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Ty Segall – Chrome

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Cuando el ruido vuelve a tener cuerpo

Chrome entra derribando la puerta, arrastra los amplificadores por el suelo y deja detrás una nube de fuzz, guitarras enfrentadas y una batería que parece haber decidido que hoy tampoco piensa comportarse. Ty Segall llevaba apenas un año desde Possession (2025) cuando algo empezó a empujarle en otra dirección. La llamada no era sutil: había que volver a juntar la banda. Cinco músicos, un mes tocando juntos y solo seis días de grabación en Sonic Ranch. El resultado no busca reinventar el rock. Hace algo más difícil: recordarnos por qué todavía puede ser excitante.

Publicado el 28 de agosto de 2026 por Drag City, Chrome es el decimoctavo álbum de estudio de Segall y uno de sus trabajos más abiertamente colectivos de los últimos años. La alineación reúne a Ty Segall en guitarra y voz, Emmett Kelly en guitarra y voz, Mikal Cronin al bajo y voz, Evan Burrows a la batería y Ben Boye a los teclados y piano. Segall y Cooper Crain comparten la producción y la mezcla, mientras Crain se ocupa también de la grabación. Mario Ramirez figura como ingeniero asistente y Denee Segall firma la fotografía y el arte.

La historia de la grabación explica buena parte de lo que ocurre después. La banda pasó un mes entero tocando las canciones antes de entrar al estudio. No parece un detalle menor. Chrome tiene precisamente esa sensación de grupo que ya ha dejado de pensar dónde colocar cada pieza porque las piezas saben perfectamente dónde caer.

Drag City habla de un ataque de dos guitarras, líneas de fuzz densamente dispuestas y teclados capaces de aportar brillo y grosor. También señala que la banda escribió conjuntamente la mitad del repertorio, mientras otros temas nacieron de colaboraciones entre Segall y Burrows, además de aportaciones de Matt Yoka y Denee Segall. Eso convierte Chrome en algo más interesante que otro capítulo de la discografía de un músico hiperactivo. Es el sonido de Ty Segall recuperando una criatura colectiva que necesitaba volver a respirar.

Chrome no es un disco sobre el sonido, sino sobre el cuerpo. No se trata solo de cuánta distorsión cabe en un tema, sino de qué ocurre cuando cinco cuerpos se juntan en una habitación y deciden empujar el mismo aire

Cinco músicos contra la pared

Segall conoce perfectamente los códigos del garage rock, pero aquí no se limita a repetirlos. Las guitarras chocan, se persiguen y se pisan con una naturalidad que evita que el disco parezca construido alrededor de un único protagonista. En algunos momentos parece que ambos están compitiendo por ver quién consigue sacar el riff más grande del amplificador. El bajo no se limita a sujetar las canciones, las empuja. El resultado puede saltar del garage al hard rock, del noise-pop a la psicodelia o del proto-punk al rock clásico sin pedir disculpas.

Esa mezcla con referencias parecen desmontar las piezas del rock para volver a colocarlas a toda velocidad. Pero la clave está en que Segall no parece estar haciendo arqueología. No intenta reproducir un sonido perdido. Quiere comprobar qué ocurre cuando esos sonidos vuelven a pasar por un grupo de músicos que todavía tiene hambre.

Un registro vocal que araña pero sonríe

La voz vuelve a ser una de las armas principales del disco, aunque su agresividad puede llevarnos a engaño. Segall canta con aspereza, sí, pero debajo de esa superficie rugosa continúa existiendo un enorme sentido melódico. Alrededor de ella aparecen las voces mucho más luminosas y suaves. Ahí reside buena parte de la magia de Chrome. Segall puede lanzar una frase como si estuviera intentando atravesar una pared de hormigón y, segundos después, dejar que una armonía convierta el mismo pasaje en algo casi pop. No hay una separación radical entre melodía y ruido. Las dos cosas conviven.

Más allá del metal brillante

El título puede sugerir muchas cosas, pero conviene no convertirlo en una metáfora cerrada sobre la tecnología o la vida digital. Las letras de Segall son bastante más abiertas y extrañas. Hay imágenes existenciales, referencias a la muerte, al infinito, al desconocido y a una sensación de pérdida de control. Una lectura publicada tras el lanzamiento interpreta precisamente esos temas como aproximaciones a la infinitud, los ciclos de existencia y una forma de angustia ante aquello que no podemos controlar.

Y ahí el título adquiere otra dimensión. El chrome puede ser superficie, brillo, reflejo. Algo que devuelve nuestra imagen pero que no necesariamente explica quién está mirando. Las letras, además, no pretenden entregarnos un argumento perfectamente cerrado. Funcionan como imágenes que aparecen y desaparecen entre las guitarras. No estamos ante un disco que quiera explicarnos el mundo. Parece más interesado en mirar el abismo durante unos minutos y después subir el volumena: morir y seguir vivo, como si el ruido fuera un lugar donde uno puede estar simultáneamente en varios sitios.

Chrome está lleno de personajes que corren hacia ninguna parte, que se preguntan si dejarían a alguien solo sin aire, como si la muerte fuera un estado intermedio

Segall no ofrece respuestas, solo pone el volumen lo suficientemente alto para que el ruido haga el trabajo sucio. La única salida que propone es rendirse al groove

Del fuego del riff a la psicodelia

Hospital abre el álbum con un ataque que mezcla electricidad, melodía y una cierta sensación de fiebre. Hay algo de Neil Young y del grunge en esa manera de dejar que la guitarra flote antes de volver a caer sobre el riff. Es una presentación perfecta porque no tarda demasiado en revelar las intenciones del grupo: aquí las guitarras van a ocupar mucho espacio. Líricamente, la canción gira en torno a la fragilidad de la vida, mientras las guitarras se arremolinan como si el suelo se moviera bajo los pies. Es como una estampa casi bowiana donde el cielo y el suelo se intercambian y el sentido se disuelve. No es pesimismo, es más bien un diagnóstico: el hospital como espacio donde el cuerpo y el significado se desajustan.

Después llega Running to Nowhere, uno de los momentos más contundentes del álbum. El riff avanza como si realmente estuviera persiguiendo algo que siempre se encuentra un poco más lejos. El tema es como una combinación de versos cargados de fuzz, guitarras con ecos de Blue Öyster Cult, piano acústico y una atmósfera claustrofóbica. La sensación es de carrera sin destino: correr hacia ninguna parte como única opción viable. No hay letra que lo explique, pero la música lo deja claro: el riff es una máquina de movimiento perpetuo que nunca llega. Es garage doom, una expresión perfecta para estos tiempos.

Black Paint cambia el paso. Apenas necesita dos minutos para demostrar que Segall también sabe condensar toda esta maquinaria en una canción casi explosiva. El noise-pop convive con una melodía inmediata y la banda demuestra que no necesita cinco minutos para construir un incendio. Como primer single del álbum, funciona como un manifiesto: percusión monumental, armonías incendiarias y una densidad oscura, lenta al principio, y luego hierve hasta que las guitarras se desbordan. Una pintura negra que se extiende por todo el lienzo.

Cuando el ruido empieza a mirar hacia dentro

Seguidamente suena Play Cowboys. La pista abandona la obligación de sonar gigantesca y deja entrar una melodía más juguetona. Se detectan incluso ecos de Blur, mientras otra lectura ha señalado el piano final como una de las sorpresas del repertorio. Es la pieza central de Chrome, el momento donde la los riffs quieren explotar en solo, pero se contienen y dejan que la batería marque el esqueleto de los versos. En sus partes más contenidas, la canción roza un territorio casi Radiohead, antes de volver a la órbita Segall.

Después, Everything You’ve Been vuelve a poner en marcha la maquinaria. Su brevedad resulta casi engañosa: parece una canción que podría continuar mucho más tiempo, pero Segall decide cortarla antes de que el riff termine de devorarlo todo. Es uno de los mejores temas que Segall ha escrito en años: todo garra y astucia, scuzz rock que te quema las terminaciones nerviosas. Líricamente, las palabras son más ambiente que mensaje, pero la sensación es de repaso existencial: todo lo que has sido, todo lo que has hecho, pasando como un relámpago entre dos acordes.

Let Go recupera el nervio del garage punk, aunque con bastante más músculo. Destaca cómo actualiza ese sonido característico de Segall añadiéndole una potencia capaz de hacer temblar los amplificadores. Huele a Black Sabbath de los 70. El mantra es simple: no tienes control, así que suelta. Si te resistes, la canción te gana; si te entregas, te lleva.

Una separación que conduce al cierre

Y entonces llega Separation, un título que resume el universo emocional del álbum. La banda vuelve a apretar las guitarras y mantiene esa tensión entre el impulso físico del rock y las preguntas más oscuras que aparecen en las letras. La separación no se plantea solo como ruptura interpersonal, sino como distancia entre versiones de uno mismo, entre el cuerpo y el reflejo, entre el ruido y el silencio.

Finalmente aparece Chrome, la canción que da nombre al disco. Es el corte más largo del álbum. Empieza golpeando con fuerza y termina permitiendo que la banda se extienda hacia un territorio más clásico y psicodélico. Segall cierra con esa imagen de muerte y vida simultáneas: «When I died / I was alive». La canción es un viaje: agresiva al principio, luego se abre a un groove de rock clásico y termina en un jam psicodélico que resume todo el disco.

Cinco figuras dentro del reflejo

La portada, firmada visualmente por Denee Segall, comparte espacio conceptual con el propio disco. La fotografía y el arte aparecen acreditados oficialmente a Denee Segall. Los cinco integrantes aparecen en la imagen de portada, tratados visualmente de una manera que refuerza la idea de una banda colectiva más que la de un proyecto solista.

Más que buscar una ilustración narrativa, la imagen funciona como prolongación del carácter del álbum: identidad, cuerpo, grupo y distorsión. El rostro de Ty Segall deja de ser suficiente. Esta vez necesita aparecer acompañado. Y eso encaja perfectamente con la historia del disco. Chrome nació porque Segall volvió a necesitar a sus músicos alrededor. La portada, por tanto, no es solamente una imagen promocional. Es la fotografía de la criatura que ha vuelto a juntarse.

La portada es la fotografía de la criatura que ha vuelto a juntarse. Y el disco es el sonido de esa criatura respirando, tropezando y rugiendo al mismo tiempo

Un pequeño monstruo llamado «Love Fuzzz»

El lanzamiento llegó acompañado por Love Fuzzz (2026), un EP registrado en las mismas sesiones, pero situado en un territorio diferente. Drag City presenta ambos trabajos como dos caras opuestas: Chrome representa el rock más directo, pop y punk, mientras Love Fuzzz se mueve hacia una dimensión más lenta, oscura y cercana al doom. La existencia de ese EP ayuda a entender todavía mejor el álbum principal. Segall no parece haber entrado en Sonic Ranch buscando un único sonido. Tenía un universo de canciones y decidió dejar que cada una encontrara su propia forma. Chrome es, por tanto, la cara que golpea primero.

Ty Segall vuelve a encontrar el cuerpo del rock

Hay algo especialmente estimulante en este disco: no necesita fingir que estamos en 1973, 1977 o 1994 para utilizar las herramientas de aquellas épocas. Las conoce, las mastica y las devuelve deformadas. Por eso pueden aparecer Crazy Horse, The Adolescents, Pink Fairies, Blue Öyster Cult, Nirvana, Television, Iggy Pop o incluso Queens of the Stone Age sin que el álbum se convierta en una colección de disfraces. Ty Segall no interpreta la historia del rock. La utiliza como materia prima.

Chrome tampoco es perfecto porque no pretende serlo. Tiene aristas, excesos y momentos en que la acumulación sonora parece estar a punto de desbordarse. Pero precisamente ahí reside parte de su encanto. Es un disco que necesita volumen y que parece perder algo de su sentido cuando se escucha demasiado bajo. Su mayor virtud tampoco está únicamente en los riffs. Está en haber recuperado una sensación que muchos discos de rock han perdido: la impresión de que cinco personas están tocando juntas y que, durante unos minutos, todo puede salir mal.

Y quizá esa sea la verdadera historia de Chrome. No la de un músico intentando demostrar que todavía puede hacer ruido. Eso ya lo sabíamos. Es la historia de alguien que volvió a necesitar una banda. Y cuando Ty Segall vuelve a tener cuatro músicos alrededor, la respuesta no podía ser precisamente silenciosa.

Escucha aquí «Chrome» de Ty Segall

Carlos Flaqué Monllonch
Carlos Flaqué Monllonchhttps://crazyminds.es/author/carlos-flaque/
Periodista. Fotógrafo. Diseñador gráfico. Muchos años al pie del cañón. Ahora toca recuperar el pulso y volver a lo esencial. La música siempre ha sido el eje. No como ruido de fondo, sino como lenguaje, refugio y forma de entender el mundo. Está en todo lo que hago. Me interesa escribir sobre bandas que se salen del guion, que cuestionan lo establecido y abren grietas en lo convencional, ya sea desde el sonido, el concepto o la actitud. Propuestas que no buscan encajar, sino expandir. En Crazyminds, mi papel es claro: dar visibilidad a ese universo «underground» donde laten algunas de las ideas más honestas y estimulantes de la música actual. Hay mucho ahí fuera esperando ser descubierto. Así que vamos a ello. Porque sin transgresión no hay cambio. Y sin cambio, la música deja de tener sentido.