La memoria como castigo
Hay imágenes capaces de despertar recuerdos enterrados. Especialmente cuando evocan experiencias vividas durante la infancia, aunque nunca fueran exactamente iguales. Son memorias concretas que afloran cuando en las escuelas del pasado se castigaba a los niños cara a la pared mientras se recitaba impositivamente: «¡Querido Dios, me arrepiento de todo corazón, de todo lo malo que he hecho, y de todo lo bueno que he dejado de hacer, porque pecando te he ofendido a ti, que eres el sumo bien y digno de ser amado sobre todas las cosas!»
Sobre esta premisa es como se estructura el nuevo disco de The Pretty Reckless llamado Dear God, un trabajo que se basa en una conversación unidireccional y desesperada hacia una fuerza superior en la cual se canalizan todos los sentimientos sobre puntos clave: la obediencia, la fe, el dolor, la penitencia, la mortalidad y la redención, factores que se alzan como un grito de auxilio de un ser humano en su momento más vulnerable, tratando de buscar respuestas ante la pérdida y el caos del mundo.
Los arquitectos de «Dear God»
Para el desarrollo, grabación y lanzamiento del disco, la banda ha mantenido una estructura muy sólida, apostando por la madurez de su alineación clásica y un equipo de producción de confianza. A diferencia de su álbum anterior, Death by Rock and Roll (2021), que contó con grandes invitados como Tom Morello, Matt Cameron o Kim Thayil, Dear God mantiene su proceso creativo en un círculo íntimo y cerrado. Jonathan Wyman,Taylor Momsen y Ben Phillips, son los productores musicales. El álbum ha sido publicado el 26 de junio de 2026 bajo el sello discográfico Fearless Records. La alineación oficial de The Pretty Reckless se consolida con Taylor Momsen (voz principal, guitarra rítmica y composición principal), Ben Phillips (guitarra líder, coros y co-composición), Mark Damon (bajo) y Jamie Perkins (batería y percusión).
Aunque el disco no tiene colaboraciones vocales en sus canciones de estudio, la banda sí se ha rodeado de ciertos talentos para defender sus directos en los escenarios. Paris Jackson, la artista folk-rock alternativo e hija de Michael Jackson, acompaña a la banda como acto de soporte en varios tramos de la gira Dear God Tour 2026. Doug es otra propuesta emergente de la escena rock alternativa que se suma al paquete de la gira la cual pasará por España a principios de noviembre 2026 como parte del ciclo de conciertos de Route Resurrection: Madrid, 9 de noviembre de 2026 (sala La Riviera), y Barcelona, 10 de noviembre de 2026 (sala Razzmatazz 1).
«Life Evermore»: donde el tiempo deja de avanzar
Bajo este concepto se cohesiona el hilo conductor del álbum, una columna vertebral narrativa que no busca desarrollar una linealidad simple, sino enhebrar una experiencia cíclica y existencial. Es la arquitectura de un sueño que se repite de manera desordenada, mostrando una estructura fragmentada compuesta por tres partes (Pt. 2, Pt. 3 y Pt. 1) que, deliberadamente no siguen el orden numérico tradicional.
«Life Evermore» (Vida Eterna) se plasma pues como un dispositivo cinematográfico donde la voz consciente de Taylor Momsen observa su propia metamorfosis. Al cerrar el disco con la Parte 1, el álbum se convierte en un bucle (loop), dejando al oyente en una sensación de cierre melancólico que obliga a reiniciar el viaje. Dear God no busca respuestas; hace de la pregunta su auténtica razón de ser.
La vida y la muerte no son eventos con un inicio y un fin claros, sino procesos continuos en los que a veces nos despertamos a mitad de su camino para a ver frente a los mismos demonios y salvaciones
El viaje al abismo y el ciclo eterno
La vida es un ciclo cuyo orden lógico avanza evolutivamente según sus parámetros lineales de nacimiento, existencia y fin. Sin embargo, a veces estos ciclos poseen oscilaciones, se quiebran antes de lo previsto o caen presos de tormentas que derivan a cambios inevitables. En Dear God el orden de las canciones funciona como una pieza de relojería suiza construida para desmantelar nuestra paz mental. Todo comienza y termina siguiendo ese vaivén cíclico que The Pretty Reckless define como «Life Evermore», una trilogía que desdibuja el tiempo y su orden cronológico.
La apertura: donde todo comienza por la mitad
El disco se abre con Life Evermore Pt. 2, una breve introducción de guitarra desnuda que nos arroja al vacío y rompe la lógica lineal para sumergirnos en una crisis ya en marcha. Tras ese aviso, la tormenta se desata con For I Am Death, donde The Pretty Reckless abandona cualquier rastro de piedad. La narrativa se vuelve fría y autoritaria, y Momsen adopta la piel de la parca. Al declarar que tiene «las manos sobre el volante» y que debe «tomar una vida», nos obliga a aceptar que la muerte ya no es un enemigo externo, sino un habitante más de nuestra psique.
La caída continúa con When I Wake Up, una sacudida emocional que choca con la resaca urbana, y después con Love Me, donde el orgullo se fractura y la protagonista negocia con lo divino. No pide felicidad, solo una señal de que alguien sigue escuchando. Ese desgarro encuentra alivio momentáneo en Dragonfire, donde Ben Phillips despliega una técnica acústica que quema y prepara el terreno para el colapso.
Es entonces cuando llegamos al epicentro: la homónima Dear God. Con más de seis minutos, es la catarsis donde Momsen desnuda su vulnerabilidad física y existencial ante un Dios silencioso: «Y el miedo sobre mi hombro. Y mi cuerpo envejeciendo. ¿Me querrá cuando esté sobrio?». La canción se convierte en un grito de auxilio frente a una mirada que ya la cree perdida. El estribillo parte en dos cuando suplica: «Querido Dios, ¿puedes levantarme? ¿Puedes llevarme más alto? Sálvame del fuego».
«Dios mío» es la desesperación hecha música. Cuando la vida se vuelve tan física, tan brutal, uno se desconecta de su cuerpo y empieza a rogarle a algo superior a uno mismo que lo rescate. Ese espacio entre el cielo y el infierno no es una metáfora. Es un lugar donde realmente vives –Taylor Momsen
El regreso al origen
El ecuador del disco se marca con la Life Evermore Pt. 3. Es un respiro necesario antes de que la segunda mitad nos arrastre hacia terrenos de blues rock y garage con piezas como About You y Spell on You, donde las relaciones tóxicas se vuelven el motor de una obsesión eléctrica. La intensidad no baja con Rollercoaster of Life, un corte clásico impulsado por Jamie Perkins que nos regala un guiño cómplice a los fantasmas del rock al mencionar a los «vampiros en la playa».
Sigue Eye of the Storm que funciona como una pausa tensa dentro del flujo del disco, como si el caos encontrara un centro falso de calma. Musicalmente es más contenida y cálida, dejando que la tensión respire sin romperse del todo. A nivel lírico refuerza la idea central del álbum: la lucha interna entre fe, culpa y supervivencia emocional, pero desde un punto de observación más frío, casi suspendido.
Finalmente, la introspección llega con Devil in Disguise (Michelle’s Song), un minimalismo acústico sobre el duelo, antes de que Dark Days desate su furia apocalíptica. Con el retumbar de un trueno bíblico, la tormenta alcanza su clímax para ceder ante el silencio final: la Life Evermore Pt. 1. En estos 44 segundos, la voz de Momsen, quebrada y sin artificios, nos obliga a volver al origen. Porque, al final, para sanar hay que regresar a donde todo comenzó a romperse. Para encontrar la paz y la redención, primero hay que desnudarse emocionalmente y aceptar las propias sombras.
La iconografía de la culpa
La portada de Dear God es una pequeña habitación vacía donde todo el peso recae en dos elementos: una niña sentada de espaldas y una cruz invertida que apunta directamente hacia ella. Es una imagen sencilla pero brutal, que condensa en un solo plano la tensión entre inocencia, culpa y fe que atraviesa todo el disco. La escena es casi teatral: suelo oscuro de madera, pared desnuda y rugosa, y un pupitre solitario en medio del espacio, como si alguien hubiese vaciado el aula y dejado solo ese rincón para el castigo. La figura está centrada pero muy baja en el encuadre, lo que crea una sensación de vacío aplastante sobre su cabeza; arriba, dominante, queda la cruz invertida, clavada en la pared como un signo de autoridad o sentencia.
El cuerpo infantil, con vestido escolar, calcetines blancos y zapatos negros, remite directamente a la iconografía de colegio religioso, catequesis, disciplina y formación moral. Que esté de espaldas al espectador refuerza la idea de vulnerabilidad y aislamiento: no vemos su expresión, solo su postura tensa, atrapada en un espacio donde la mirada importante no es la nuestra, sino la de esa presencia que simboliza la cruz.
La cruz negra, invertida y con la parte inferior afilada como punta de flecha, funciona como un símbolo híbrido: recoge el imaginario cristiano clásico (cruz de San Pedro, humillación, martirio) y a la vez se carga de la lectura contemporánea de rebeldía y confrontación con la institución religiosa. Al estilizarla como flecha, la imagen sugiere que toda esa carga espiritual y dogmática se dirige hacia un objetivo muy concreto: la niña, su conciencia, su cuerpo, su mente. Es decir… esa niña de la portada es el alma que se sienta frente al Dios de la culpa, los dogmas y las prohibiciones.
Un muro construido con memoria
La pared ocupa casi todo el cuadro, con una textura gastada, sucia, llena de manchas y desconchados, como si fuese un lienzo de memoria deteriorada: culpa antigua, normas repetidas, sermones que se han ido acumulando con los años. Ese muro no protege; más bien parece una superficie donde se ha proyectado toda una historia de violencia simbólica, silencios y mandatos, haciendo que la niña se vea diminuta frente a una estructura mucho más grande que ella.
La oscuridad como lenguaje
El suelo oscuro abre una especie de abismo entre la parte inferior de la imagen y el título Dear God, escrito en tipografía sobria y pequeña, casi tímida. El espacio vacío entre el cuerpo y las letras funciona como una pausa incómoda: el mensaje no es una oración serena, sino un suspiro, un «querido Dios» que viene desde muy abajo, desde alguien que no se siente escuchado ni comprendido.
La paleta es apagada: marrones, beiges, negros, con un leve toque de rubio en el pelo de la niña como único punto de luz orgánica. Esa falta de color vivo encaja con la descripción del disco como trabajo pesado, espiritual y existencial, donde la banda se mueve entre el hard rock y un blues rock muy marcado por la idea de supervivencia y redención.
La imagen que da sentido al disco
Críticas y notas promocionales insisten en que Dear God es un álbum que habla de mortalidad, tentación, redención y de la línea frágil entre autodestrucción y salvación. La portada traduce todo eso al lenguaje visual: la niña es la alma que se sienta frente al Dios de la culpa, los dogmas, las prohibiciones; la cruz-flecha es la presión que cae sobre ella, mientras el título suena más a carta desesperada que a plegaria obediente.
Si la miras desde una sensibilidad underground, la portada es una escena de negociación con lo divino. Es decir, según la teoría de las cinco etapas del duelo de Elisabeth Kübler-Ross, representa el instante en el que el individuo intenta desesperadamente recuperar el control frente a lo inevitable. La imagen sintetiza a una generación educada bajo cierta moral que ahora le pasa factura emocional y mental. La imagen no celebra el satanismo ni la fe pura; más bien coloca a la protagonista en un punto cero, atrapada entre ambos, diciendo Dear God como quien escribe la última carta antes de decidir si se rompe, se salva o incendia el aula entera.
La portada no celebra el satanismo ni la fe pura; coloca a su protagonista en un punto cero, atrapada entre ambos. Todo pasa por esa niña que mira a una cruz que ya no sabe si es guía, amenaza o simple decorado de un sistema que se cae a pedazos
El eco final: ¿A dónde nos lleva el abismo?
Después de completar el viaje por las trece estaciones de este disco, queda claro que The Pretty Reckless ha abandonado la comodidad del mainstream para recluirse en una catacumba propia, donde la única moneda de cambio es la honestidad brutal. Dear God es una pieza de orfebrería oscura diseñada para diseccionar la psique humana cuando esta se encuentra al límite.
La maestría de este trabajo radica en su capacidad de transformar la autodestrucción en un mapa de navegación. Taylor Momsen ha logrado lo que muy pocos artistas consiguen en su madurez creativa: dejar de proyectar una imagen para empezar a proyectar una verdad. Ya no hay rastro de la adolescente rebelde que buscaba atención; lo que encontramos ahora es una superviviente que ha aprendido a bailar con sus fantasmas, utilizando la música como un exorcismo necesario.
La apuesta de la banda por el concepto «Life Evermore» cierra el círculo de una manera que resulta, a partes iguales, liberadora y aterradora. Nos han conducido a través de la rabia, la negociación con lo divino y el duelo, solo para dejarnos exactamente donde empezamos, pero con una cicatriz nueva. Es un recordatorio de que la sanación no es un destino lineal, sino un proceso recurrente, un bucle que nos obliga a enfrentarnos a nuestras sombras cada vez que la aguja del tocadiscos llega al final del surco.
En definitiva, este álbum es un testimonio de resistencia frente al paso del tiempo y una declaración de principios frente a una industria que suele preferir el silencio a la vulnerabilidad. La banda ha sabido bajar al infierno y mirar al espejo, y en lugar de apartar la vista, han decidido ponerle banda sonora al caos. Y una vez que entras en su mundo, salir de él nunca vuelve a ser lo mismo.

