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Crónica Sonorama Ribera (Aranda de Duero, 2021)

Sonorama

Habían pasado casi dos años desde nuestro último Sonorama. Cuando eres un auténtico afiliado a la tierra prometida que es Aranda, este tiempo se hace todavía más largo. Si eres un sonorito/a/e habrás echado de menos los paseos por el pueblo, el Café Central, perderte en alguna bodega y hasta usar un poliklin.

Han sido tiempos de incertidumbre, de confusión e incluso de pérdida de toda esperanza. Las buenas noticias llegaron y aunque no pudo ser como estaba previsto inicialmente, hemos podido disfrutar del Sonorama en plenitud.

Y cuando hablo de plenitud, hablo de esa sensación que recorre el cuerpo cuando te reencuentras con la música en directo. La sensación de volver a cruzar la entrada de un festival. De reconocer caras a pesar de las mascarillas. De hacer amigos aunque sea a un metro y medio. Emocionarse con esa canción que te recuerdan a tiempos mejores. O las personas que hoy no están allí. O las que ya no podrán estar. 

El Sonorama es además, ese baile indescriptible de emociones. Quienes creemos ciegamente en esta propuesta, lo entendemos. Vivimos el Sonorama con una pasión desmedida, de sol a sol. Se lo recomiendas a todo el mundo. Porque la vida es aquello que pasa entre Sonorama y Sonorama. 

La organización del Sonorama Ribera han trabajado duro por conseguir que este festival sea uno de los más importantes de España, no solo por su diversidad, inclusión o ese buen ambiente que se respira en el aire, sino porque han conseguido sacar adelante una edición que parecía ser imposible. Parafraseando al gran Javier Ajenjo, director del festival, “ha sido la edición más difícil”. Desde nuestra redacción, damos las gracias por su tiempo, pasión y sobre todo, por satisfacer las necesidades actuales y hacernos sentir en casa.

Curiosamente, esta edición era la que menos grupos albergaba en su cartel. Con alguna baja de última hora, en este 2021 hemos disfrutado de una oferta más limitada, pero de una calidad sublime. No diremos que menos es más, pero en este caso, hemos quedado plenamente satisfechos con el cartel ofrecido.

Jueves, 12 de agosto

A falta de jornada inaugural, fantástico es tener un cartel tan interesante como el planteado el jueves. 

Abrimos la noche con Cala Vento. Para mí, son los Royal Blood de la Península Ibérica. No sólo por formato, sino por un sonido tan cañero que me recuerda a los británicos. 

Creo que no hay duda en que es uno de los grupos que despuntan muy notablemente en el panorama nacional. Canciones como Un buen año, Fin de Ciclo, o Historias de Bufanda sonaron en el primer concierto de la edición de 2021, especialmente bien defendidas en directo. Grupos con esta garra siempre son bienvenidos.

Desde lo lejos ya que la zona de restauración permitía ver los conciertos desde las mesas, estuvimos escuchando a Nach y El Kanka, aunque nuestro siguiente objetivo era Sidonie.

Marc, Alex y Jess venían a presentar su último disco, publicado en 2020, bajo el nombre El regreso de Abba. Un puñado de buenas canciones, donde la psicodelia y sobre todo, la diversión y el buen rollo flotan en cada corte.

Tenemos todos claro que Sidonie tienen la receta infalible, no sólo para gustar, sino para encantar. Empezando con On the Sofa, se metieron en el bolsillo al público, deseoso de corear canciones como Maravilloso, Carreteras infinitas o la mágica Fascinado. Este nuevo disco arroja vitalidad en cada verso, con un rollo muy veraniego, aunque nos gusta que aún se acuerden de su base de públicos y acudan sin miedo a cantar hits de los primeros años. 

Nos encantó reencontrarnos con ellos, con esa alegría que siempre aportan, siendo quizás el concierto más divertido de la edición 2021. Con ellos aprendimos a bailar sentados.

El turno siguiente lo tenían Viva Suecia. Los murcianos se jugaban esa consagración que da el escenario principal aunque ellos ya están más que bendecidos. 

Su carrera está siendo meteórica y lejos de estancarse, en sus últimas canciones, incluidas en un nuevo EP, vemos mucho aire fresco. 

Rafa Val y los suyos representan la cultura del esfuerzo en una industria complicada. Nadie les ha regalado nada y gracias a un puñado de canciones maravillosas, metidas en el imaginario colectivo ya para siempre, son un grupo indispensable a día de hoy.

Sobre todo, hay algo de bello en Viva Suecia y es la facilidad de plasmar en directo ese sentimiento de energía. Es maravilloso conectarse a su frecuencia y vibrar juntos. Reconozco y no me escondo que cuando escucho Adonde ir, Bien por ti o Los años me emociono mucho porque parece que su música juega a ser la banda sonora de mi vida.

Es inapelable que su directo era ese soplo que nos merecíamos. Escuchar las nuevas canciones como La voz del presidente en directo es saber de antemano que todo lo que venga, será todavía mejor. Sus canciones se pueden cantar desde la ira, la pasión o el desarraigo. Todos encontramos la razón de peso para corear con esa rabia que a veces rezuman las composiciones de Viva Suecia.

Sin duda, daré siempre las gracias al Sonorama por descubrirme a este grupo. Hacía mucho que no sentía tanto viendo a una banda en directo. Un claro ejemplo que la calidad no está reñida con el éxito y que el trabajo duro lleva a universos mágicos. Me costará olvidar este concierto. Con ellos, cerramos una primera jornada muy interesante.

Viernes, 13 de agosto

Comenzaremos hablado de algo que no es música: el calor. Digamos que podría haber sido también digno de escenario principal. Casi rozando los cuarenta grados en la tarde, allí nos plantamos, abanico en mano, a ver una de esas bandas que me han volado la cabeza: Derby Motoreta’s Burrito Kachimba.

Honestamente, me costó en su día que me entraran. No es música accesible, no te entra en la primera escucha pero son un grupo que, al menos en mi entorno, traspasa generaciones. Puede que no te guste ni el flamenco, ni la psicodelia ni hayas oído algo igual previamente, pero lo que hacen estos chicos es digno de aplaudir muy fuerte.

Así que allí nos plantamos, abanico en mano, a disfrutar de uno de esos directos de locura. El proyecto de  Derby Motoreta’s Burrito Kachimba es de valientes. Muchas bandas se suben al carro del indie, sin generar un sonido particular y auténtico. Pero sin embargo ellos han tenido el arrojo de meterse en todo el barro, y esto sí que es indie real. Algo único, cuidado. Muchos dirán que ya se ha hecho esta música previamente, pero venir en el 2021 con estos proyectos que ayudan tanto a comprender la historia de la música, es de tener las cosas muy claras.

Verles en directo es un auténtico espectáculo. Escuchar Gitana en vivo es una sensación indescriptible. Ese chorro de voz, con una más que rica instrumentalización. La lírica y la melodía se abrazan a cada paso. Para mí son la perfecta definición de fantasía, de esos conciertos que te dejan congelado de principio a fin y hacen que el tiempo se pare alrededor. 

Y aquí pasamos de la fusión de la tradición a los ritmos más urbanos con Delaporte. La verdad que a veces es lo mejor del mundo ir a un concierto sin ningún precedente. Con la mente a cero. 

Y es que Delaporte nos encantó. Una energía, un chute de positivismo, las vibraciones necesarias en un festival al atardecer. Seguro que repetiremos. 

Pero nuestro objetivo de la noche era claramente León Benavente. Con dos discos y un EP en el mercado, Abraham Boba y los suyos comenzaron comedidos, pero explotaron en mil pedazos.

Banda que siempre ha gozado de buena salud y que necesitábamos ver en vivo. Lástima que hayamos aprendido a bailar en una silla, porque en este concierto se daban las condiciones perfectas para quemar zapatilla, y cómo no, un pogo. 

A falta de nuevo material, se dedicaron a recuperar sus grandes éxitos y hacernos recordar las noches prepandémicas, llenas de decadencia, locura y crapulismo. León Benavente siempre simbolizarán eso, una mezcla excitante entre la reivindicación más dura cantada de una forma tremendamente elegante. 

Y sin duda alguna, su eficiencia en directo sólo hace que te quedes con ganas de mucho más. Diez de diez.

Y como broche, nos dejamos embaucar por Arde Bogotá. Los festivales son siempre esa plataforma donde nos permitimos también el lujo de encontrar nuevos sonidos. Por mi parte, diré que han sido un descubrimiento. La actitud en el escenario combinada con un sonido más rockero me pierde. 

Presentando La Noche en directo, se alzan como uno de los destacados de todas las jornadas y no porque lo diga yo, sino porque era el comentario general en el mañaneo posterior. Y el público del Sonorama difícilmente se equivoca. 

Además, un hecho innegable es que el Sonorama ayuda a conocer muchos nombres nuevos y con este, me quedo. La voz de Antonio es atípica, lo que hace que la música tenga un toque especial. Al final una buena actitud en directo siempre empuja a quedarse esperando más. Sin duda, les hubiéramos gritado escenario principal sin ningún pudor. Y gracias a todo esto, ahí han estado, defendiéndose como leones.

Aún quedaba una jornada por disfrutar, y ya nos invade la pena que es dejar la tierra prometida un año más. 

Sábado, 14 de agosto

Llega ese aire embriagador y agridulce que rebasa la última jornada del festival. La nostalgia del sábado noche. 

Pero lejos de llevarnos por la pena, comenzamos fuertes para que se convierta en un sábado inolvidable. Porque seamos honestos, no hemos vivido muchos en los últimos tiempos. 

Comenzamos con Ginebras. Por mi parte diré que estoy encantada con que el festival cuente con bandas femeninas, teniendo en cuenta que las agendas ahora son más complicadas y que es un sector complicado para la mujer.

Ginebras representan para mí el frescor de la juventud. Todas somos un poco Ginebras en el día a día. Verlas en vivo es un chute de energía y espontaneidad brutal, música para olvidar un poco todo el peso que llevamos sobre nuestras espaldas. 

Salieron emocionadas al escenario y es que, real es que pisar las tablas de un escenario como el Sonorama es un hecho honorable. E inolvidable. Oír Chico Pum, Cosas moradas o el hit La típica canción es volver a la escena noventera donde nada o poco importaba si sonaba perfecto, lo importante era disfrutarlo. Y así, fue, una auténtica fiesta. 

La Habitación Roja fue nuestra siguiente elección. Los valencianos son la banda sonora de la vida de muchas personas. Es así. Sus canciones se pasan de generación en generación, se convierten en himnos y nos elevan a sensaciones únicas.

Siempre que escucho a La Habitación Roja en vivo, siento esa chispa. Jorge y los suyos conectan a la perfección con el público, sedientos de nostalgia. Escuchar La segunda oportunidad o Indestructibles es pasearte por todos los años de tu vida, por las personas que te vienen a la cabeza.

Quizás es una de las bandas más queridas por el público, por esa sensación de cercanía, y ese calor se nota a la legua. Dieron un concierto sencillo, sin grandes pretensiones, pero a la altura de lo que son: una banda consagrada que siempre dejan un regusto maravilloso.

El plato fuerte de la noche era Vetusta Morla. Como indiqué antes, el Sonorama es un detector de talento único y en su día lo fue con los madrileños. Ahora vienen como los grandes triunfadores del indie patrio y no cabe mucha duda de que es así. 

El motivo de su visita no venía generado por nada en especial, sino porque era algo único: poder verlos en un entorno único y atípico, además de anunciarnos que con estos conciertos se cierra una etapa, en puertas a un nuevo álbum.

Una de las cosas que me gustan de Vetusta Morla es que destilan pasión. Sí, ver a Pucho en vivo para mí es una especie de catarsis, un efecto liberador. Y sobre todo, una muestra de que si crees en ello, llegarás lejos. Y amo a la gente pasional. La segunda cosa que me encanta de ellos es el amor por el sonido perfecto. Lo elevan a la máxima esfera, y eso les convierte en los Radiohead de la Península Ibérica. Me encanta las bandas que pulen poco el sonido, pero en este caso, les da una sensación de perfección que hace todavía la experiencia más inmersiva.

Factores técnicos aparte, lo que vivimos la noche del 14 de agosto en Aranda es digno de guardar en lo más profundo de nuestro corazón. Ya no solo porque al final ves que algo que era pequeñito en 2008 se ha convertido en algo inmenso en 2021. Hemos crecido juntos. Nos hemos emocionado juntos una noche más. 

Con un setlist de infarto en el que fueron saltando entre los temas clásicos como Copenhague o Valiente así como temas más recientes como Palmeras en la Mancha o 23 de junio. Sinceramente, y creo que hablo en nombre de muchas personas, salimos con los pelos de punta. No porque acaben con Los días raros, no, sino porque el baile de sensaciones que tuvimos durante hora y media culminó en un éxtasis de felicidad que nos merecemos. Mención especial a la interpretación de Finisterre con Fetén Fetén, banda burgalesa, que transformó la canción hasta llevarla a un formato preciosista. 

Está claro que ellos tenían la llave para devolver la esperanza al Sonorama, a la industria musical, a un público abatido y fatigado por la carga emocional de estos tiempos tan errantes. Al final, uno sale flotando, pletórico por haber visto semejante despliegue de maestría, clase y talento. 

Vetusta Morla son el pasado, el presente y el futuro de la música actual. Gracias por dejarnos sin palabras. Gracias por devolvernos nuestros mejores años. 

Se acerca el ocaso, pero, no, Varry Brava tenían la clave para poner color y vitalidad a la noche. Con el tiempo muy ajustado, estuvieron divertidos con sus ritmos horteras y discotequeros. Lástima que fuera un paso algo breve, porque nos quedamos con las ganas de mucho más.

Jack Bisonte protagonizaban el concierto de clausura. Queráis o no, es una responsabilidad. Decidí quedarme a ver qué pasaba, me corroía la intriga: una batería, un teclado. Luces. A veces lo mejor de ir a un festival sin tenerlo todo escuchado es que aún hay un factor sorpresa, ese grupo que te pilla de imprevisto y se vuelve imprescindible.

No puedo negar que aluciné desde el primer acorde. No me escondo. Una puesta en escena mínima pero estudiada. Esa luz que cae desde arriba dando intimidad. Una batería que acompaña pero no hace intrusismo. 

Diré que lo que hacen Carlos Amelivia y Miky Lagoona es de otra liga. Se habla mucho del indie, pero esto sí que es algo independiente. Un sonido totalmente inesperado, elegante, emocionante. Me quedé eclipsada de principio a fin porque me pareció de una valentía exponecial llevar un show así, tan poco habitual. Pero esto es el Sonorama, una cuna de diversidad. Otro de los grandes descubrimientos del festival.

Y así se acaba esta edición. La más inclusiva, difícil de defender y posiblemente la más emotiva. Dar de nuevo las gracias a la organización y personal que estaba al pie del cañón, a las intérpretes de lengua de signos que llevaron la música allá dónde no se puede oír, a los asistentes que se portaron lo mejor posible en un contexto complicado y a las bandas por devolvernos la ilusión de la música en directo.

¡Hasta 2022, Sonorama! Pasaremos el año pensando en ti.

Nota: Todo el material fotográfico ha sido cedido a medios por la propia organización del Sonorama Ribera a través de sus fotógrafos oficiales.

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