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PEARL JAM – GIGATON

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Si el nuevo disco de Pearl Jam fuera un monitor de pulsaciones, este nos diría que el muerto ha dado por fin signos de vida. Gigaton (Republic Records, 2020) es un trabajo con un título y una portada terribles que invitaban a pensar en otra lista de temas desechables de esa banda que personaliza los restos del movimiento musical de Seattle en los 90, quizá la última escena más relevante e influyente que ha tenido la música rock.

Sin embargo, Eddie Vedder y compañía han firmado un álbum que quiere alejarse en parte del sonido que marcó su mejor etapa creativa para inspirarse por otros cauces y desplegar una lista de canciones resultonas y más que dignas para una formación que, tras 11 LPs publicados, disfruta de su madurez principalmente en vivo. En estudio llevan dando palos de ciego, descontando canciones sueltas, desde Binaural (2000).

No en vano, Pearl Jam se ha convertido con el paso del tiempo en una banda de directo, uno de los más atractivos de la música rock. Por ello, sus últimos esfuerzos en estudio, lanzados cuando les place volver a componer, están orientados a iniciar una gira y no a sorprender a una audiencia que lo único que quiere al verles en concierto es volverse a sentir jóvenes reviviendo los clásicos del grupo. Esto está muy bien, pero a Vedder, que en este tiempo ha demostrado que sigue siendo capaz de escribir buenas canciones —la BSO de Into The Wild es prueba de ello—, hay que exigirle algo más.

Por ello, al escuchar por primera vez Gigaton, su primera referencia en siete años, toparme con las tres primeras canciones impredecibles, rabiosas, cambiantes y hasta bailables que inician el álbum fue como un halo de esperanza en tiempos de incertidumbre. Y eso que, por un momento, los ridículos teclados que entran en escena en la aguerrida y cruda Who Ever Said parece que van a dinamitar toda señal de esplendor.

Afortunadamente, los siguientes compases del disco son puro músculo. Vedder está pletórico en Superblood Wolfmoon y devora el micro mientras Mike McCready inserta uno de los mejores solos que ha firmado en años. En Quick Escape la sensación es similar y los coros otorgan una épica de rock de estadio vigoroso. Incluyen sampleos, turbulencias ruidistas, punteos arties, percusiones etéreas… Ah, y en Dance of the Clairvoyants Vedder imita descaradamente a David Byrne en una infecciosa pieza que evoca a los Talking Heads con un mensaje global y que representa perfectamente el día a día que vivimos en estos momentos (“When the past is the present and the future’s no more / When every tomorrow is the same as before”). Quizá no guste a sus fieles seguidores, pero el mérito de intentar sonar a algo diferente, aunque sea copiando sin disimulo, hay que dárselo.

Lo mismo ocurre en la ambiental y melancólica Alright, que parecía prever un confinamiento (“It’s alright to say no / Be a disappointment in your own home”), y en la sensibilidad naturalista y psicodélica vía Suede de Seven O’Clock, la mejor del disco. Dos canciones pausadas que concluyen la parte más inspirada de Gigaton. A continuación, Never Destination y Take The Long Way vuelven a cruzarse con un rock manido cercano a sus últimas referencias. Buckle Up no conecta y el interés se pierde en seguida y los seis minutos del acústico country Comes Then Goes se hacen tan eternos que casi pasa sin darnos cuenta el guiño a los Who (“And the kids are alright“). 

El épico final de Retrograde y la balada orgánica River Cross sirven de remanso de paz para una difícil época en la que, sin quererlo, Pearl Jam han editado un trabajo que encaja en el tiempo. Su mensaje apuntaba en contra de Trump y a favor del medio ambiente (“The lenghts we had to go to then / To find a place Trump hadn’t fucked up yet”) y se ha convertido en una ayuda para mantener el pulso firme en un mundo colapsado.