Autora: Eva A. Gómez-Calcerrada · Fotografías: Alejandro García-Cantarero (@alex.resfeber)
Aranda de Duero se siente distinta la primera semana de agosto, antes incluso de entender por qué.
Te alcanza en capas: el calor seco y terroso de la meseta castellana, ese que sube del suelo agrietado y se pega a la piel nada más llegar, la música que ya se cuela desde las primeras calles del casco histórico aunque el recinto quede lejos todavía, el bullicio de las calles llenas hasta la madrugada, y ese vino de la Ribera que corre con la misma insistencia que las canciones.
Al oído tampoco le da tregua: música solapándose con música de escenario en escenario, risas sueltas, algún grito reconociendo a quien no se veía desde hace no se sabe cuánto, el rugido sincronizado justo cuando arranca la canción que todo el mundo estaba esperando. Y al paladar, esos días saben a vino tinto en vaso de plástico, a torreznos y morcilla de Aranda comidos de pie entre concierto y concierto, a agua templada de la misma botella reutilizada demasiadas veces. Y también está el olfato, que también tiene su propia memoria del festival: polvo, protector solar, ropa y pieles impregnadas del agua de las omnipresentes pistolas de agua, la mezcla exacta que una empieza a asociar, sin querer, con estos días.
Pero por encima de todo eso está la gente: los reencuentros con caras que solo se ven aquí, una vez al año, las conversaciones improvisadas, el reconocerse sin palabras con alguien que ha corrido hasta las primeras filas por el mismo motivo que tú. Sonorama se vive, sobre todo, acompañada, y ese es quizá el ingrediente que más poso deja en la memoria cuando ya ha pasado todo. Este año, además, ha tocado sortear el calendario, porque la organización adelantó el festival una semana para no chocar con el eclipse solar del día 12, así que la 29ª edición de Sonorama Ribera ocupó del miércoles 5 al domingo 9 de agosto, con la fórmula de siempre: recinto de El Picón por las noches, plazas del casco histórico por las mañanas, y con más de 150 artistas repartidos entre cinco escenarios.
Cinco días dan para mucho, y contarlos enteros es, sencillamente, imposible sin dejar cosas fuera; toda crónica de festival es, en el fondo, un ejercicio de renuncia.
Lo que sigue es lo que nosotros vivimos, escenario a escenario, hora a hora, con la voz un poco afónica ya desde el primer día.
En lo personal es, además, la primera vez que tengo el placer de cubrirlo entero, de miércoles a domingo, y se nota: no es lo mismo mirar un festival desde dentro del público que intentar entenderlo entero, con sus costuras y sus horarios imposibles. Porque si algo tiene este festival, más allá del cartel, es esa capacidad de ir tejiendo pequeñas historias que se cruzan entre sí: grupos que llevas años queriendo ver y por fin ves, otros que ni conocías y que acaban encandilándote sin esperarlo, canciones que una pensaba que jamás llegaría a escuchar en directo, artistas que vuelven al escenario donde empezó todo. De eso va también esta crónica, más que del cartel en sí mismo.
Ah, y ya que estamos: Javier Ajenjo no ha soltado el micrófono en toda la semana sin recordarnos que la trigésima edición, la de 2027, va a ser especial —lo ha repetido en varias ocasiones, casi como un mantra, para alimentar la expectación—: «un antes y un después«, con el recinto mejorado, una Plaza del Trigo todavía más grande y un cartel pensado como reencuentro con toda la historia del festival. Siloé ya es el primer nombre confirmado, y los primeros 5.000 bonos a 85 euros volaron en cinco minutos apenas dos días después de que se apagaran las luces de esta edición.
Pero eso es cuento del año que viene: vamos a lo nuestro, que es contar los cinco días que sí hemos vivido ya.

