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Triángulo de Amor Bizarro – Mi Catedral

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Vivimos en una época de agotamiento permanente. Estamos conectados a todas horas, consumimos información sin descanso y hemos convertido la dopamina instantánea en una necesidad cotidiana. Sobre esa sensación de cansancio contemporáneo construye el trío gallego su séptimo álbum de estudio: Mi catedral. Una propuesta que mantiene intacta la esencia psicodélica que siempre los ha caracterizado, pero que ahora se muestra más inquieta, más agitada y, si se quiere, más hipnótica que nunca.

Lejos de suavizar su discurso con el paso de los años, la banda reafirma su personalidad en un trabajo que vuelve a apoyarse en letras cargadas de simbolismo y en unos paisajes sonoros que envuelven al oyente desde el primer momento. Es un disco que habla de nuestro tiempo, de la dificultad para encontrar tu espacio en medio del ruido constante y de la necesidad de resistir sin perder la identidad.

La apertura con «SMT en el Palacio Real» no puede ser más reveladora. Desde sus primeros compases sitúa al oyente en la dimensión casi sagrada que atraviesa todo el proyecto. Las guitarras, que no abandonarán el álbum en ningún momento, sirven de soporte para una reflexión sobre la dependencia tecnológica que hemos aceptado como parte inseparable de nuestra vida. Los versos son tan claros como inquietantes: «Dioses digitales inundan mis manos, hacen que olvide mi naturaleza. Dioses digitales bloquean mi pensamiento, hacen que no me importe ni de dónde vengo».

El conflicto entre individuo y entorno atraviesa buena parte del disco. También aparece en «Pat a trenca», donde la mirada se dirige hacia el sistema educativo. Fieles a su estilo, la crítica nunca se formula de manera panfletaria.

Musicalmente, la propuesta continúa moviéndose en terrenos reconocibles para quienes siguen la trayectoria del grupo. La psicodelia sigue siendo la columna vertebral del álbum, pero en esta ocasión aparece acompañada por una sensación de tensión permanente. Todo parece estar en movimiento. Todo parece avanzar hacia algún lugar incierto.

Precisamente por eso resultan tan interesantes canciones como «Sacrificio», donde la banda se permite coquetear con el pop. Es uno de los momentos más calmados del disco, una especie de pausa contemplativa dentro de un conjunto marcado por la intensidad emocional. La delicadeza de versos como: «Voy a hacer lo que pueda, pero nada más. La muerte solo es un gesto, entrego mi voluntad. En un estanque de plata, el agua me está gritando. El sol muere en la piedra, pero nada más. En un estanque de plata, el brillo de una catedral es mi sacrificio».

Algo similar ocurre en «Diosas adolescentes», el otro temas donde la banda se acerca tímidamente al pop. Sin embargo, bajo esa aparente sencillez se esconde una crítica al universo de perfección que se nos pretende vender en las redes sociales: «Diosas adolescentes burlándose de Occidente. Que exigen que las miren y sentir algo parecido a estar fuera contigo. Que forman parte de ti».

Lo más destacable de Mi catedral es que consigue evolucionar sin romper con su esencia. Después de tantos años, el grupo sigue sonando reconocible, manteniendo intactos sus códigos musicales y su particular forma de entender la música. Pero al mismo tiempo incorpora nuevas inquietudes y las proyecta sobre problemas profundamente actuales.

https://open.spotify.com/intl-es/album/7rR8qrcmBnzJeqOj2dWq9n?si=bfa996b6e9ab4547