Restos de una memoria fragmentada: El arte del desgarro
Algunas álbumes son como una casa en ruinas donde el viento se cuela por las grietas de las paredes. La música de The Underground Youth siempre ha tenido esa cualidad de fotografía velada, de eco en un callejón berlinés a las tres de la mañana. Sin embargo, con Décollage (2025), el proyecto liderado por Craig Dyer decidió que la mejor forma de avanzar era rompiendo el espejo. No es solo un álbum; es un ejercicio de arqueología emocional donde el post-punk, la psicodelia y el lo-fi se entrelazan en una danza de sombras y texturas.
Este trabajo marca un punto de inflexión, un momento en el que el grupo abandona la pulcritud de estudio para abrazar el error, el ruido y la superposición. Como quien arranca capas de carteles en una pared de Kreuzberg (el barrio pijo de Berlín) para descubrir qué había debajo hace diez años, la banda nos entrega una obra cruda, honesta y profundamente cinematográfica. Tal como expresa el mismo Dyer…
«El título del álbum es un ejercicio de deconstrucción artística. El ‘décollage’ es el arte de crear una imagen por ripeo, arrancar o extraer pedazos de una obra original existente.
Mi idea era aplicar esto de la técnica a la música. Para ello construí paredes de muestras de batería de hip-hop con recubrimiento estático, capas de arreglos de cuerda al estilo de Lee Hazlewood y mellotrón inspirado en melodías de Serge Gainsbourg.
Entonces comencé a rasgar estas hermosas y caóticas paredes de ruido, exponiendo un nuevo sonido para The Underground Youth.
El resultado es una banda sonora infundida de trip-hop para una colección de letras que tratan sobre la adoración, la ascendencia, la originalidad, las alucinaciones de la revolución y la esperanza de que algo mejor puede nacer de las cenizas del horror que existe en nuestro mundo»
El laboratorio del caos cacofónico
Publicado bajo el infalible sello Fuzz Club Records el 4 de mayo de 2025, Décollage es una pieza de artesanía sonora. El disco fue grabado íntegramente en los estudios de la banda en Berlín, ciudad que actúa como un miembro invisible pero omnipresente en cada pista. La producción corrió a cargo del propio Craig Dyer, quien buscó un sonido que respetara la técnica del décollage: recortar, pegar y dejar que las costuras sean visibles.
La masterización fue realizada por Brett Orrison, conocido por su trabajo con The Black Angels, lo que explica ese cuerpo denso y envolvente que tiene el álbum. En los créditos, encontramos la colaboración esencial de Olya Dyer, cuya percusión hipnótica es el esqueleto que sostiene todo el edificio. La portada, una pieza central de este rompecabezas, es una composición de collage físico realizada por el propio Craig, utilizando recortes de revistas antiguas, fotografías personales y restos de papel rasgado.
Del Manchester lluvioso al Berlín nocturno y pijo
Hablar de The Underground Youth es hablar de la metamorfosis de Craig Dyer. Nacida en Manchester en 2008 como un proyecto solitario y puramente underground, la banda se convirtió rápidamente en un referente del renacimiento psicodélico europeo. Lo que empezó con grabaciones caseras y una estética minimalista evolucionó hacia una banda completa tras la mudanza de Dyer a Berlín.
Ese traslado no fue solo geográfico, sino espiritual. La banda dejó atrás el romanticismo oscuro de sus primeros trabajos para empaparse de la frialdad industrial y la libertad creativa de la capital alemana. Con más de diez álbumes a sus espaldas, han sabido mantenerse fieles a su ética DIY, rechazando los circuitos comerciales para cultivar una base de seguidores que los venera como poetas del desencanto.
¿Cómo empezó todo?
Craig Dyer empezó a escribir más cerca del humo y de las pelis en versión original. Su refugio estaba hecho de libros subrayados, cintas mal copiadas y una sensación persistente de que la verdadera vida sucede lejos de los focos, en sótanos húmedos, pisos de alquiler y noches demasiado largas. The Underground Youth es, por tanto, el resultado de un estado mental, un poema juvenil y una tendencia ante la vida. ¿Cómo arrancó el proyecto?
Sus canciones suenan al pulso oscuro entre Joy Division, el ruido reverberado de The Jesus and Mary Chain y la sombra elegante de The Velvet Underground en clave lo‑fi. Pero también se inspira en el cine en blanco y negro y en la poesía maldita de los 60 y 70. A todo ello se unen las guitarras psicodélicas de The Brian Jonestown Massacre y las letras a medio camino entre Nick Cave y Leonard Cohen así como una sensación constante de club secreto para una juventud subterránea que elige quedarse bajo tierra, lejos del escaparate, convirtiendo la angustia en reverb y el desencanto en mantra. La música, entonces, se convierte en un túnel largo y apenas iluminado por las chispas que saltan cuando una guitarra desafinada encuentra, por un instante, la nota exacta.
Así se construye la narrativa de The Underground Youth: no como una banda que aspira a escapar del subsuelo, sino como un refugio diseñado expresamente para quedarse ahí. Entre versos que podrían vivir en un poemario y acordes que huelen a garaje y a neón mojado, el proyecto encarna a esa juventud subterránea que nunca termina de crecer del todo, que resiste bajo tierra mientras arriba cambian las modas.
La guardia pretoriana del submundo «Youth»
El nombre The Underground Youth viene de un poema que Craig Dyer escribió en su adolescencia y que decidió reutilizar para bautizar su proyecto musical. Por un lado, tomó literalmente el título de ese poema temprano. Por otro, describe una especie de declaración de principios sobre la estética y posicionamiento generacional: remite a una juventud underground, ligada a guitarras distorsionadas, bajos profundos y un imaginario cercano al garage, el post‑punk y la psicodelia, pero traídos al siglo XXI.
La membresía de la banda se consolida como un cuarteto letal. Al frente, Craig Dyer (voz y guitarra) sigue siendo el cerebro y el corazón del proyecto. Olya Dyer (batería) aporta ese estilo distintivo de tocar de pie, con un minimalismo casi ritualista. Max James (bajo), con su presencia magnética y líneas profundas, y Leonard Kaage (guitarra), responsable de texturas ácidas y ecos infinitos, completan el cuadro. Esta alineación es, posiblemente, la más cohesionada que ha tenido la banda, permitiéndoles pasar de la calma tensa a la explosión sónica con una fluidez pasmosa.
Ruido blanco y terciopelo azul
El estilo de sonido en Décollage es una amalgama de influencias que van desde el shoegaze más etéreo hasta el garage rock más sucio. La instrumentación es austera pero efectiva. Las guitarras están bañadas en reverb y delay, creando capas de sonido que parecen levitar. El bajo tiene un tono metálico, muy en la línea del post-punk de finales de los setenta, marcando el pulso con una precisión quirúrgica. Pero lo que realmente define el álbum es el uso de espacios en blanco; el silencio se utiliza como un instrumento más, creando una tensión constante que solo se libera en los estribillos más expansivos.
La voz de un náufrago urbano
La voz de Craig Dyer es el hilo conductor que guía al oyente a través del laberinto. No es una voz que busque la perfección técnica, sino la transmisión de una emoción pura y, a menudo, cansada. Con un registro barítono que recuerda a Ian Curtis o Jim Morrison, Dyer canta como si estuviera susurrando verdades incómodas al oído de un extraño. En este disco, su voz suena más procesada, integrada en la mezcla como una capa más del collage. A veces se oculta tras una cortina de distorsión, otras emergen con una claridad desoladora. Es una voz que evoca el humo del cigarrillo, las madrugadas en vela y la nostalgia de algo que nunca llegamos a vivir.
Dyer canta con una calma inquietante, transmitiendo letras sobre «adoración y esperanza» en medio de crescendos arrolladores. Es una voz que guía al oyente a través del «horror que existe en nuestro mundo», logrando que incluso los momentos más ruidosos se sientan íntimos y cercanos. La técnica del décollage se aplica aquí también a su interpretación, donde a menudo permite que el ruido ambiental tape sus palabras para luego emerger con una claridad desoladora.
Retales de una realidad rasgada
Siguiendo la técnica artística homónima —que consiste en crear una imagen a partir de trozos recortados de otras imágenes—, la obra nos presenta un caos organizado de rostros, textos y texturas. Vemos fragmentos de cine clásico, miradas perdidas y tipografías que parecen rescatadas de un periódico de posguerra. La predominancia del blanco y negro, con toques de rojo y azul desvaído, refuerza esa sensación de recuerdo fragmentado. El mensaje es claro: la identidad y la realidad no son bloques sólidos, sino una acumulación de momentos robados, de piezas que no siempre encajan, pero que juntas forman un todo coherente y hermoso en su imperfección.
La portada es el reflejo exacto de su proceso creativo: una imagen creada a partir de la eliminación y el desgarro. En el centro de este caos visual, destaca el rostro de un hombre que evoca el cine negro clásico, rodeado de fragmentos que parecen sacados de un sueño febril. Vemos flores secas que aportan un toque de fragilidad orgánica, contrastando con recortes de periódicos antiguos y figuras humanas en blanco y negro que nos observan desde diferentes ángulos.
Cada trozo de papel arrancado deja al descubierto una capa inferior, creando una sensación de profundidad hauntológica. Los tonos rojos vibrantes en la esquina inferior derecha actúan como una herida abierta en medio de los grises y cremas dominantes. Es un mensaje visual potente: la belleza no reside en la integridad de la obra, sino en las cicatrices que quedan tras el proceso de deconstrucción. Es la banda sonora de una era fragmentada plasmada en un solo lienzo de papel rasgado.
El concepto detrás del desgarro
El concepto del álbum gira en torno a la destrucción creativa. Para construir algo nuevo, primero hay que romper lo anterior. Dyer explora la idea de la memoria como un proceso de edición constante. No recordamos las cosas como fueron, sino como decidimos pegarlas en nuestra mente. Cada canción actúa como una de esas piezas de papel en la portada: una escena, un sentimiento, un fragmento de una vida que se despliega ante nosotros.
«Berlín es una ciudad construida sobre capas de historia, algunas muy oscuras. Ese sentimiento de capas superpuestas es lo que intentamos capturar en este disco» –Olya Dyer
Ocho relatos de un viaje hipnótico
El duodécimo álbum de la banda no es una colección de temas al azar, sino una secuencia cinematográfica que comienza con la fuerza de You (The Feral Human Thunderstorm). Esta apertura nos introduce en esa atmósfera de trip-hop oscuro donde la percusión pesada se mezcla con la voz de Dyer, sirviendo de puente perfecto hacia la hipnótica One Of The Dreamers. Aquí, la temática de la adoración y las alucinaciones revolucionarias empieza a tomar forma, fluyendo con naturalidad hasta llegar a I Was There, una pieza que se siente como un rescate de la memoria ancestral entre capas de ruido estático:
«Había visto alucinaciones de revolución, la caída del fascismo y el ahorcamiento de una reina (…) elevándose en el horizonte mientras despertaba (…) Mientras los de un lado inhalaban el aire que les ahogaba, los del otro lado llenaban sus pulmones de esperanza (…) Las calles por las que caminé fueron devoradas por las llamas (…) Salió la clase dominante, con los ojos vendados y cojos. No se oyeron palabras finales mientras el golpe de estado apuntaba»
La narrativa sonora se intensifica con From The Ashes Of Our Age, una canción que encapsula el núcleo del disco: la esperanza de que algo mejor nazca del horror contemporáneo. Este sentimiento de urgencia nos conduce a la crudeza de Father, que destaca por su minimalismo fantasmal antes de dar paso a la elegancia decadente de Calliope. El tramo final del álbum nos regala Your Beloved Hollywood, una deconstrucción ácida de la originalidad y la fama, para terminar, cerrando el ciclo con la luminosa, aunque sombría, Believe In Something. Es un cierre que nos deja con la sensación de haber atravesado una tormenta para encontrar un futuro posible entre las cenizas:
«Olvida a tus héroes exiliados, déjalos vagando en la arena. quema las sucias estructuras que construyeron con sus manos. Resiste y rechaza la complicidad (…) Puede que me equivoque, pero una carga así incomoda (…) En esta era de locura (…) cae el cuchillo y acepta que no te gustará lo que ves»
Cerrando la psicodélia de la juventud subterránea
Este duodécimo álbum de The Underground Youth se aleja de la introspección de trabajos anteriores para abrazar una naturaleza hauntológica, buscando un futuro entre cintas distorsionadas y el horror que habita en nuestro mundo. Podemos decir que The Underground Youth ha logrado convertir el desgarro en una forma de redención. La técnica del décollage no es aquí un simple recurso visual, sino una metáfora de la existencia misma: solo al arrancar las capas de ruido y pavor que nos rodean, podemos exponer la melodía de una esperanza real. Al final, el álbum nos enseña que la belleza más auténtica no es la que permanece intacta, sino la que sobrevive y se reconstruye desde las cenizas de su propia destrucción.

