las carreteras

El concepto del álbum se entiende mejor cuando dejamos de hablar de carretera y empezamos a hablar de libertad. Williams no parece buscar una libertad romántica y limpia. Sabe que tiene un precio. La vida nómada puede ser estimulante y agotadora. El amor puede convertirse en refugio y prisión. La estabilidad puede salvarte o detenerte. Es por ello que a la autora le gustaría que quienes escucharan el disco sintieran que pueden vivir y amar con mayor libertad, sin encerrarse en una única identidad. Para ella es posible ser varias cosas a la vez, incluso cosas contradictorias. Ahí está probablemente la verdadera respuesta al vacío del que hablábamos al principio. No se trata de encontrar un asidero definitivo. Quizá se trata de aceptar que no existe.

La mayor virtud del álbum es su capacidad para convertir momentos aparentemente insignificantes en pequeñas cápsulas de memoria

No intenta detener el tiempo, lo archiva antes de que desaparezca. Y ahí reside la magia de Squirrel Flower: transformar lo cotidiano en algo que, después de ser cantado, ya no vuelve a parecernos habitual

Cuando el viaje se convierte en casa

Say a Prayer to the Gods of Getting Going es un disco de carretera que no necesita carreteras. Es un trabajo sobre la necesidad de avanzar cuando quedarse quieto comienza a doler. Sobre el deseo de pertenecer y el miedo a ser poseído. Sobre ciudades que podrían convertirse en hogares y sobre hogares de los que necesitamos escapar. Williams ha construido un álbum que respira con una naturalidad engañosa. Detrás de esa apariencia espontánea hubo treinta canciones, diferentes caminos posibles y un proceso que la propia artista calificó de difícil y agotador.

Pero el resultado no muestra las costuras. Y quizá esa sea su mayor virtud. Cuando termina Weightless, Untethered no queda la sensación de haber llegado a ninguna parte. Queda algo mejor: la impresión de haber recorrido una distancia interior. Ella Williams no nos entrega un mapa. Nos entrega el coche, las llaves y una carretera abierta. Y después nos deja decidir si queremos arrancar.

Porque Squirrel Flower no ha hecho aquí un álbum para hacernos sentir cómodos. Ha creado algo mucho más interesante: un álbum que acepta la contradicción, la incertidumbre, el movimiento y la quietud como partes de una misma vida. Como ella misma dice: «No lo hacemos porque sea fácil. Lo hacemos porque es difícil y doloroso».

Escucha aquí «Say a Prayer to the Gods of Getting Going» de Squirrel Flower

Carlos Flaqué Monllonch
Carlos Flaqué Monllonchhttps://crazyminds.es/author/carlos-flaque/
Periodista. Fotógrafo. Diseñador gráfico. Muchos años al pie del cañón. Ahora toca recuperar el pulso y volver a lo esencial. La música siempre ha sido el eje. No como ruido de fondo, sino como lenguaje, refugio y forma de entender el mundo. Está en todo lo que hago. Me interesa escribir sobre bandas que se salen del guion, que cuestionan lo establecido y abren grietas en lo convencional, ya sea desde el sonido, el concepto o la actitud. Propuestas que no buscan encajar, sino expandir. En Crazyminds, mi papel es claro: dar visibilidad a ese universo «underground» donde laten algunas de las ideas más honestas y estimulantes de la música actual. Hay mucho ahí fuera esperando ser descubierto. Así que vamos a ello. Porque sin transgresión no hay cambio. Y sin cambio, la música deja de tener sentido.