El verano del odio
Desde las brumas atlánticas de Espinho, donde el salitre se mezcla con la distorsión, surge una propuesta que rompe el eje geográfico convencional del rock europeo. Portugal no solo exporta fado y melancolía; expide una psicodelia abrasiva que, en manos de Summer of Hate, se transforma en un puente místico entre el Occidente más ácido y un Oriente espiritual y rítmicamente ecográfico. Con su nueva entrega, la banda lusitana nos invita a un ritual de dualidades donde la violencia y la dulzura no solo coexisten, sino que se necesitan mutuamente para alcanzar la iluminación sonora.
La alquimia psicodélica de los polos
El regreso de los portugueses no es un evento menor para los devotos del underground ibérico. Blood & Honey se manifiesta como el segundo álbum de estudio de Summer of Hate, una obra ambiciosa que ha encontrado su hogar bajo el prestigioso sello Tee Pee Records. Lanzado oficialmente el 30 de enero de 2026, este doble LP conceptual es el resultado de un proceso de grabación que busca capturar la energía visceral de sus directos, expandiendo su paleta hacia territorios de la música global.
La producción del álbum equilibra con maestría la densidad del shoegaze con la claridad melódica del jangle pop. Aunque la banda lidera la visión creativa, la masterización ha buscado ese muro de sonido que caracteriza a las grandes obras del género, permitiendo que las texturas de la música sufí y los ritmos de dabke respiren entre las capas de distorsión. La realización de este trabajo marca un hito en su carrera, consolidándolos como una de las voces más singulares de la península.
De Espinho al pulso sonoro de Porto
La historia de Summer of Hate es la de una ascensión constante desde la periferia. Formados en la ciudad costera de Espinho, pero asociados al pulso sonoro de Porto, el grupo nació de la visión de João Martins, quien supo amalgamar las raíces de la psicodelia sesentera con el resurgimiento oscuro de los años 80. No son unos recién llegados al fango del escenario; su trayectoria está curtida en carreteras y festivales, habiendo compartido tablas con tótems de la talla de The Brian Jonestown Massacre, The Damned o Sisters of Mercy.
Esa experiencia frente a audiencias diversas ha moldeado un sonido que no teme a la confrontación. Haber teloneado a bandas como A Place to Bury Strangers les otorgó el doctorado en el uso del volumen como arma, mientras que su convivencia con la nueva ola portuguesa —grupos como MAQUINA. o HETTA— los mantiene conectados con la urgencia del post-punk contemporáneo. Su música ha resonado en emisoras alternativas desde Lisboa hasta el Reino Unido, preparando el terreno para la expansión total que supone este nuevo disco.
La alineación del caos
El núcleo creativo de Summer of Hate descansa sobre la simbiosis entre João Martins (guitarra, teclados y coros) y Laura Calado (voz y letras). Es en este binomio donde se gesta la tensión dramática de la banda. La sección rítmica, pilar fundamental para sostener los complejos ritmos orientales del álbum, está compuesta por Fábio Pereira al bajo y Pedro Lopes en la batería.
Para esta odisea discográfica, la banda ha abierto sus filas a colaboradores que aportan matices fundamentales. Las guitarras se ven reforzadas por los invitados Ricardo Fonseca y Xavier Valente, más la percusión de Regina Faria, crean un tejido eléctrico casi impenetrable. El álbum, fa sido producido y mezclado por Thomas Attar (Blood) y Rafael Silva (Honey) en los estudios HAUS y Cisma, respectivamente. Los arreglos que vinculan el disco con las escalas raga e indias, elevanel álbum por encima de los clichés del género. La masterización es de Steve Kitch y todas las canciones fueron escritas por João Martins y Laura Calado.
Los artilugios inmersivos de la sangre y la miel
El sonido de Blood & Honey es un campo de batalla. Por un lado, encontramos una instrumentación que bebe directamente del noise rock y el shoegaze más inmersivo, con guitarras que emulan el zumbido de un enjambre de abejas bajo el sol del desierto. Por otro, la inclusión de percusiones que, remiten al dabke y estructuras propias de la música clásica de Oriente Medio, dota al conjunto de una cualidad hipnótica, casi religiosa, como si el zumbido de un enjambre quedara atrapado bajo una luz demasiado intensa y empezara a arder por dentro.
La presencia de percusiones asociadas al dabke y de giros tomados de la música clásica de Oriente Medio introduce una dimensión ritual, casi de trance antiguo, que convierte cada tema en una procesión más que en una simple canción. Así, el disco no solo suena denso: respira como una ceremonia en la que la sangre empuja hacia el desgarro y la miel actúa como un hechizo de atracción, una dulzura que no suaviza la herida, sino que la vuelve aún más hipnótica.
Bajo la lírica de Ariadna
El hilo de Ariadna sirve como una metáfora para hablar de la voz de Laura Calado y de cómo guía el álbum. En el mito, el hilo permite entrar en el laberinto y encontrar la salida; aquí la voz hace algo parecido: entra en el ruido, lo atraviesa y evita que el disco se pierda en su propia densidad. No es una voz que domine por fuerza, sino por orientación: aparece como una línea de sentido dentro de un paisaje de distorsión, reverberación y capas de guitarra.
Podría decirse que la voz funciona como un hilo emocional. En Blood & Honey suena herida; en Ashura, casi ritual; en Além, frágil e íntima; y en el cierre, más que cantar, parece dejar una señal para no naufragar del todo. Ese recorrido encaja muy bien con la idea de Ariadna: la voz no solo interpreta, sino que lleva de un extremo al otro del laberinto sonoro.
También puede leerse el «hilo» como una forma de memoria. Igual que Ariadna conecta al héroe con la salida, la voz conecta al oyente con el centro emocional del disco: lo humano, lo vulnerable, lo que persiste cuando la textura instrumental se vuelve espesa. En un álbum tan inclinado al trance y al pastiche, esa voz es lo que impide que todo se convierta en pura superficie.
La voz de Laura Calado actúa como el hilo de Ariadna dentro del laberinto eléctrico del disco: guía, ordena y da sentido a un universo de distorsión, mientras atraviesa cada canción como una señal de fragilidad y dirección.
El velo de la novia dorada
La portada de Blood & Honey es una declaración de intenciones estética. Enmarcada en un fondo negro profundo, una figura femenina central captura la mirada. Ataviada con un vestido oscuro y adornada con una profusión de joyería que evoca la opulencia de las tradiciones orientales, la mujer parece una deidad antigua o una sacerdotisa de un culto olvidado.
Las gemas incrustadas en su rostro y cuello, representadas en tonos rojos (sangre) y dorados (miel), subrayan la dualidad del título. La ilustración, de trazo minucioso y aire bizantino, refleja perfectamente el contenido del álbum: una mezcla de elegancia clásica y ornamentación exótica. El contraste de los bordes decorados con triángulos rojos refuerza esa sensación de peligro latente bajo una superficie de belleza estática. Es el verano del odio.
La danza de los opuestos
El álbum se estructura como un doble LP que explora dos mundos sonoros opuestos pero complementarios. El lado Blood (Sangre) es la víscera, el pogo, el ruido. Es aquí donde Summer of Hate abraza su faceta más pesada, utilizando escalas raga para inducir un estado de trance violento. Es el sonido de la carne y el sacrificio, una respuesta visceral a la complejidad del mundo actual.
«Blood es una exploración del lenguaje del shoegaze a través de la música global, el punk y ritmos bailables. Una mezcla de diversos ingredientes de la música sufí, el dabke, las escalas frigias e indias, el raga y el drone, se expande para ampliar el lenguaje psicodélico y el impresionismo del shoegaze. Su objetivo es promover la estética musical de Oriente Medio y expandirla a través de la energía del punk y texturas ruidosas» –Summer of Hate
En contraposición, el lado Honey (Miel) es la sanación. Inspirado por el britpop temprano y el slowcore, este segmento del disco busca la luz a través de melodías aterciopeladas y una melancolía que reconforta en lugar de hundir. Es el romanticismo de los 60 filtrado por la lente de los 80, una demostración de que la banda domina tanto el caos como la caricia.
«Honey amplía el shoegaze inicial y lo filtra por un pop de raíz portuguesa que mira a los 60 con nostalgia, pero también con método. Entre el twee, el jangle, el post-punk, el britpop y el slowcore, la banda construye tres canciones finales pensadas para acariciar la memoria antes que para golpearla: melodías hermosas, de pulso suave, como si C86 sonara desde un cuarto en penumbra» – Summer of Hate
La mención de C86 significa la recopilación de casete de NME publicada en 1986, y por extensión el ambiente sonoro e indie que se asocia a esa cinta: guitarras jangly, melodías simples, sensibilidad DIY y un aire entre ingenuo y melancólico.En esa frase de Summer of Hate, la referencia a C86 invoca el canon del indie pop británico de 1986: canciones de guitarras cristalinas, melodía inmediata y una melancolía doméstica que convirtió lo pequeño en una forma de estilo.
Un viaje de 46 minutos
Blood & Honey abre el disco como una herida luminosa. La canción juega a ser umbral y manifiesto al mismo tiempo, con una frase que deja el pulso emocional al descubierto: «mi corazón está manchado». No es un arranque victorioso, sino un inicio sometido a la gravedad; la banda entra como quien enciende una hoguera dentro de una habitación cerrada.
Acto seguido, nos adentramos en los ritmos desérticos de El Saif, desplazando el centro de gravedad hacia una zona más ritual y corporal, con una arquitectura que parece avanzar entre sombras y percusión mental. Aquí ya no suena ese shoegaze expandido, sino que se entiende el ruido como tránsito y no como simple impacto. La colaboración externa refuerza esa sensación de viaje, de pieza abierta a otros acentos y otras respiraciones.
Ashura es probablemente el corte más explícitamente bélico del álbum. Su propio vocabulario lo dice todo: «el día de la sangre / el camino de la sangre», es una letanía que convierte la canción en marcha ceremonial, casi en procesión de guerra. La banda no usa esa imaginería como decoración exótica, sino como forma de tensar el pulso hasta volverlo casi físico.
Todo ello desemboca en la monumental Mayura. Sus ocho minutos de duración son una lección de cómo construir tensión a través de la repetición y el ruido controlado, una pieza que seguramente se convertirá en el clímax de sus próximos directos. La pista prolonga el clima de trance, pero con una sensación más ambigua, menos frontal. Es una canción que parece caminar sobre la cuerda floja entre el éxtasis y la pérdida, entre la belleza y el desorden. Ahí se entiende muy bien que Summer of Hate no persiguen una épica limpia, sino una épica embarrada, llena de reverberación, eco y amenaza latente.
La inmersión continúa
El ecuador del disco nos regala, Além, el single cantado en portugués. Es una joya de dream pop que se siente como una brisa fresca tras la intensidad previa, manteniendo esa atmósfera ruidosa, pero con una sensibilidad melódica envidiable: «si me quieres, no puedo creerlo». Es una de esas canciones que no necesitan levantar la voz para dejar cicatriz; basta con sostener la duda en el aire.
Como un guiño inevitable a sus raíces, Joy se presenta como un tributo directo a la oscuridad de Manchester, evocando el legado de Joy Division y New Order con una línea de bajo que camina implacable sobre sintetizadores etéreos. Mira hacia atrás sin volverse caricatura. Su homenaje al post-punk no es un gesto de museo, sino una forma de recuperar esa mezcla de nervio, melancolía y precisión que convirtió a tantas bandas de finales de los 70 y principios de los 80 en algo más que simples referencias. Aquí la alegría del título suena casi irónica: la felicidad aparece filtrada por una grieta.
El cierre llega con The Gospel (According to Summer of Hate), una composición épica de casi diez minutos. Es la culminación del concepto del álbum: un evangelio de ruido y belleza que se expande hasta ocupar todo el espectro sonoro. La letra, cargada de simbolismo, nos habla de redención y olvido, cerrando el círculo de este ritual atlántico-oriental con un final atmosférico que deja un eco prolongado en el silencio posterior: «es tan fácil desvanecerse».
Despidiendo a la novia del verano del odio
Lo interesante de Blood & Honey es que no se limita a alternar dureza y dulzura; hace que ambas cosas se contaminen. El lado Blood empuja hacia la aspereza, el trance y la densidad, mientras que Honey abre la puerta a una melodía más inmediata, pero sin perder el temblor de fondo. Esa tensión hace que el disco no suene a colección de canciones, sino a un único cuerpo dividido en dos estados de ánimo.
También hay algo muy potente en cómo la banda maneja la herencia. Aquí el pasado no se cita como adorno, sino como materia viva: shoegaze, post-punk, C86, britpop, slowcore y músicas de raíz oriental se juntan sin pedir permiso. El mérito está en que nada parece forzado; todo suena como si el grupo hubiera encontrado un idioma propio dentro del reciclaje afectivo.
Blood & Honey es, por tanto, un disco que muerde y acaricia a la vez. Summer of Hate firman un trabajo con imaginación, con identidad y con una idea clara de cómo hacer que la nostalgia no sea un refugio, sino una forma de tensión creativa. Entre la sangre y la miel, el álbum no elige un bando: prefiere quedar suspendido en esa zona donde el ruido todavía puede emocionar y la melodía todavía puede herir.
En definitiva, Summer of Hate ha logrado con Blood & Honey lo que pocas bandas se atreven a intentar: unificar dos polos geográficos y emocionales sin caer en la caricatura. Este disco es un testamento de madurez, una obra que exige ser escuchada con la atención de quien asiste a una ceremonia. En un mundo de singles efímeros, los de Espinho nos entregan un álbum doble que es, ante todo, una experiencia física y espiritual. La sangre ya ha sido derramada; ahora solo queda disfrutar de la miel.

