La American Federation of Musicians (AFM), el mayor sindicato de músicos instrumentales del mundo, presentó el 5 de junio de 2026 una demanda federal en Manhattan contra Universal Music Group y Warner Music Group. El motivo: ambos sellos llegaron a acuerdos de licencias con las plataformas de música generada por IA Suno y Udio a finales de 2025 y se embolsaron los ingresos sin compensar a los músicos cuyas grabaciones habían servido para entrenar esos modelos. El sindicato alega incumplimiento del convenio colectivo y exige participación en los beneficios, pasados y futuros.
Los sellos cobraron; los músicos, no
La demanda de la AFM se apoya en la cláusula de «nuevos usos» del convenio colectivo que el sindicato mantiene con las majors. Esa cláusula obliga a los sellos a compensar a los músicos cuando sus grabaciones se destinan a aplicaciones comerciales no previstas en el contrato original. Según la AFM, licenciar esas grabaciones para entrenar modelos de IA generativa encaja exactamente en esa definición.
El texto de la demanda no deja lugar a la ambigüedad. El sindicato afirma que UMG y WMG «protegieron sus propios intereses y generaron una fuente significativa de nuevos ingresos con los acuerdos retrospectivos y las licencias prospectivas» mientras «se negaron a compensar a los músicos cuyo trabajo (creado con sus propios instrumentos, su talento, su creatividad y su esfuerzo) se introduce en máquinas de IA para obtener beneficios». La AFM añade que los sellos también rechazaron facilitar información sobre qué grabaciones y de quién se estaban licenciando.
El contexto legal es relevante. En 2024, UMG, WMG y Sony demandaron a Suno y Udio por entrenar sus modelos con millones de grabaciones protegidas sin autorización. Los pleitos no terminaron en sentencia: terminaron en contratos. WMG cerró acuerdos con Udio y con Suno antes de que acabara 2025. UMG llegó a un acuerdo con Udio en octubre del mismo año; su demanda contra Suno, en cambio, sigue abierta. Sony no ha llegado a ningún acuerdo y su caso podría sentar jurisprudencia este verano. Lo que la AFM señala ahora es que, en ese proceso de negociación, los sellos actuaron como si el catálogo fuera solo suyo, cuando las grabaciones las hicieron músicos reales cuyos derechos sobre ese uso específico están recogidos en el convenio.
UMG respondió con una declaración en la que asegura haber estado «a la vanguardia de la protección de los derechos e intereses de artistas y compositores en la era de la IA». WMG emitió un comunicado en términos similares. Ninguno de los dos abordó directamente la acusación de incumplimiento del convenio colectivo ni ofreció cifras sobre cómo se está distribuyendo el dinero de los acuerdos.
La advertencia que ya estaba escrita
Cuando Spotify y Universal Music anunciaron su acuerdo de licencias para contenido generado por IA el pasado 21 de mayo, señalamos desde CrazyMinds un problema estructural que los comunicados oficiales esquivaban con cuidado: UMG no es «los artistas». Es el sello. Y la historia de la industria discográfica está llena de acuerdos firmados en nombre de los artistas que beneficiaron principalmente a los intermediarios.
La demanda de la AFM no es una sorpresa. Es la materialización exacta de esa advertencia. Los tres pilares que el co-CEO de Spotify, Alex Norström, y el presidente de UMG, Sir Lucian Grainge, declararon en mayo (consentimiento, crédito y compensación) suenan distintos cuando el mayor sindicato de músicos del mundo lleva a los sellos a un tribunal federal alegando que la compensación no existe. La pregunta que queda en el aire es si Sony, que sigue litigando sin haber firmado acuerdos con las plataformas de IA, terminará siendo el único actor de las tres majors que no tenga que responder a una demanda como esta.
Cien años de batallas, la misma pregunta
La American Federation of Musicians fue fundada en 1896 y representa a unos 70.000 músicos profesionales en Estados Unidos y Canadá, principalmente instrumentistas de sesión y de orquesta. No es un sindicato de estrellas: representa a los músicos que tocan en las grabaciones que otros firman, los que aparecen en los créditos de los discos cuando aparecen, y que con frecuencia no lo hacen. Su historia es un catálogo de conflictos con la industria sobre el valor del trabajo que nadie ve: la huelga de grabaciones de 1942, que paralizó la producción discográfica durante dos años; la batalla por los derechos de radiodifusión en los años cincuenta; la resistencia a la llegada del MIDI y los instrumentos pregrabados en los ochenta. En cada caso, la tecnología nueva amenazaba con sustituir el trabajo humano y el sindicato respondió exigiendo que esa sustitución o esa explotación tuviera un precio justo.
La demanda contra UMG y WMG es la versión 2026 de esa misma disputa. La tecnología es distinta, la escala es mayor y los modelos de negocio son más opacos, pero la pregunta de fondo no ha cambiado: cuando una empresa gana dinero con el trabajo de un músico, ¿le debe algo a ese músico? La AFM lleva 130 años respondiendo que sí. Los sellos, en esta ocasión, prefirieron no responder.
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