Fotografías: May Robledo
Una guitarra y una habitación. Eso es todo lo que ha necesitado Guille Galván para dar forma a su primer álbum al margen de Vetusta Morla. En realidad, ha necesitado eso para materializar sus composiciones, pero ha habido un proceso mucho más profundo para que germinaran las semillas que las han originado. Las canciones de Nadie con ese nombre vive aquí nacen del duelo, de la búsqueda en sus raíces y pasado, de la reconexión consigo mismo, de la reconciliación con el paso del tiempo, de la visión de una paternidad que ha entrado en una nueva etapa… Pero, sobre todo, surgen de la necesidad de encontrar su propia voz para conseguir transmitir todo esto con la honestidad que requiere el momento. Así, tras muchos años sin conseguirlo, Guille por fin se ha sentido cómodo cantando lo que escribe y escuchándose a sí mismo.
El primer trabajo en el que interpreta sus propias canciones aglutina dos años de búsqueda interior y responde a una manera profundamente personal de hablar de sí mismo, de su vida y de su visión del mundo. Por eso, gracias a una producción austera y orgánica, el disco nos traslada a la habitación donde nacieron estas historias, como si su autor nos las estuviera contando mientras nos mira a los ojos. Con un lenguaje muy visual y evocador, donde las metáforas se entremezclan con las imágenes reales, Guille Galván traza un mapa donde los puntos cardinales los indica su propia experiencia y los caminos marcados resultan reconocibles para muchos de nosotros (sobre todo si estamos cerca de él a nivel generacional).
Si en las canciones escritas para su banda casi siempre ha dejado abierto a la interpretación del oyente el sentido de lo que narran, en esta ocasión hablar del disco implica hablar de sí mismo. Y es ahí donde confluyen la persona y el artista, mostrando sus luces y sombras, sus miedos y certezas, dando lugar a un álbum a corazón abierto, en el que no se guarda nada. El resultado es verdaderamente emocionante, sincero y desgarrador por momentos, repleto de ternura, gratitud y consciencia del presente. Estuvimos hablando de todo esto con Guille Galván y este es el resultado de una charla cuyo resultado es tan personal y sincero como Nadie con ese nombre vive aquí.
Siendo este tu primer álbum en solitario y llevando tantos años escribiendo canciones para Vetusta Morla o en otros proyectos, ¿hay un momento concreto en el que empieces a guardarte canciones pensando en un disco como este o ha sido todo más espontáneo a raíz del parón de la banda?
Bueno, yo creo que ha sido una suma de muchas cosas. Llevo más de dos décadas haciendo canciones y tocándolas, sobre todo con el grupo, pero es verdad que, de un tiempo a esta parte, también he compuesto o producido para otra gente, he hecho bandas sonoras… y había algo de necesidad de decir que, si vienen mal dadas y las cosas cambian, quiero tener la seguridad de que puedo tener un espacio, aunque sea más pequeño, defenderlo yo mismo y ser dueño de él. Eso ha coincidido también con un momento de parón con el grupo y de pensar las cosas desde otro lugar, también a nivel personal, porque han pasado cosas que me han empujado a darme cuenta de que este era el momento. Supongo que todo suma a la hora de tomar la decisión de hacerlo.
Es muy honesto que digas que esto es como tener un plan b por si vienen mal dadas, pero a nivel artístico ¿este disco responde más a una necesidad de cantar tú mismo lo que escribes o de expresar cosas diferentes a lo que cuentas cuando haces canciones sabiendo que serán otros los que las canten?
En este disco había una serie de canciones que, por la intimidad con las que estaban hechas y cómo estaban construidas, estaba claro que no eran unas canciones de banda. Poco a poco, fui viendo que el que mejor las podía defender era yo con mi voz y que tenía que encontrar esa manera de cantar que fuera convincente para mí mismo y que fuera comunicativa. También tenía que cambiar mi manera de tocar la guitarra, en beneficio de la voz y de estas canciones.
O sea, si no hubieran estado estas canciones sobre la mesa probablemente no hubiera dado ese paso, pero yo creo que inconscientemente sabía que iba a hacerlo y fui componiendo de una manera distinta, más pensada en mí y menos pensada en hacer un guion, que a veces es lo que hago. Cuando llevo una canción a Vetusta o a otra gente, soy como el guionista y, aunque toque la guitarra, no soy el intérprete vocal. En este caso tenía que hacer un trabajo de que lo que fuera a componer no pasara por un intermediario, sino que lo defendiera yo.
¿Es, por tanto, cuando tienes las canciones sobre la mesa cuando ya buscas tu propia voz?
Hay un proceso largo, donde he empezado a hacer canciones y decía, «creo que esta canción me siento cómodo cantándola, la voy a grabar». Y luego, cuando ya tenía ese repertorio, decía, «aquí tengo 13-14 canciones que creo que sí que forman un disco y que puedo cantar». A partir de ahí sí que hubo un trabajo interpretativo de ver quién soy yo como cantante, quién soy yo como intérprete, cómo voy quitando capas, cómo voy quitando reverb o doblajes a mi voz…
Al principio, cuando cantas por primera vez, por lo menos a mí me ha pasado, intentas esconder tu voz dentro de la banda o dentro de planos o de efectos que la hacen menos identificable. Pero me di cuenta que justo tenía que hacer lo contrario, que todo tenía que partir de la voz, así que tenía que quitar lo máximo posible. Normalmente, la voz se graba al final siempre, y aquí quise hacerlo al revés. Lo primero que grabé fue la guitarra y la voz, tocando a la vez las dos cosas, en una sola toma, y a partir de ahí fui construyendo cada arreglo.
Entonces, ¿toda la guitarra y la voz están grabadas en una sola toma?
Hice varias tomas. O sea, dentro de cada canción hay trozos de unas tomas y otras, pero como se grababa a la vez voz y guitarra, no podía coger la guitarra de una toma y la voz de otra porque se colaba por todos lados.

«La clave muchas veces es pensar que lo que haces es importante y que tú no lo eres tanto»
Y el proceso ha sido tú con tu guitarra, en tu casa, en tu habitación, en el salón, donde sea… pero tú contigo mismo.
Yo tengo un estudio en casa y aquí hay una figura clave para todo que fue Héctor, el ingeniero con el que he trabajado los últimos discos de Vetusta, con el que tengo mucha confianza. Le conté la idea al principio, le dije «Héctor, quiero hacer esto y necesito hacerlo en casa por distintas razones, ¿crees que lo podemos hacer?». Él me dijo que adelante y monté el equipo necesario para que todo estuviera bien.
Estuvimos haciendo pruebas con distintas guitarras acústicas, Carlos Raya –el mezclador- me dejó varias también, e incluso estuvimos durante un tiempo tocando sin grabar. O sea, él era mi público y me fue guiando mucho en ese sentido. Luego, grabar con él ha sido muy importante porque creo que tiene una sensibilidad muy grande para decir «esto está, esto no, por aquí sí, por aquí no», y ha sido como mi escudero en todo este proceso.
Una vez estaban todas las canciones grabadas, tuve la duda de si el disco ya estaba, si era eso lo que buscaba. Al final, decidí ir ramificándolo y la mitad del disco se lo pasé a otras personas que lo fueron completando también con su producción y su mirada: a Campi, a David Soler y Marcel Bagés de Barcelona y a Pablo Martin Jones. La mitad del disco lo hice con ellos y la mitad la terminé de completar yo.
¿Tú tenías en la cabeza ese sonido que tiene el disco y esa atmósfera que lo recorre?
Sí. Yo llevo muchos años tocando en sitios muy grandes, haciendo giras por todo el mundo, y he tenido la suerte de que mi música y la de mis compañeros la escucha mucha gente, pero necesitaba hacer algo que no tuviera nada que ver. Entonces, uno de los objetivos era que el disco fuera una persona en una habitación contándole algo a alguien que estaba al lado, con una guitarra y una voz.
Cuando escribí a Campi, a David y a Pablo, les mandé un WhatsApp en el que les dije: «Hay como unas prohibiciones en todo esto. Esto es una persona dentro de una habitación, con una voz y una guitarra, contando algo, y necesito que decoréis esa habitación, no que la llenéis de músicos. Quiero que elijáis si hay un sillón, una alfombra, un sofá… quiero que trabajéis desde la abstracción. Hay que construir esa atmósfera». Entonces, sí que tengo la sensación de que había como una búsqueda desde el principio, no solo de qué iba a hablar el disco, sino dónde iba a llevar el disco a quien lo oyera. Hay canciones que son como más plano corto, otras como más plano general y algunas donde ya directamente te evades de esa habitación. Pero sí que me gustaba pensar en un espacio concreto.
Ahora que hablas de planos, que es un lenguaje muy cinematográfico, quiero preguntarte por tu manera de escribir, que también es un poco así, con muchas imágenes sugerentes sobrevolando las canciones. A la hora de hacer estas, ¿nace primero lo que quieres contar o esto surge de las imágenes que hay en tu cabeza previamente?
Bueno… cuando escribes canciones no siempre tienes claro de qué quieres hablar antes de empezar. Muchas veces vas tirando como de un hilo. Por ejemplo, “Hay un coche ardiendo” es una canción que arranca de algo real. Pasé por una carretera y, de repente, en el arcén había un coche ardiendo. Estaba en medio de un bosque, no había nadie y me paré a mirar. Me parecía como un buen arranque casi de película. A partir de ahí, fui construyendo algo acerca de esa fascinación por mirar un accidente y dónde está el herido o qué somos los que miramos. Todo eso me llevó a la canción. ¿Quería hablar de eso antes de saberlo? No, pero fue saliendo.
Hay otras canciones, como “Canción muralla” o “Los motivos”, que giran más en torno a una idea concreta sobre la que se va tejiendo o construyendo el resto de la letra. Cada canción creo que nace y te lleva a un lugar. También depende de la estructura de la canción, si es una estructura más en progresión o más de partes que se van repitiendo.
El disco está dedicado a la memoria de tu padre. Supongo que tiene todo el sentido del mundo que un trabajo tan personal tenga esta dedicatoria. Háblame de su figura y de lo que ha significado para ti en cuanto a formación literaria y musical.
Pues, más allá de su figura como padre que, independientemente de lo que haga, siempre te influye y te marca, él me enseñó a tocar la guitarra. Los primeros acordes los aprendí con él y, de hecho, los primeros recuerdos que tengo en lo musical son él o mi madre cantándome.
Su memoria es un lugar recurrente, no solo como padre, sino también como parte de lo que hago. Aparte, escribía, así que de él aprendí el oficio, o el respeto por el oficio, porque cada uno tenemos una manera de hacer las cosas. Pero aprendí de la constancia y de dar importancia a los detalles de lo que haces. Nosotros somos menos importantes que lo que hacemos. Yo creo que la clave muchas veces es pensar que lo que haces es importante y que tú no lo eres tanto. Eso sí que lo he aprendido de él a lo largo de todos estos años.

«Estoy en una posición donde el paso del tiempo me hace menos daño del que me podía hacer antes»
¿Todas estas canciones vienen más o menos del mismo momento o has abierto cajones con cosas que tenías guardadas de hace tiempo?
Esto es una crónica de los últimos 2-3 años.
¿Hasta qué punto te gusta hablar del significado que le das tú a las canciones?
Bueno, es algo que normalmente dejo un poco a la interpretación de cada cual. Pero en este caso, al ser la primera vez que me pongo ahí delante y tener mucha parte de mi proceso vital y biográfico, es verdad que, de todos los discos que he hecho, a lo mejor es del que más me toca hablar… no sé si del significado, pero sí de mí.
Nadie con ese nombre vive aquí se abre con “La botella”, donde la guitarra y la voz son las protagonistas principales. Es casi una declaración de intenciones a nivel de sonido, una manera de mostrar desde el primer momento las cartas con las que juegas en este disco.
Tanto con “La botella” como con “En qué momento dudé de ti”, que salió como primer single, creo que contaba muchas cosas de primeras, alejadas de todo lo que estaba haciendo. Por eso quería que el disco arrancara así, con una guitarra áspera y una voz también áspera, porque probablemente sea la canción que está cantada desde un lugar menos melódico. Yo quería que el disco arrancara como el final de algo, como un “crack”, y a partir de ahí, del final de “La botella”, empieza la narración del disco. Pero me parecía importante empezar con algo de ruptura.
A esta canción le saco una lectura de aceptar el presente, por esa frase de «porque el día después es un detalle demasiado absurdo cuando el mundo dispara en nuestra cara». Y luego terminas cantando «yo solo quería verles caer». Te quería preguntar por eso precisamente.
Creo que vivimos una situación tan límite, tan extremadamente inhumana, que el día después para mucha gente es algo que ni siquiera se pueden permitir que pase por sus cabezas. Creo que mucho de lo que está sucediendo en el mundo tiene que ver con esa mirada corta y con esa rabia que le hace a mucha gente querer ver arder todo antes de preguntarse o plantearse construir algo. Hay mucha gente que solo quiere ver caer y arder las cosas, y que le da igual lo que pase pasado mañana. Una de las preguntas que me hago es quién tiene la culpa, o si la gente que piensa así es responsable de esa forma de relacionarse con el mundo. Es como el arranque del disco, como un prólogo.
Arrancas el disco como mirando más alrededor que a ti mismo, cuando luego en el disco sí que es verdad que miras mucho dentro de ti.
Sí, es como si me recogiera.
En “Los motivos” planteas una serie de preguntas y dices que «todos tenemos los motivos, pero ninguno la razón». Juegas con la doble acepción de la palabra “razón” y me parece algo muy interesante porque al final tener motivos para hacer algo no siempre nos da la razón.
Motivos es lo que nos impulsa a hacer cosas. Todos tenemos motivaciones para hacer cosas, ¿no? Pero también hablo de la razón, no desde el punto de vista del motivo sino qué motivo es más importante que otro, como algo que hay que imponer a los demás. La parte del sinónimo o de la polisemia de las dos palabras me resulta interesante.
En esta canción se dejan entrever algunos temas que pueden llegar a preocuparte porque hablas de cobardes, de tiranos, de exilio, de cunetas… Cuando miras a tu alrededor, ¿sientes que quizá tenemos más motivos que nunca para expresarnos o refugiarnos en el arte, la cultura, la música…?
Mi manera de ver el mundo creo que parte de un equilibrio entre lo que necesitas trabajar en ese refugio interior, que es imprescindible para poder construir quién eres y qué aportas al mundo, pero también con un ojo fuera. Solo lo de dentro nos atrapa y solo lo de fuera te convierte en un trozo de polen, yendo de un lado para otro. Entonces, ese equilibrio entre lo que te importa de lo que llevas dentro y lo que te importa de lo que te entra de fuera, para mí siempre ha sido una de las claves de mi manera de ver el mundo y de lo que escribo.
En “No me dejes quieto” cantas «hoy celebro las arrugas del presente» y quería preguntarte si estas canciones te han servido para hacerlo, para ser más consciente de dónde estás, para reconciliarte contigo mismo, con el paso del tiempo…
Bueno, sí… Yo tengo 45 y creo que me daba más miedo antes llegar a tener 45 que el hecho de tenerlos. Aspiro a celebrar cada año que tengo de más y creo que estoy en una posición donde ese paso del tiempo me hace menos daño del que me podía hacer antes. A medida que te haces mayor, la vida te va pegando palos también, pero muchas veces creo que son problemas del primer mundo.

«No creo en las coincidencias, pero cuando tienes tiempo y le dedicas corazón a lo que haces te encuentras con cosas maravillosas»
¿Te consideras una persona nostálgica?
Me considero una persona que creo que utiliza la memoria y el pasado como gasolina, y que recurro a él para entender quién soy. No pienso en el pasado como un lugar mejor. Creo que las comparaciones son odiosas y que cuando pensamos en el pasado desde un ciclo emocional, normalmente nos quedamos solo con lo bueno y nos falta contexto. No me considero una persona nostálgica, pero sí que le doy mucha importancia a lo que nos aporta la memoria para construir lo que somos.
El otro día pusiste unas fotos en Instagram en las que estabas en la casa en la que naciste. Verlas también me dio una perspectiva del significado del título del disco y me ha hecho pensar mucho en esas casas que conocemos de niños y no volvemos a visitar. ¿Qué sentiste en ese momento, cuando estuviste en ese lugar que no pisabas dese hacía 40 años?
A veces tenemos como una mira muy cortita, pensamos en nuestra vida como un todo, pero todos los espacios han sido habitados y deshabitados, y en el mismo sitio donde ahora hay una cosa, antes había otra. Cuando decimos «esto es lo de toda la vida», en realidad ese “toda la vida” es desde un momento hasta otro. Pero esto ocurre incluso en las ciudades porque donde hay una ciudad antes no la había. Entonces, imagínate qué pasaría quitándote ese apego por los espacios y dejando de pensar que son tuyos. Nos podríamos ahorrar muchos de los problemas que hay en el mundo si la gente no pensara que un territorio es suyo porque se lo ha dicho Dios.
Me pasó una cosa muy loca. La portada del disco la ha hecho Susana Blanco, una artista de Zaragoza que trabaja en Bilbao, y para hacer el collage de la portada ella necesitaba una foto mía. Entonces, una amiga, fotógrafa y escritora, que es Laura C. Vela y tiene un local donde tiene su editorial, me citó y la dirección donde me citó era a 10 metros de la casa donde vivía yo de pequeño. Incluso en el disco aparece una grabación hecha en esa casa, en la que salgo yo de pequeño canturreando.
Entonces, yo no iba a esa casa desde hacía 40 años y para hacer la sesión de la portada del disco me cita en ella, por pura casualidad. Yo la escribí y le dije: «¿Sabes que los audios que aparecen en el disco están grabados ahí?». Es que claro, a raíz del fallecimiento de mi padre también he estado digitalizando mucho material de cuando era pequeño, de Super 8 o de cassettes; entonces, mientras estaba haciendo el disco yo tenía como un trabajo paralelo de poner en orden toda esta parte de memoria de archivo y de escucharme a mí de niño, de escuchar a mi familia, a mi hermana, a mis padres… Todo el rato, esas grabaciones me llevaban a ese sitio y claro, cuando me citan ahí sin yo haber dicho nada, no me lo podía creer.
Al día siguiente se lo conté a Jero [el fotógrafo Jerónimo Álvarez], con el que tengo confianza, y le dije: «Acabo de hacer la portada, pero tengo la sensación de que, para terminar el disco bien, tengo que entrar ahí y ver qué pasa». El disco está lleno de casualidades de este tipo. Yo no creo en las coincidencias, pero es verdad que cuando tienes tiempo y le dedicas corazón a lo que haces te encuentras con cosas maravillosas.
“En qué momento dudé de ti” fue el primer adelanto del disco. En esta canción pones en valor a la otra persona de una manera muy clara. ¿Has saldado alguna cuenta pendiente con otras personas al hacer este disco?
Sí, sí. Y se lo he ido diciendo a cada una de esas personas. Me parecía que este disco me tenía que servir no solo para lo público, sino para lo privado también. Así que, ya que hacía las canciones, me gustaba que hubiera como pequeñas dedicatorias dentro.
“Hay un coche ardiendo” es un tema que, de alguna manera, relaciono con el anterior porque va dirigido a otra persona y hay algo de autocrítica también, con frases como «nunca he estado a salvo, aunque parezca el fuerte».
Ahora que lo dices… sí que pueden estar relacionadas. Probablemente, “En qué momento dudé de ti” es como un puente hacia la comunicación y “Hay un coche ardiendo” es verdad que podría ser como la otra cara de eso, como la certeza de la incomunicación… te quedas ahí mirando un accidente y no sabemos si estamos disfrutando de mirarlo o queremos apagarlo.
“Huellas en el aire” es una de mis favoritas del disco. Una canción que remite a la infancia y en la que apareces tú de niño cantando la canción de Érase una vez… el hombre.
Que, por cierto, para quien no lo sepa, es una canción de Perales. Estuve investigando para acreditar en el disco, busqué en internet, hablé con la editorial y me quedé loco. Bueno… no tan loco porque Perales ha escrito todo lo que te puedas imaginar.
De hecho, le has incluido en los agradecimientos del disco.
Sí. A él y a Pablo, a su hijo. Les mandé la canción, la escucharon y les gustó mucho, así que amablemente me dijeron que para adelante, sin ningún problema.
Como decía, esta canción remite mucho a tu infancia y es muy emocionante la manera en que lo hace. Cuando miras a ese niño que fuiste, ¿te sigues reconociendo en él?
Es complicado… No sé si me reconozco, pero sí que le reconozco y le recojo. Es verdad que muchas veces, cuando creces, vas como empezando a tener auto pensamientos o recuerdos que ya no sabes si son los de verdad o los que recordaste con el tiempo. Pero bueno, sí que intento tenerlo presente.
Supongo que cuando tienes críos también tienes una vuelta a colocarte ahí y colocar muchas de las cosas que a lo mejor tenías sin colocar, o a mirar a tus padres de otra manera, porque te ves tú ahí y les comprendes más también. Cuando tienes hijos nadie te enseña, de repente eres una persona o una pareja y tus hijos te perciben como que eres papá y mamá siempre -o la familia que sea-, pero te das cuenta que las familias se construyen con el tiempo, no porque nazca un niño o una niña, sino que es algo que tarda en tomar forma.

«Tenemos mucho miedo a lo que no es repetible, a estar ante cosas que no van a volver a pasar»
Justo después llega “Túnel de la M-30”, que es una canción a tus hijos y habla del miedo a crecer.
Hace un par de años, mi hijo pequeño pasó una etapa de estas tristonas en la que me decía que tenía miedo de hacerse mayor y olvidarse de lo que era cuando era niño y de las cosas que hacía. Lo decía con una angustia con la que empaticé mucho y me salió contarle a través de una canción lo que yo percibo, que es que, por mucho que crezcamos y que la gente que nos quiere incluso desaparezca, hay una parte de todo eso que llevamos siempre dentro, como los anillos de los árboles. Creo que aunque te conviertas en otra persona siempre vas a tener esas capas y van a formar parte de ti, y que todas las personas que te han querido van a seguir ahí de una u otra manera.
Esta es como una de esas canciones de linaje. Nació de ahí y habla de uno y del otro, habla en realidad de crecer, de cualquier crío, pero también me di cuenta de que hablaba de mi chica y de nosotros, y de mí de pequeño también. Mi hijo había tenido el valor de poner en palabras algo que sentimos todos.
Es que como padres también pasamos por ahí, por esa nostalgia y el miedo al paso del tiempo y dejar atrás etapas.
A mí me pasaba una cosa cuando eran muy pequeños. Cuando no dormían bien, dormirles era tan agotador que muchas veces los tenías encima y pensabas «por Dios, que se duerman ya», pero, al mismo tiempo, al pensar eso me daban ganas de llorar porque sabía de buena fe que ese momento tan insoportablemente cansado que estaba pasando lo iba a recordar toda la vida, que era algo irrepetible. Pero no lo veo desde la nostalgia, no, estaba como tenía que estar en ese momento, lo guardo en un lugar maravilloso y qué guay que lo sigo teniendo aquí. Pero hay que disfrutar también ahora que me saca una cabeza.
Es que creo que tenemos mucho miedo a lo que no es repetible, a estar ante cosas que no van a volver a pasar. También hay como una obsesión en todo eso. Todo tiene que ser como lo más increíble, el mejor concierto que has visto, el mejor partido de la historia de la Champions… pero no todo tiene que ser lo mejor del mundo e irrepetible.
“Desenladrillando el cielo” tiene un tono de esperanza, de dejar que pase la luz. Me parece una de las más emocionantes del disco. En ella hay frases como «se rebelan las balas para no doler, para no causar más bajas» o «no te puedo ver, pero sé que me acompañas». Parece una canción de dedicada a alguien que no está.
Habla de alguien que está, pero en este disco los sentimientos están muy mezclados, con esa parte de duelo y, al mismo tiempo, de dejar atrás algo y alumbrarlo en plan bien, como un crecimiento… A veces es difícil saber qué canción habla de una cosa y cuál de otra. A mí me suena un poco a las celebraciones en Nueva Orleans, que cuando se va al cementerio se va con una canción que tiene un tono y cuando se vuelve del cementerio a la ciudad se vuelve con otra que también habla de eso, pero desde un punto de vista más alegre. Esto es como una canción de vuelta. Tiene algo como de que has estado en un hoyo gordo pero estás saliendo de él.
“Canción muralla” es el tema que cierra el disco y me encanta esa intención de la que hablas en él, de hacer una canción que proteja, una canción que recuerde, que pelee, que ayude… Supongo que hay muchas canciones muralla, canciones memoria o canciones batalla, pero me gustaría preguntarte por esas canciones de otros que te han servido a ti para librar batallas, para protegerte, para sanarte… Esas canciones que realmente crees que te han cambiado la vida.
Bueno, hay tantas… Depende de la época también… Hay discos enteros. Por hacer un símil por el tipo de disco -aunque no sea igual-, para mí Nebraska de Springsteen es uno de los discos que más he escuchado en mi vida, que más he leído, que más me han llevado a un lugar que, a lo largo de los años y de las décadas, siempre está ahí. Es un disco que me hace creer en las canciones. Me pasa a veces con sensaciones, como cuando escucho a Antonio Vega, es como un cable a algo que te ayuda a creer que existe algo mejor. Supongo que quien cree en Dios cree en esa mística, pero a los que no lo hacemos a lo mejor nos pasa con otro tipo de cosas, con el arte. La música en general es como una muralla.
En esta canción dices que tú quieres hacer ese tipo de canciones.
Al final, el médico cura, el maestro enseña y los músicos, cuando queremos ayudar de manera más eficiente, aspiramos a hacer alguna canción que le caiga bien a alguien, que le ayude, que el día de mañana la tenga interiorizada y que, incluso sin saber ni de quién es, forme parte de su vida.
¿Y sigues en la búsqueda de ese tipo de canción o crees que a lo largo de tu carrera sí que hay algunas que hiciste con esa intención y que realmente han cumplido su cometido?
Yo creo que esa canción muralla va tomando una forma distinta en cada época. La que necesitas cuando tienes 16 años a lo mejor es una de los Beastie Boys, que te haga meter botes con tus amigos, y eso te salva y te genera el empoderamiento que necesitas; o una de Extremoduro que de repente te vuela la cabeza y que cuando la escuchas de mayor te lleva a cuando tenías 17 años.
Hay una parte de la que me siento orgulloso de este disco y es que creo que he hecho las canciones que eran para mí importantes con la edad que tengo y con mi contexto. Yo creo que lo más difícil siempre es encontrar esas canciones que son importantes en cada momento de tu vida y no intentar hacer las que son importantes para los demás o para el mundo. Si hiciéramos las mismas canciones que cuando tenemos 25 años… O sea, no podría hacer “Copenhague” otra vez. No tendría sentido. Ya no soy esa persona.
La verdad es que este es un disco del que podríamos estar hablando durante horas…
Yo estoy muy contento, la verdad. Ha sido un reto y haberlo hecho también un poco fuera de los focos, que casi que dije que tenía un disco cuando lo tenía medio terminado, me ha permitido hacerlo sin presiones y en casa.

