El pinchazo letal del «cactus» legendario
En la década de 1970, la formación clásica de Cactus integrada por Tim Bogert, Carmine Appice, Jim McCarty y Rusty Day se ganó el apodo de El Led Zeppelin americano. Su sonido se definía por llevar los estándares del blues clásico hacia un terreno sumamente ruidoso, rápido y pesado. Es la música perfecta para ambientar las historias de Hijos de la Anarquía, serie televisiva que narraba la vida en un club de motociclistas que operaba ilegalmente en Charming, un pueblo ficticio en el Norte de California.
En lugar de componer material nuevo, Temple Of Blues II (2026) toma canciones del catálogo de los 70 —tanto reversiones de clásicos tradicionales de Willie Dixon o Muddy Waters que Cactus tocaba, como temas propios de la época como Token Chokin’ o Bad Stuff— y les aplica el mismo tratamiento. El estilo de batería hiperactivo y pesado de Appice sigue siendo el motor idéntico a sus grabaciones de hace más de cincuenta años. En canciones como Token Chokin’, las armonías vocales de la década de 1970 se reemplazan por solos de guitarra estratosféricos a cargo de Bumblefoot, adaptando la furia setentera al virtuosismo contemporáneo.
Las generaciones que vivimos los 70 no podemos olvidar el sonido de aquellas bandas legendarias de hard rock. fue Una época irrepetible que marcó el desarrollo posterior de la música rock y de nuestra forma de entender la vida
El embrujo de la cofradía rockera de los 70
Temple Of Blues II – All-Stars es un disco de blues-rock lanzado bajo el sello Cleopatra Records. Funciona como una secuela directa de su aclamado trabajo de colaboraciones de 2024, reuniendo a una impresionante alineación de estrellas del hard rock y el metal para reimaginar clásicos del blues con la clásica potencia rítmica y el estilo pesado característicos de Cactus.
El núcleo operativo actual de la banda está integrado por Ed Terry (voz principal), Appice (batería), Artie Dillon a la guitarra rítmica y James Caputo al bajo. A esta estructura se suma una gigantesca lista de invitados de élite.
El espectro de colaboradores se divide principalmente entre héroes de la guitarra como Steve Morse (ex-Deep Purple), Eric Gales, Alex Skolnick (Testament) y Tracii Guns; vocalistas históricos de la talla de Dee Snider (Twisted Sister), Joe Lynn Turner (Rainbow/Deep Purple) y la cantante folk Melanie; y un desfile de bajistas virtuosos que incluye a Billy Sheehan (Mr. Big), Dug Pinnick (King’s X), Rudy Sarzo y Tony Franklin.
Rodando a través del asfalto incandescente
El álbum consta de once pistas llenas de dinamismo y colaboraciones de primer nivel. Las guitarras afiladas y los graves colosales se fusionan en cada corte. En Back Door Man Pt. 1 & 2, la dupla de Gales y Sheehan dinamita cualquier atisbo de blues convencional con una ejecución técnica implacable. Por su parte, 300 Pounds Of Joy con Ty Tabor y Moanin’ At Midnight con Pat Travers demuestran que las texturas crudas del género madre se benefician enormemente de una producción cristalina pero salvaje.
El ritmo trepidante continúa en Down In The Bottom junto a Pinnick, mientras que Bad Stuff con Morse, Turner, Derek Sherinian y Franklin eleva el listón del rock progresivo y pesado. La tensión no decae en Tail Dragger de la mano de Sarzo y Skolnick, ni en The Little Red Rooster, donde Snider, Guns y Jimmy Haslip aportan una energía visceral inigualable. Hacia el tramo final, Spoonful une el talento de Ted Nugent y Bob Daisley, cerrando con Feel So Good (bonus track exclusivo en formato CD) junto a Sheehan y Britt Lightning.
«Cuando tocábamos originalmente, no pensábamos que estuviéramos inventando nada; solo tocábamos nuestro blues lo más duro y rápido que podíamos hasta que las paredes temblaban.
Invitar a tantos amigos y gigantes de la guitarra a este templo es una forma de comprobar que las raíces que plantamos hace cincuenta años siguen alimentando el árbol del rock pesado» ––Carmine Appice
El rugido metálico de la bestia moderna
Las interpretaciones vocales a lo largo de la placa funcionan como verdaderos camaleones estilísticos, capaces de mutar sin perder el ADN visceral que recorre todo el proyecto. Desde los registros teatrales, afilados y desgarradores de Snider hasta el blues melancólico y profundo que emana en cada intervención de Turner o la propia Melanie en Purple Haze (Temple of Blues Version), la voz jamás compite con la instrumentalización pesada. Muy al contrario, cabalga soberana sobre ella, convirtiendo cada estrofa en un ejercicio de equilibrismo dinámico entre la potencia instrumental y la pegada lírica.
En el epicentro de este tornado sónico, el vocalista principal Terry ejerce de maestro de ceremonias, manteniendo cohesionado el proyecto con una solvencia inapelable. Su talento radica en saber cuándo acelerar a fondo y cuándo ceder el protagonismo vocal en los momentos justos, permitiendo que los ilustres invitados impriman su sello personal absoluto sin que la obra se desarticule. El resultado es un equilibrio milimétrico donde el rugido de la bestia moderna respira a pulmón abierto, conservando intacta esa identidad callejera, honesta y ruda que define la columna vertebral del sonido.
El «Mustang» de las estrellas
La portada del disco muestra el frontal de un potente Ford Mustang moderno (específicamente de séptima generación, modelo a partir de 2024), reconocible por el diseño de su parrilla frontal y los faros delanteros. El diseño juega de manera muy inteligente con la identidad del grupo: han modificado el icónico emblema del caballo salvaje (Mustang) en el centro de la parrilla para sustituirlo por una cobra metálica tridimensional, haciendo un guiño directo tanto al potente rugido del vehículo como a la clásica estética de velocidad y potencia de la banda. Debajo, una placa personalizada con las letras en relieve ALL STARS anticipa la constelación de músicos invitados que participan en la obra.
Dominando la parte superior, el logotipo clásico de Cactus aparece con letras plateadas y un sutil degradado rojo interior que refleja la agresividad del género. En la parte inferior, el título Temple Of Blues II se presenta en tipografía metálica texturizada sobre el fondo negro absoluto, unificando la elegancia sobria del diseño con la rudeza inquebrantable del hard rock.
El corazón de los forajidos del sacro templo
El concepto detrás de este disco es el de un tributo circular e histórico. El álbum busca celebrar el nacimiento de la banda reconectando con sus raíces más profundas. Por ejemplo, la inclusión de Purple Haze junto a la fallecida cantante Melanie funciona como un homenaje directo al legendario Festival de la Isla de Wight de 1970, donde tanto Cactus como Melanie y el propio Jimi Hendrix compartieron cartel.
El mensaje implícito es la atemporalidad del blues-rock pesado. Al reunir a músicos de géneros posteriores como el heavy metal, el thrash o el rock progresivo para tocar estas canciones, Appice demuestra el impacto y la enorme influencia que la propuesta de Cactus tuvo sobre las generaciones posteriores de músicos de rock duro. Es una declaración de que el sonido rudo y orgánico de los inicios de la banda sigue tan vigente y poderoso como en su época dorada.
«El blues es una conversación eterna entre el dolor y la potencia; nosotros simplemente decidimos amplificarla hasta el límite» ––Carmine Appice
Apagando los motores
Temple Of Blues II apaga los motores tras el trayecto, pero el eco de su estruendo sigue resonando con la fuerza de un bloque motor a pleno rendimiento. Este trabajo no se queda atrapado en el retrovisor de la nostalgia ni busca el aplauso fácil del reencuentro complaciente; es una apisonadora de pulso salvaje donde la pegada incombustible de Appice actúa como el pistón maestro de una maquinaria colosal. Rodando codo con codo junto a una cofradía de leyendas absolutas, el álbum articula una declaración de principios en la que el blues-rock de raíces profundas choca contra el chasis afilado y pesado del metal contemporáneo.
Al girar la llave de contacto, queda claro que el ADN original de la banda no solo resiste el paso de las décadas, sino que muta, ruge y devora asfalto con la misma voracidad visceral de antaño. Cada invitado y cada riff funcionan como un latido acelerado sobre el asfalto caliente, demostrando que la carretera sigue abierta para quienes se niegan a circular con marchas cortas. El trayecto se detiene, pero el aroma a gasolina quemada y el rugido de la bestia confirman que el espíritu indomable del género sigue tan abrasador, libre e incorruptible como en su primera línea de salida.

